Fueron pensadas para una cosa y resultan otra muy diferente, pero todos podrán sacar lección y refinar estrategias. Debutan las primarias obligatoria, el sistema que pensó Néstor Kirchner para achicar la incertidumbre previa de todo proceso electoral: trazar antes de las presidenciales de octubre un mapa de qué apoyos tiene cada candidato. Además limitar el número de competidores y, de paso - algo no escrito en la ley - forzar el debate de los partidos sobre sus candidatos, sabiendo que la oposición enloquecería en peleas internas frente a un peronismo que tenía, ya en 2009 candidatos indiscutibles, él mismo o, como ocurrió, Cristina de Kirchner. Esta intención no escrita es igual a la que había tenido el gobierno de Fernando de la Rúa en el 2001 cuando propuso el mismo proyecto de internas; pensaba en un delarruismo exitoso que le daría la reelección y a un peronismo en la oposición y más dividido que nunca.
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Esa iniciativa la reflotó Eduardo Duhalde por unos meses, pero la suspendió para la elección de los neolemas de 2003. En 2005 la derogó el Congreso y la revivió Kirchner en 2009 al día siguiente de la derrota en las legislativas. El mismo instrumento usado por unos y otros para arrinconar a sus adversarios con el mismo ánimo con el cual los dirigentes actúan ante las elecciones: votaron una ley que saciaría la demanda de debate en los partidos, pero el domingo todas las propuestas presidenciales van en listas únicas -es decir sin competencia interna- y en pocos distritos habrá pelea para legisladores nacionales. Es difícil que una ley obligue a los políticos a hacer lo que no quieren, con lo cual del proyecto original sólo queda firme la exigencia de que los candidatos elegidos tengan el piso del 1,5 % de los votos emitidos en el respectivo padrón.
Entre los efectos buscados por la norma hay otro que es clave para lo que ocurrirá el 23 de octubre. El país tendrá efectivamente el mapa de adhesiones y rechazos a cada postulante. Será una pole position que ubicará a los candidatos en la línea de largada, unos adelante, otros en el medio, otros otras. Los jefes del oficialismo y la oposición sabrán en donde tienen que trabajar sobre el electorado para mejorar su performance en octubre. Aplicarán con lo que tienen un sistema de premios y castigos sobre sus aliados en las provincias para asegurarse su apoyo, reforzar las adhesiones en donde estén flojas, castigar finalmente a quienes prometían lealtad pero no lo probaron en la primaria del domingo. Desde este ángulo, estas primarias buscan el voto cantado, el sueño de todo político que va a una elección a ciegas sobre lo que el público hará.
En toda operación de marketing -una elección lo es de alguna manera- el vendedor querría saber qué hay en la cabeza del consumidor; si pudiera conocerlo, sería una operación perfecta. Sobre el resultado del domingo se aplicará el oficialismo nacional para disciplinar a sus fuerzas con la eficacia que da el control de la administración. Pero también los opositores sabrán si vale la pena sostener las candidaturas o trabajar desde el lunes en el armado de algún frente para la primera vuelta del 23 de octubre, que en realidad será la segunda. Algunos, aunque saquen el 1,5%, directamente se bajarán porque verán que no tienen chance. El público, por su parte, también podrá tomar nota, a partir del resultado, de qué tiene que hacer en octubre.
Quienes votan por convicciones sostendrán sus adhesiones, quienes lo hacer por la oportunidad, reforzarán a quienes encabecen la pole position. Jorge Valdano ha dicho que de diez personas que van a un partido de fútbol, dos lo hacen porque les gusta el buen juego, dos porque tienen algún negocio y los otros seis van porque le quieren ganar al adversario. En política ocurre algo parecido, dos votan por convicciones, dos por oportunismo, y los otros seis quieren ganarle al otro.
Eso lo saben los políticos y por eso tiene un valor incalculable hacer que los otros lo crean ganador; para eso sirven las encuestas amigas, para eso van a servir estas primarias que más que a una encuesta se parecen a un censo.
En la misma línea de lectura futbolera, el riesgo de estas primarias para los participantes es que en realidad son un partido amistoso. A los amistosos el público no suele ir, y si va lo hace con espíritu desprendido y jovial, declina los partidismos y mira un partido en el cual -si son todas listas únicas- no se juega mucho. Eso hace que el resultado sea incierto. Eso explica que para los partidos grandes era mejor que no asistiese mucha gente el domingo. Cuando aprobaron el decreto de feriados en noviembre, los legisladores advirtieron que el feriado del 15 de agosto (traslado de la celebración sanmartiniana del 17) metía el domingo electoral en un fin de semana largo, una invitación a no votar. Lo dejaron pasar y sólo cuando la prensa (este cronista) advirtió sobre el hecho se dictó el traslado al lunes 22. Con menos gente sube la posibilidad de lograr el 1,5% del piso y se facilita la asistencia de los votantes comprometidos con los grandes partidos, así como resiente a partidos independientes, nuevo o chicos, que no movilizan grandes bolsones de sufragios cautivo en un país en donde los votos que deciden una presidencial no se cuentan sino que se pesan, y desde la primaria del domingo, también se cantan.
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