12 de junio 2001 - 00:00

La Capital debe dar nacimiento a otra provincia

La Ciudad de Buenos Aires y la trama urbana de su entorno presentan conflictos estructurales de tal envergadura que cualquier solución a intentar debe estar salvada, por lo menos, de frivolidad.
Evaluar a los porteños como meros electores regionales es confirmar la sospecha de que la Ciudad importa menos que gobernarla.

En realidad, la tarea de la autonomía tuvo aires de empresa colosal: se trataba de dotar a todos de derechos electorales activos y pasivos, y la obra institucional distrajo la crisis de la región: no se pensó a la Ciudad en el arco del crecimiento activo de regiones sudamericanas, de la misma manera en que la Comunidad Económica Europea creció a través de un sistema de ciudades vinculadas desde Barcelona hasta Milán.

El crecimiento transversal

Buenos Aires ya no debe proyectarse hacia adentro y hacia la llanura. Esa identidad de urbe hacinada e inmóvil hacia el centro -la población de la capital no crece desde hace medio siglo-la condenó a vejez y a quietud; esa otra identidad de urbe radial hacia el campo con tasas de variación intercensal que llegan a 50 por ciento en Moreno mejoró los conflictos de las fronteras conurbanas falsas. Ahora Buenos Aires debe plantearse una estructura de crecimiento transversal y hacia el río.

El corredor fluvial trazado sobre la eje Zárate-La Plata, que incluye uno de los deltas crecientes más grandes del mundo, impone la realidad de una provincia nueva que bien puede extenderse desde el Tigre hasta Berazategui, incorporando a toda la Ciudad de Buenos Aires, que, desfederalizada, resolvería su autonomía esquizofrénica entre ser plena, escasa, mucha o poca. Los poderes federales que define la Constitución Nacional bien pueden tener asiento en un centro histórico de cuarenta hectáreas, como tantas veces han planteado los buenos urbanistas.

Una nueva provincia

La provincia nueva debe ser un eje ribereño que recupere los beneficios del río extendiendo sus lazos de cooperación regional hasta el delta entrerriano y el conurbano platense de Beriso y Ensenada, sin incorporación de esos extremos.

La estructuración urbana está de espaldas al estuario más grande del mundo. Así queda planteada una forma del desarrollo que se extiende sobre el eje fluvial, porque la tendencia hacia la formación de un continuo urbano en tal dirección es evidente.

Este sistema de desarrollo transversal reordena la expansión radial con extensiones continuas ribereñas fuertemente programadas (casos París y Rhin-Ruhr). No puede ocultarse la trascendencia de la actuación fluvial en el desarrollo regional, con reafirmación del rol urbano sobre el corredor costero, que excede la situación de mero puerto: la inserción regional debe ser mayor.

En tanto, habrá nuevas previsiones estatutarias para una nueva Ciudad de Buenos Aires con límites de ciudad federal céntrica y «vaticanizada». La discusión acerca del destino de Buenos Aires debe recuperar racionalidad. A los políticos nos está permitido muchas cosas, menos quedarnos a mitad de camino.

Para que el tema reasuma toda su entidad hay que plantear seriamente la alternativa de una Provincia del Plata conformada por los partidos bonaerenses de vocación fluvial y toda la Ciudad de Buenos Aires, menos el centro federal histórico.

La regionalización económica que prevé la Constitución reformada debe resolver el dilema histórico de la cabeza de Goliat.Y los antagonismos se desentra-ñan con decisiones de fuerte impacto.

Una decisión de esta naturaleza tendría, además, un alto sentido práctico. El clima, la geografía, la población, la cercanía o la lejanía con el mar y los ríos navegables, la mediterraneidad, las distancias y el desierto fueron los factores que delimitaron las 14 provincias históricas.

El Río de la Plata está pidiendo otra. Y los porte-ños siempre han querido derechos de estado propio. Si esto no termina en provincia es porque el destino de Buenos Aires estuvo mal pensado de nuevo.



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