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El representante de Cargill-también insinuó alguna disconformidad en el mismo sentido. Preguntó por las retenciones a las exportaciones («Admitimos que son distorsivas pero las eliminaremos paulatinamente», contestó Kirchner) y puso énfasis en la acusación indiscriminada por evasión a algunos sectores de la actividad económica. Como es sabido, Lavagna había señalado en Francia que los exportadores de cereales están en la mira por realizar operaciones de «elusión». Kirchner, que conoce el problema casi tanto como Bordón (antes de marchar a Washington atendió a las empresas del rubro), aclaró: «No va a hacer acusaciones sectoriales. En cada caso habrá una intervención de la Justicia y se adoptarán las medidas que digan los jueces».
• Audacia
Kirchner intentó «separar la paja del trigo», como suele decir, para destacar que «si hubiera habido reglas de juego claras en los '90 las empresas americanas hubieran participado más ampliamente de las privatizaciones». Parecía ignorar que en medio de la hiperinflación decidieron tomar riesgo con mayor audacia las empresas europeas, en manos estatales. Y que si se trata de escándalos de corrupción, los hubo también con empresas de los Estados Unidos. Pero, además, si había un lugar donde resultaba desafiante criticar a la Argentina de Menem era precisamente la casa en la que estaba almorzando: fue allí donde se bendijo una y otra vez la política del ex presidente, en contra de lo que opinaba el mismo Fondo Monetario Internacional, con el que Cavallo rompió en 1994.
Rockefeller y Rhodes fueron los principales pontífices de esa «consagración» y Brian O'Neill, del JP Morgan-Chase, se convirtió con los años en uno de los hombres de consulta del riojano en Manhattan.
Todo eso quedó disimulado por el buen talante de Kirchner, quien más allá de cualquier interpretación buscó corregir la imagen hostil que registraron sus interlocutores y que registró la prensa en su paso por Europa. En el Council habló de que no se revisarán las privatizaciones y anunció que «habrá una ley del Congreso delegando facultades en el Ejecutivo para que podamos auditar los contratos según pautas objetivas e internacionales».
• Tirón de orejas
Parecía especialmente empeñado Kirchner en que se notaran estos criterios: Julio De Vido lo había complicado con el gobierno de Francia, cuyo ministro de Economía estará hoy en Buenos Aires, diciendo que «si vienen a presionar por tarifas no serán recibidos». Hubo tirón de orejas por eso. Como también algún lamento por el eclipse que tal vez sufriría su viaje por la orden de captura sobre 45 militares, dictada por el juez Rodolfo Canicoba Corral.
Del otro lado, el empresarial, también lo arroparon con elogios hasta donde aconsejó la cautela. Además de servirle vinos patagónicos (neuquinos) y de Mendoza, Rhodes lo recibió saludando que «finalmente la Argentina ha encontrado su vertical».
Si de la mansión de Park Avenue Kirchner salió con la sensación de un éxito, lo mismo le sucedió al cabo de la reunión que mantuvo con las principales entidades representativas de la comunidad judía de Nueva York, en el consulado argentino. Es cierto que no anunció la ruptura de relaciones con Irán, como habían estudiado en la Casa Rosada en su momento (triunfó la posición de la Cancillería).
Eso sí, Kirchner le dijo a la dirigencia comunitaria que «la Argentina ya condenó, suscribiendo una resolución de la ONU, a todas las organizaciones terroristas. No se olviden de que fuimos castigados duramente en Buenos Aires, como sucedió después aquí». Como si entendiera las angustias del visitante, al cabo de las tres horas de conversación el más anciano de los rabinos le prometió: «Vaya tranquilo que vamos a ayudarlo. Usted sabe que algo en el Fondo podemos hacer, en la medida de nuestras posibilidades». Con esa bendición Kirchner volvió a Buenos Aires.




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