No es frecuente y nadie aún sabe cómo calificar la actitud que prometió, para hoy, el ministro Rafael Bielsa: irá de la mano con Carlos Bettini para facilitar en el Senado -se supone- la designación de éste como embajador en España. Parece una jugada política casi exagerada, por lo menos. Salvo, claro, que la intención demande otros compromisos.
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La nominación de Bettini arrastraba más de un problema, desde su doble ciudadanía hasta sus vínculos empresarios (con el poderoso grupo del juego instalado en el puerto porteño), pero ayer tomó cuerpo otra complicación: el abogado Ricardo Monner Sans sostuvo que el canciller y Bettini comparten una misma sociedad comercial, llamada Professional Service Provider SA. Lo que significa, entonces, que hoy Bielsa va a defender como embajador en España a su socio, lo que de alguna manera enturbia la cuestión y quizás explique la razón del acompañamiento. La actitud entonces que muchos no se atrevían a calificar, de pronto, adquirió una controversia ética.
Al margen de la discusión sobre lo correcto, está claro que la compañía de Bielsa a Bettini al Senado puede ser perniciosa para el pretendiente a la sinecura: ahora tendrá que dar explicaciones sobre la actividad de la compañía, y lo que debía ser un examen sobre las ventajas o no de Bettini como embajador en la Península se puede convertir en una interpelación sobre declaraciones juradas del ministro Bielsa, lo que tiene y no tiene, lo que debe o no. Por la extravagancia de acompañar a un candidato a una embajada, casi sin pensar en su jerarquía ministerial, ahora puede dificultar la designación.
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