Las próximas 48 horas serán decisivas para la carrera de los dos candidatos que quedaron enfrentados ayer para competir por el gobierno de la ciudad de Buenos Aires el 14 de setiembre próximo. El «ballottage» no es el «alargue» del partido sino otra elección, para la que Mauricio Macri y Aníbal Ibarra deben fijar rápidamente los ejes de la discusión casi como si no hubiera habido primer turno.
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Macri tomó a su cargo esa tarea desde anoche, al pegar sobre el flanco más fuerte del adversario: el apoyo de Néstor Kirchner, que sacar del pozo a Ibarra al sumarlo a la ola de expectativas y aprobación de la clase media urbana que ha desencadenado su primer trimestre de gobierno.
El candidato de «Compromiso para el Cambio» pronunció un discurso que, si bien no tuvo un solo matiz agresivo para Kirchner, adquirió un tono casi presidencial. Comenzó refiriéndose a la «unidad de los porteños» y habló de un país en el que se respete al que disiente y no se persiga al adversario. Una apelación al electorado que manifiesta inquietudes por la propensión al conflicto del gobierno nacional. En la otra vereda de ese discurso está Kirchner, no Ibarra.
Este enfoque complica a Ibarra por dos razones. Primero, lo deja como un personaje marginal en una contienda «de grandes». Segundo, toca la cuerda más débil del gobierno en estos días: la incertidumbre del Presidente sobre la conveniencia de tomar un costo tan alto en el distrito más importante del país, donde está radicado el electorado para el cual él viene trabajando desde que asumió el poder. Macri se puso al borde del desafío para el gobierno nacional, especialmente sensible ante ese matiz: para Kirchner y su entorno el triunfo de ayer fue su primer paso en una carrera hacia la Casa Rosada que puede enfrentarlos en 2007. Papá Franco siempre pensó en que ésa sería la fecha crucial para su hijo.
• Inteligencia
¿Podría haber sido más sustancioso y emotivo el discurso de Macri? Seguro que sí. Pero por lo menos tuvo la inteligencia de fijar posición temprano, con la lógica del que había ganado. El cálculo del presidente de Boca Jr. no se cumplió anoche, pero orientó su conducta: tenía que salir a registrar rápidamente ante las cámaras de TV que había ganado para evitar que, desde la orilla de Ibarra, lanzaran el dardo envenenado de que su victoria había sido, en rigor, una derrota, como el duhaldismo había hecho con Carlos Menem el 18 de abril. En aquella oportunidad, desde el oficialismo, se había establecido que la suma de votos contraria al candidato ganador era imposible de desbaratar en una segunda vuelta. Fue peleando contra ese fantasma que Macri ensayó el argumento de que «la mayoría ya votó contra la reelección» del actual jefe de Gobierno.
Ibarra no consiguió contestar el discurso del ganador de ayer. Insistió en un argumento propio de la primera vuelta, sin advertir que se había iniciado otro ciclo sobre una lógica distinta. El alcalde dijo que seguiría habiendo una discusión nacional sobre el papel de cada uno en la década del '90, en un último esfuerzo por identificar a Macri con Menem. Ni él creyó en la potencia de su argumento para remontar el segundo turno, aunque el afectado ya se había obligado a una condena a la corrupción y la exclusión social con que va quedando asociada la imagen del pasado reciente. De cualquier modo, convertir en un torneo sobre los '90 el segundo tramo de la elección puede dañar al propio Ibarra: buena parte del voto de Patricia Bullrich no tiene objeciones hacia ese período, del que su candidata fue protagonista multicolor. El actual jefe de gobierno miró solamente hacia el electorado de Luis Zamora al hablar anoche. Pero, aún si sumara a ese lote por completo (a pesar de que allí hay muchos votantes que lo rechazan), Ibarra no alcanzaría a superar a Macri sin la ayuda de otras corrientes.
Frente al riesgo que quedar reducido a un empleado municipal en una elección que él mismo quiere nacionalizada, Ibarra debería suplicar por la intervención de Kirchner en la campaña. En el seno del gobierno se abrió un debate sobre la conveniencia de tomar ese riesgo. En rigor, sólo tres personas creen conveniente hacerlo: el propio Presidente, su esposa Cristina y Alberto Fernández, el jefe de Gabinete. Aunque el caso de la senadora es especial, ya que fue la última en convencerse de las ventajas de intervenir en esta elección metropolitana.
Si Ibarra debe cuidar que los apoyos que tuvo hasta ahora no se disuelvan o retiren, lo mismo cabe para Macri. Muchas fuerzas que lo acompañaron hasta ahora (sobre todo las del PJ) podrían verse satisfechas con las bancas conquistadas ayer. Todo un riesgo, ya que sin ese aparato partidario es imposible controlar los comicios del 14 de setiembre. Es cierto que el jefe de Gobierno debe cuidar también que Kirchner no le quite la escalera en defensa propia.Y rogar también por otra eventualidad: el viernes que viene es Santa Rosa y, como todos los años, se prevé tormenta. Penosa suerte la del gobernante porteño, que puede naufragar su carrera apenas con una lluvia persistente.
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