5 de septiembre 2007 - 00:00

Los vices ya no son lo que eran antes (valen más)

Los vices ya no son lo que eran antes (valen más)
Los quiso eliminar Carlos Menem cuando arreció la pelea más odiosa con Carlos Ruckauf (pretendió usarle el sauna de Olivos cuando el riojano estaba de viaje). Chile no lo tiene, reemplaza al presidente el ministro del Interior. En la Argentina anterior a los candidatos cuentapropistas (se autoeligen, se anotan en mesa de entradas y ya empiezan a cobrar como candidatos), los vicepresidentes representaban la otra pata del partido. Por eso fueron siempre un peligro para el presidente (Pelagio Luna para Irigoyen, Gómez para Frondizi, Martínez para Alfonsín, Chacho para De la Rúa, Scioli para Kirchner); nunca cuando, a la americana, el presidente imperial lo nombraba a dedo, Quijano con Perón, o Teissaire, que sólo cuando cayó el general fue a contar a sus jefes de la Marina lo malo que había sido el dictador depuesto. Con candidatos autodesignados sin consulta con partidos o con los vecinos (aquel sueño de la interna abierta que despuntó en la primavera de la Alianza y que murió bajo las ruedas del duhaldismo), los vices tienen una nueva vida. Les dan a los políticos lo que éstos no tienen; predicamento en medios, prestigio en ciertos nichos, la popularidad de la que carecen las cabezas de fórmula.

Los vices, en este tiempo, son cosa seria; la renuncia de Alvarez terminó con el gobierno de la Alianza; con Scioli, Kirchner llegó a presidente (le dio los votos moderados que necesitaba, además de imponerle, antes de la elección, a Roberto Lavagna para que siguiera siendo ministro de Economía). Nadie hizo tanto por el gremio de los vices como el candidato a gobernador de Buenos Aires.

Scioli ha dignificado la profesión y, en premio, salta a un cargo más importante cuando la tradición era la renuncia o, si terminaba el mandato, el ostracismo. Ningún vice llegó a tanto y, si el día de mañana los vices se organizan en una sede, deberán ponerle el nombre de «Daniel».

Alberto Rodríguez Saá resuelve en estas horas el nombre del único candidato a vice que falta, el de él. Anoche se levantaban apuestas en favor del ex embajador Juan Archibaldo Lanús, quien debía una respuesta.

Pensó hasta ayer en Irma Roy, pero la confinó a un cargo más seguro y salidor, la cabeza de una lista de diputados nacionales. (La ex actriz es portadora de peronismo y ha jugado en todas las bandas de su partido. La última fue darle una mano, por orden de Eduardo Duhalde, a Jorge Telerman cuando éste era todavía un «compañero» a la cabeza de una lista de candidatos a diputados nacionales en 1999. Sacó los votos necesarios para un nuevo mandato en representación de la Capital Federal. Nunca ha dejado de estar en todas las mesas de su partido -el peronismo es un género de la gastronomía, siempre están comiendo en El General, o en la peña de Gendarmería; Adolfo Rodríguez Saá dio de comer asado todas las noches en Olivos en la semana cuando fue presidente-. Ahora la premian con esta diputación desde donde intentará ampliar el arco de repercusión del cabeza de lista, que como otros candidatos tiene que romper el cerco provincial para que lo identifiquen como propio en el resto del país.)

En los años 90 los políticos no podían ni poner la cabeza de lista. Nombres como Ramón Ortega, Carlos Reutemann,Daniel Scioli encabezaban las listas porque los profesionales de la política no tenían rostro para enfrentar a la gente. Ahora, estos carismáticos de la extrapolítica asisten a los políticos desde las candidaturas a vice, pero igual se cobran caro el concurso:

  • Jorge Asís lleva de la mano a Jorge Sobisch como otro candidato a vice.

    Bromea en público -lo hizo en el programa de Grondona el domingo- relatando la respuesta que le dio al neuquino cuando le ofreció acompañarlo en la fórmula presidencial: «Si no se pone celoso, podemos hacer un desastre». ¿Celoso por qué? Sobisch reconoce que Asís es más conocido que él en los medios nacionales.

  • Otro carismático, pero de nicho, como Alfonso Prat-Gay, mastica la oferta de Elisa Carrió para ser su candidato a vice. Era número cantado hasta el sainete con López Murphy, cuyo final demostró que el ala progresista del ARI tiene dificultades para digerir alianzas con «liberales» (L. Murphy lo es en economía, como Prat-Gay). El triunfo de Hermes Binner en Santa Fe lo pone en la misma grilla que el senador Rubén Giustiniani, alguien con quien Prat-Gay no comparte seguramente nada en punto a ideología. El ex Banco Central de Kirchner le asegura a Carrió la mejor imagen ante la comunidad de negocios y la halaga además con su doble apellido -claro que no es un Esteban Bullrich ni un Enrique Olivera, que tiene un pueblo con su apellido, pero algo patricio transmite, como Patricia-. Además, son todos de Palermo Chico, algo que tranquiliza como una pitada hasta el fondo. Giustiniani tiene un repechaje, pero antes debe acordar con su adversario en la interna, Binner.

