¿Estará la política bonaerense ante el ocaso de la influencia caudillesca de Eduardo Duhalde? ¿O un tejido de artículos legales y retoques instrumentales servirá para que ese poder sobreviva al desprestigio que lo viene acorralando? Estas son las preguntas que flotarán mañana por la mañana en el Salón Dorado de la Casa de Gobierno de La Plata. Allí se reunirán las testas coronadas de la administración provincial, con la sospechosa ausencia del mandamás de Lomas de Zamora -anoche en Venezuela-, para discutir una reforma política provincial en la que Felipe Solá se ha mostrado especialmente activo. En efecto, el gobernador viene impulsando desde hace meses la modificación de casi todos los institutos que rigen la actividad política en el distrito. Y para ese fin convocó a un arco muy variado de especialistas, dirigentes políticos, opinólogos y entidades que abogan por la modernización de la profesión de los políticos, que ingresarán mañana en sede de 6 y 53. La discusión promete ser muy abierta, tal vez demasiado si se piensa en su efectividad. Pero ya está organizada en cinco cuestiones que son las que deberían mostrar un cambio de aire en el feudo de los Duhalde.
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Entre esas materias está la mutación del sistema electoral, que casi seguramente terminará recalando en el régimen mixto: la Legislatura se alimentaría así con diputados y senadores de listas plurinominales (sábanas) y también de representantes individuales de las distintas regiones. Otra inquietud de estos bonaerenses es la organización de los partidos políticos, las condiciones para crear fuerzas nuevas, las reglas de juego de su vida interna, los regímenes de alianzas, etc. ¿Cómo no dedicar un capítulo al fortalecimiento del sistema, a la descentralización, a la reforma administrativa de los cuerpos que legislan? También este tipo de preocupaciones está en la lista de Solá.
Sin embargo, la foto que justifica gastar una mañana en la ciudad de las diagonales es otra. En ella están Osvaldo Mércuri (administrador desde hace una década de los resbaladizos recursos de la Cámara de Diputados local), Antonio Arcuri (ex titular del Fondo de Reparación Histórica del Conurbano Bonaerense), Aldo Rico (famoso por su pacto de La Plata, que habilitó la reforma constitucional de 1994 en la provincia) y José María González Fernández (cuñado del gobernador, a quien conocen como «Toco») analizando el problema del gasto político para otorgarle mayor transparencia.
• Atractivos
La escena compite en atractivo con otra: la de los duhaldistas ortodoxos apelando al voto electrónico para evitar arbitrariedades electorales, sea en las internas o en los comicios generales (dicen que convocarán a dos intendentes del interior de la provincia conocidos como «los muchachos de Hugo Curto» para explicar los cambios que sería saludable realizar). Como suele fantasearse, el del voto electrónico es, además de un sistema emancipatorio de algunas lacras de la «vieja política», un suculento negocio para el que ya existen al menos cuatro empresas mostrando los dientes. De eso no se hablará mañana, delante de tanta gente.
Es demasiado temprano para pronosticar el destino de la aventura que se iniciará en La Plata. Si sus impulsores más sinceros tuvieran éxito, tal vez acabarían con la costumbre de Duhalde de confeccionar las listas partidarias a solas, en el fondo de su casa, y comunicarlas al juez electoral antes que a los propios candidatos, resignados a mirar su lugar en la tabla de posiciones cuando ésta se publica en los diarios. Parece imposible que este régimen se modifique si se tiene en cuenta que en la última experiencia legislativa, Duhalde incluyó en la Cámara de Diputados a su esposa y a su yerno. Pero también hay que prestar atención a que los feroces ataques de Elisa Carrió tal vez obliguen a quienes controlan la maquinaria del PJ bonaerense a producir algún cambio, aunque más no sea estético. No tanto porque se tema la cosecha electoral de la jefa del ARI; más bien porque se supone que sus argumentos pueden volver más fuertes las reticencias de Néstor Kirchner y alejar los márgenes de un acuerdo.
En cuanto a la concurrencia al cónclave de mañana, los hombres a los que Solá confió la mejora de la institucionalidad política de su distrito no quieren multitudes. Estos son Florencio Randazzo, Rafael Magnanini, Eduardo Di Rocco y el ya mencionado «Toco». Estos miembros del gabinete provincial no desean que el debate quede sometido a un ejército de voluntariosos que impida cualquier tipo de reforma. Es lo que sucedió en aquel «Diálogo Argentino» que condujo el próximo embajador español, Carmelo Angulo Barturén, y al que alimentó monseñor Jorge Casaretto con su grupo «Lázaro». (¿Qué habrá sido de este «Lázaro»? ¿seguirá vivo?) En aquel entonces, los proyectos de reforma fueron tantos y tan variados que cualquier síntesis se volvió imposible. Los que participaron de la experiencia sólo retuvieron la imagen de Cristina Fernández de Kirchner defendiendo la ley de lemas, cuando su esposo apenas se insinuaba como candidato y no se presumía que el congreso del PJ en Lanús podría terminar con el PJ como instrumento electoral. El presente reorganiza el pasado y ahora es ese episodio el más memorable.
A propósito de la senadora, su celo por las cuestiones institucionales que le deriva sistemáticamente su marido sigue mortificando a Aníbal Fernández, el ministro del Interior. Este bonaerense dedicó horas eternas a jugar con su computadora simulando distintos sistemas electorales sin que Valeria Loira, quien ejerce el control de calidad de las reformas oficiales al lado de la primera dama, apruebe sus ocurrencias. Ahora Fernández debe ocuparse de otras simulaciones, más ligadas a la seguridad, mientras el tren de Felipe Solá pasa veloz a su lado, como si hubieran cambiado los roles.
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