1 de abril 2012 - 22:32

La disputa es un remanente de una era que ya pasó

Por Sir Lawrence Freedman (*) 

La disputa entre Reino Unido y Argentina por las islas que unos llaman las Falklands y otros llaman las Malvinas nunca se ha llevado frente a un juez. Si así fuera, los jueces tendrían que escuchar argumentos con opiniones particulares sobre el derecho internacional, intercalados con afirmaciones sobre el significado de la geografía, y de eventos históricos de los siglos XVII y IXX que no siempre eran bien documentados. Para Inglaterra el destino de las islas se resolvió en 1833. Después de muchas idas y venidas, reclamos y contra-reclamos, fue la bandera Británica la que continuó flameando hasta la actualidad a pesar de una breve interrupción hace 30 años.  

El argumento argentino asegura que las islas fueron apropiadas injustamente y que el reclamo original se mantiene más fuerte que nunca. Este reclamo refleja la lógica de la contigüidad geográfica así como el legado histórico del imperio español, primero durante el período de las Provincias Unidas y luego en la Argentina moderna. El argumento de la contigüidad geográfica es el más débil en este tema. Si se llegara a tomar en cuenta como argumento definitorio, se estaría sentando un precedente extraordinario que haría que sólo unas pocas fronteras se pudieran considerar como establecidas. Hay incluso otros ejemplos de islas pertenecientes a un país que se encuentran próximas a otro (generalmente se menciona el archipiélago francés de San Pedro y Miquelón, ubicado a 25 kilómetros al sur de la isla de Terranova). 

La historia inicial de las islas del Atlántico Sur, extendiéndose hasta la Antártida, es complicada y fragmentada, y usualmente gira muchas veces en torno a pequeñas comunidades, y algunas otras en torno a aventureros individuales. A medida que el concepto de soberanía se consolidaba a principios del siglo IXX, es posible imaginar resultados muy diferentes. No todos los aspectos de la secuencia de eventos utilizada para afianzar el reclamo argentino están fuertemente respaldados por evidencia, como puede pasar en otros casos. Por supuesto, uno entonces podría decir lo mismo con respecto al reclamo británico. De manera que podríamos tener una discusión prolongada sobre quién llegó primero y qué era lo que sucedía exactamente en la década de 1820. 

Para un historiador tales discusiones suelen ser frustrantes ya que la evidencia suele ser evaluada de acuerdo a lo que significa para los respectivos reclamos en vez de ser evaluada en sus propios términos. Pero tal discusión sería mayormente irrelevante. Pensemos en este experimento.

Supongamos que de hecho, a medida que se acercaba 1833, el reclamo británico era infalible, convincente en todo sentido y estaba totalmente documentado. Ahora supongamos que cuando el capitán Onslow del HMS Clio arribó a las islas en enero de 1833 para reafirmar la soberanía británica fue derrotado por la resistencia, y después de esto los ingleses nunca aceptaron la situación pero tampoco hicieron mucho por resolverla.
Si tras 180 años el gobierno británico todavía estuviera pidiendo que las islas fueran devueltas a Reino Unido, su posición sería considerada risible y anacrónica. Se señalaría que se estaría refiriendo a un periodo de las relaciones internacionales en que los conceptos de territorio y soberanía eran bastante diferentes. Durante ese periodo pasaron muchas cosas cuestionables en el mundo, que eran generalmente injustas. Si la comunidad internacional intentara deshacer todo lo realizado hasta ahora el único resultado sería numerosas disputas y un gran enojo.

Ya que las disputas territoriales son notoriamente las más difíciles de resolver a través de un mutuo acuerdo, sería mejor abandonarla. Los argentinos (debemos suponer) tendrían su propia comunidad en las islas. ¿Por qué habría que cambiar la ciudadanía de los isleños para satisfacer un antiguo malestar? 

Es en base a esta premisa que podemos ver por qué el argumento de los británicos ya no tendría mucho que ver con los turbios eventos de antaño, ya que la soberanía estaría basada en la ocupación constante y una administración de 180 años. Si las islas no hubieran tenido habitantes uno puede imaginar un acuerdo en el pasado para realizar una transferencia de soberanía, lo cual se hubiera hecho por razones prácticas y no legales. Pero los habitantes existen. Si bien originalmente y de forma despectiva, pueden haber sido considerados colonos, esta calificación ya no es correcta al hablar de casos que incluyen hasta seis generaciones de residentes. Es entonces que el concepto de la autodeterminación es el argumento que utilizan los británicos para ganar la discusión. Este principio funciona incluso en comunidades pequeñas, y esta comunidad ya ha hecho saber muy bien cuáles son sus preferencias. Están contentos con el orden actual de las cosas y temen a una alternativa. Si quisieran volverse argentinos seguramente Gran Betraña no objetaría. 

Esta disputa es un remanente de una era que ya pasó. En muchas otras áreas de las relaciones internacionales, cuando de controlar recursos o controlar amenazas transnacionales se trata, la soberanía no es importante. En vez de volver a abordar un tema que ha traído no mucho más que dolor, ¿por qué mejor no hacer foco en los muchos temas en que ambos gobiernos, y los isleños, podrían trabajar juntos? Así con el tiempo el tema de la soberanía podría convertirse en un tema cada vez más irrelevante.


(*) Profesor de Estudios de Guerra del King´s College de Londres. Fue el encargado de escribir la Historia oficial sobre Malvinas a pedido del Reino Unido.

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