  • Asís, Roy y Prat-Gay pueden llevar a sus compañeros de fórmula a lugares en donde a éstos no los recibirían por el alto perfil que tienen algunos, por el prestigio de otros; el mismo papel cumple Teresa González Fernández como candidata a vicegobernadora de Alieto Guadagni por el peronismo de los R. Saá. Movediza, audaz y ocurrente, la ex mujer del gobernador Solá no admite límites dentro del peronismo. Infaltable en los actos oficiales del kirchnerismo hasta hace un año y medio -el último fue recibir en Córdoba a Fidel Castro antes de que éste sucumbiese víctima, no de un misil imperial, sino de un prosaico salamín de la colonia- migró a la oposición donde, insiste, está el peronismo (no en el gobierno, ni el de su ex marido). Difícil imaginar alguien con agenda más amplia que esta « Colorada» que pudo ser vice de Alberto R. Saá, pero que funciona mejor en la provincia de Buenos Aires, donde ha sido primera dama. Se ríe cuando muestra el libro de Guadagni «Para gobernar Buenos Aires» (1999), el mismoque Daniel Scioli le recomienda leer a su gabinete «in pectore».

  • Ante esta aparición de los nuevos vices que suman, también los hay neutros o que restan, y que cumplen el clásico papel del antaño: acompañar en las sombras, representar la otra pata, pero hacia dentro de las internas, no hacia el público. No le suma mucho Julio Cobos a Cristina de Kirchner, tampoco Alberto Balestrini a Scioli, menos Esteban Bullrich a Ricardo López Murphy. Son fórmulas todas en las cuales el cabeza de fórmula echa sombra sobre vices que parecen nombrados para cumplir.

    Cobos fue subido a la fórmula para que trabajase antes de la elección, no después; es el garante de la relación de los Kirchner con los radicales que se desprendieron de la conducción de la UCR y parece agotar ahí su función. No lo conocen mucho los Kirchner, y su perfil provincial y distante respecto de los temas nacionales les parece ideal frente a lo que significó Scioli para ellos en estos cuatro años. Como mendocino que es, en caso de ganar las elecciones el Partido del Gobierno, Cobos permanecerá en su provincia todo el tiempo que pueda armando su regreso a la gobernación en 2011 e irá al Senado lo menos posible.

  • Balestrini entró a la fórmula de Scioli como un delegado del kirchnerismo con una función de vigilancia que nadie puede negar. No se sabe, claro, al servicio de quién, ya que el cacique de La Matanza únicamente trabaja para sí mismo, y un aliado como Kirchner sólo puede conformarse con las sobras que pueda dejar. Tampoco cree nadie que tenga él una mejor relación con el peronismo provincial. Balestrini es más marginal que Scioli respecto del sistema bonaerense. Después de todo, Scioli entró en la fórmula presidencial de 2003 por indicación de Eduardo Duhalde, que sigue siendo la referencia dominante para el peronismo provincial, mientras que Balestrini se ufana de que bajo el dominio duhaldista nunca llevó a « Negro» a un acto partidario en La Matanza.

  • Como Bullrich, Balestrinitiene una decisión pendienteentre la autoimagen y las necesidades de proselitismo. Sus jefes de campaña recomiendan a los dos que se afeiten porque el público no suele amar en las urnas a quienes llevan barba. Se resisten en la duda sobre si llegaron a ser lo que son porque tienen barba o a pesar de ella, y se desvelan ante el terror de que afeitados arriesguen todo lo que tienen. Imposible explicarles que un Rafael Pascual o un Jorge Argüello sólo le vieron la cara a Dios cuando se decidieron a abandonar el juvenil apósito, que fuerza además a otras servidumbres, como entonarlo con el resto de la cabellera, con lo cual se logran espectáculos como el de Rafael Bielsa que, a lo Horacio Guaraní, combina canas con tinturas. De paso, ¿no habría sido otra la suerte de Bielsa, y del peronismo de Santa Fe, y del kirchnerismo, el domingo pasado, si Bielsa no hubiera tenido barba? Que lo piensen Balestrini y Bullrich en el tiempo que les deja su cómodo papel de candidatos a vice a la vieja usanza: acompañar al «uno» hasta que un golpe de dados aboliera el azar.
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