25 de julio 2003 - 00:00

Licencias poéticas de un idilio en Nueva York

El Néstor Kirchner que se sentó ayer al lado de David Rockefeller y William Rhodes no parecía el mismo que vieron en Madrid, una semana antes, Alfonso Cortina o Jesús de Polanco. Más suave y simpático, ayer en el Council of the Americas no hubo un solo reproche para los empresarios que escucharon su discurso, a pesar de que muchos de ellos representaban a empresas que, como le gusta señalar con el dedo al Presidente, «hicieron negocios en la Argentina durante los '90", años que se van transformando lentamente en el discurso oficial en otra «década infame».

Sea porque allí no había representantes de empresas que quieran negociar tarifas o contratos o porque la proximidad de la negociación con el Fondo haya adormecido la lengua del Presidente, lo cierto es que ayer los hombres de negocios que escucharon a Kirchner lo aprobaron en su examen. A pesar de sus contradicciones o fallas de memoria respecto del proceso que él mismo se empeña en historiar con excesivas licencias literarias. A tal punto los anfitriones quedaron satisfechos, que el lobbysta Alan Stoga (Zemi Communications) dictaminó ante un funcionario de la comitiva que «éste es de los pocos presidentes que he visto que podría ocupar mañana mismo el Ministerio de Economía». Stoga intentó ser objetivo pero es conocido que Roberto Lavagna lo tuvo a mal traer durante mucho tiempo con un contrato que él había suscripto con el Palacio de Hacienda, lo que acaso lo lleve a imaginar desplazamientos tan extraños.

• Organización

Rhodes, del Citigroup, bromeó también con el comportamiento de los dueños de casa. «¿Viste lo bien que se portaron los bancos?», le preguntó a uno de los tres diplomáticos presentes en la reunión (José Octavio Bordón, Arnoldo Listre y José Vignaud). Después se ufanó: «Hay que saber organizar las mesas». En efecto, los dos o tres representantes de las finanzas almorzaron en la mesa de Lavagna y Bordón y liquidaron con el ministro de Economía algunas inquietudes que tal vez hubieran incomodado a Kirchner. A pesar de lo cual Brian O'Neill (JP Morgan) le sugirió que pronto habría que compensar a los bancos por la pesificación asimétrica.

Otro sector lo animaba Rafael Bielsa, adornado con una corbata azul con pintitas «tierra de Siena» que le regaló en su momento Rodolfo Galimberti y que usó como cábala durante su paso por los Estados Unidos (visita a George Bush incluida), en homenaje a su amigo, quien en la última etapa de su vida se había convertido en un enamorado de las barras y estrellas. «Lo mío es más sencillo y menos emotivo», bromeó Bordón, tocándose la corbata: «Esta es mendocina, Casa Beige».

Alrededor del jamón con melón y espárragos (después hubo una colita de cuadril con spezzles e higos acaramelados con helado de postre), hubo cordialidad y comprensión. Aun así se escucharon algunos reproches y advertencias. El representante de la eléctrica AES Corporation le reprochó al Presidente que «es injusto que se mezclen a las empresas serias con las que no lo son porque después se viven situaciones muy enojosas que desalientan la inversión». Kirchner mostró alguna irritación con el comentario y retrucó: «También es injusto que usted me haga esa recriminación antes de mirar cómo están formados los grupos de los que actuaron mal y los que actuaron bien». Es lógico que los directivos de esa compañía estén irritados: en Brasil están envueltos en un escándalo porque el gobierno de Lula Da Silva los ha tomado como el emblema de las «malas privatizaciones» de Fernando Henrique Cardoso.

El representante de Cargill-también insinuó alguna disconformidad en el mismo sentido. Preguntó por las retenciones a las exportaciones («Admitimos que son distorsivas pero las eliminaremos paulatinamente», contestó Kirchner) y puso énfasis en la acusación indiscriminada por evasión a algunos sectores de la actividad económica. Como es sabido, Lavagna había señalado en Francia que los exportadores de cereales están en la mira por realizar operaciones de «elusión». Kirchner, que conoce el problema casi tanto como Bordón (antes de marchar a Washington atendió a las empresas del rubro), aclaró: «No va a hacer acusaciones sectoriales. En cada caso habrá una intervención de la Justicia y se adoptarán las medidas que digan los jueces».

• Audacia

Kirchner intentó «separar la paja del trigo», como suele decir, para destacar que «si hubiera habido reglas de juego claras en los '90 las empresas americanas hubieran participado más ampliamente de las privatizaciones». Parecía ignorar que en medio de la hiperinflación decidieron tomar riesgo con mayor audacia las empresas europeas, en manos estatales. Y que si se trata de escándalos de corrupción, los hubo también con empresas de los Estados Unidos. Pero, además, si había un lugar donde resultaba desafiante criticar a la Argentina de Menem era precisamente la casa en la que estaba almorzando: fue allí donde se bendijo una y otra vez la política del ex presidente, en contra de lo que opinaba el mismo Fondo Monetario Internacional, con el que Cavallo rompió en 1994.

Rockefeller y Rhodes fueron los principales pontífices de esa «consagración» y Brian O'Neill, del JP Morgan-Chase, se convirtió con los años en uno de los hombres de consulta del riojano en Manhattan.

Todo eso quedó disimulado por el buen talante de Kirchner, quien más allá de cualquier interpretación buscó corregir la imagen hostil que registraron sus interlocutores y que registró la prensa en su paso por Europa. En el Council habló de que no se revisarán las privatizaciones y anunció que «habrá una ley del Congreso delegando facultades en el Ejecutivo para que podamos auditar los contratos según pautas objetivas e internacionales».

• Tirón de orejas

Parecía especialmente empeñado Kirchner en que se notaran estos criterios: Julio De Vido lo había complicado con el gobierno de Francia, cuyo ministro de Economía estará hoy en Buenos Aires, diciendo que «si vienen a presionar por tarifas no serán recibidos». Hubo tirón de orejas por eso. Como también algún lamento por el eclipse que tal vez sufriría su viaje por la orden de captura sobre 45 militares, dictada por el juez Rodolfo Canicoba Corral.

Del otro lado, el empresarial, también lo arroparon con elogios hasta donde aconsejó la cautela. Además de servirle vinos patagónicos (neuquinos) y de Mendoza, Rhodes lo recibió saludando que «finalmente la Argentina ha encontrado su vertical».

Si de la mansión de Park Avenue Kirchner salió con la sensación de un éxito, lo mismo le sucedió al cabo de la reunión que mantuvo con las principales entidades representativas de la comunidad judía de Nueva York, en el consulado argentino. Es cierto que no anunció la ruptura de relaciones con Irán, como habían estudiado en la Casa Rosada en su momento (triunfó la posición de la Cancillería).

Eso sí, Kirchner le dijo a la dirigencia comunitaria que «la Argentina ya condenó, suscribiendo una resolución de la ONU, a todas las organizaciones terroristas. No se olviden de que fuimos castigados duramente en Buenos Aires, como sucedió después aquí». Como si entendiera las angustias del visitante, al cabo de las tres horas de conversación el más anciano de los rabinos le prometió: «Vaya tranquilo que vamos a ayudarlo. Usted sabe que algo en el Fondo podemos hacer, en la medida de nuestras posibilidades». Con esa bendición Kirchner volvió a Buenos Aires.

Dejá tu comentario

Te puede interesar