21 de septiembre 2004 - 00:00

Kirchner-Zapatero, cruce por empresas

Rafael Bielsa
Rafael Bielsa
Las «afinidades» que prometió el canciller español, Miguel Moratinos, cuando visitó Buenos Aires, hace una semana, comenzaron por la comida: Néstor Kirchner y el premier español, José Luis Rodríguez Zapatero, se deleitaron con la carta del Spark Steak, uno de los mejores restoranes neoyorquinos, famoso por su carta de langostas y carnes rojas. Sin embargo, esas mismas «afinidades», que los dos mandatarios disfrutaron entre las oscuras paredes de esa casa de la calle 46, no consiguieron ocultar una distancia: la que separa al gobierno argentino del español en materia de garantía para las inversiones en el área de servicios públicos.

Con el tiempo, Zapatero aprenderá lo que supo José María Aznar: si se quiere conseguir que Kirchner se muestre abierto y razonable, es mejor llevarlo a comer a solas. A lo sumo, con Cristina, su esposa. Ayer, en el lujoso Spark había demasiado público como para evitar que el Presidente se tentara con dar una clase -eso sí, amable, comprensiva-. En efecto, la tribuna la componían la senadora Fernández; el ministro Rafael Bielsa; el secretario Legal y Técnico, Carlos Zanini, y los legisladores Miguel Pichetto y José María Díaz Bancalari. Zapatero se hizo acompañar por Moratinos; el director de la Oficina Económica, Miguel Sebastián (quien también visitó Buenos Aires hace 10 días); el secretario para Iberoamérica, Bernardino León; el secretario general de la Presidencia, Nicolás Martínez Fresno.

• Inflexible

¿Como evitar, entonces, que Kirchner se mostrara inflexible cuando Zapatero preguntó, casi al pasar, por el nuevo régimen regulatorio de servicios públicos que el Ejecutivo envió al Congreso? El Presidente comenzó a enumerar las razones de su severidad: habló de que la Constitución del '94 promete en su artículo 42 un marco regulatorio general; dijo que ninguna empresa todavía exhibió su estructura de costos para discutir las tarifas, que éstas deben formularse en moneda local según los contratos originarios, que la jurisdicción local no debería ser objetada para el caso de pleitos judiciales y que tampoco deberían negarse a tener responsabilidad en el país las casas matrices de la compañía. «Todo puede perfeccionarse; están los legisladores para conversar, pero no hay motivo alguno para evitar que en la Argentina haya un capitalismo serio», remató Kirchner, anotado por Bielsa con un aforismo: «El problema no son las empresas españolas, sino los abogados argentinos, que les aconsejan litigar».

Por lo visto, Kirchner había estudiado a su contraparte más que el español, con quien se conoció en Madrid durante la última visita de febrero de este año (cuando el Presidente le adelantó al socialista que perdería los comicios frente a Mariano Rajoy). En efecto, Zapatero aceptó los planteos que se le formulaban desde el otro lado de la mesa: abogado, institucionalista extremo, este primer ministro es especialmente sensible a los razonamientos jurídicos como el que formuló Kirchner.

Para los argentinos, el motivo principal de la reunión era la relación con el Fondo Monetario Internacional. Más específicamente, convertir a los españoles en gestores delante de Alemania y Francia, de nuevo aliados, para que esos países no terminen condenando en el Fondo un acuerdo de baja aceptabilidad en la reestructuración de la deuda pública. Zapatero hizo una declaración de apoyo a la posición argentina, pero trató de que la imagen de su gobierno quede separada de la figura de Rodrigo de Rato, con quien él tiene un vínculo distante.

Rodríguez Zapatero expresó después en forma pública «el apoyo explícito e implícito continuo» de su país para que la Argentina «tenga las mejores posibilidades ante el FMI, de cara a los problemas con su deuda».

A pesar de esto, el primer ministro español se detuvo bastante en la negociación internacional de la Argentina. Dijo que el gobierno de Kirchner debería explicar más que ha realizado pagos récord al Fondo Monetario Internacional y que tiene una performance fiscal impresionante. Claro, acaso Zapatero no advirtió del todo que esos dos datos podrían terminar condenando a Roberto Lavagna como negociador: es incomprensible que con lo que le ha hecho pagar al gobierno de Kirchner, la Argentina tenga un trato tan duro por parte del FMI. Tan incomprensible como que haya esperado para sentarse a la mesa de negociación el momento de mayor superávit fiscal.

En la mesa del Spark Steak se mencionó el anuncio que hará el presidente de Repsol, Alfonso Cortina, quien pidió una entrevista con Kirchner para divulgar un nuevo desembolso de su empresa en la ampliación del Gasoducto del Norte. Pasaron ya los tiempos, por lo visto, en que las «afinidades» de las que habla Moratinos hicieron pensar a Kirchner en un reemplazo del staff de la petrolera española. Ahora el trato es tan amigable que fue el cónsul Héctor Timerman quien realizó el adelanto ayer en una radio amiga (bromas sobre este diplomático: los legisladores pronuncian su apellido con fonética inglesa -«taimerman»/tiempista-y explican el giro en que « siempre está en el momento oportuno en el lugar más conveniente»).

Finalmente, los dos mandatarios evaluaron la posibilidad de realizar viajes para visitarse en sus propias casas. Zapatero aseguró que estará en la Argentina en el primer trimestre del año próximo. Kirchner apuntó al 12 de octubre (Día de la Hispanidad), cuando tal vez pueda almorzar de nuevo con su amigo socialista en Madrid, como adelantó ayer este diario. Aunque relativizó esa posibilidad, que dependerá de que efectivamente concurra a la cumbre de líderes progresistas que se celebrará en Budapest a mediados del mes que viene.

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