El embajador argentino en La Habana, Raúl Taleb, es un señor muy especial, cuyo antecedente conocido fue ser 12 años legislador provincial en Entre Ríos y recomendado del actual gobernador, Jorge Busti. Esto último es más meritorio, porque Busti tiene años de experiencia política, que se supone son útiles para calibrar a los hombres.
Ayer Taleb lanzó la frase del año entre funcionarios argentinos (del año hasta ahora, teniendo en cuenta que van sólo 22 días). Dijo: "En Cuba no hay violación SISTEMÁTICA de los derechos humanos"... ¡Menos mal! porque, según nuestro inefable diplomático Taleb, Fidel Castro no merece críticas dado que fusiló a ciudadanos que trataron de escapar de su dictadura y detuvo a 315 disidentes, entre ellos, 74 colegas periodistas e intelectuales a los que les aplicó penas de 25 a 28 años de prisión sólo por pensar distinto. Pero lo hace cada tanto, no en forma sistemática todos los días, o por semana o mes.
Taleb salió así a responderle al escritor-analista Marcos Aguinis y a otros periodistas y comentaristas que pidieron su relevo en La Habana por no aceptar dialogar con la oposición de Cuba (menguada, acorralada, pero heroica). Aguinis, aunque lejos de la estatura del Nobel José Saramago, Pedro Almodóvar, Joan Manuel Serrat y otros, redimió la vergüenza argentina de que intelectuales -que se rasgan las vestiduras cuando hay violación interna de los derechos humanos, así la come-ta un simple policía bonaerense-hayan mirado para otro lado en ignominioso silencio durante la sangrienta represión de disidentes en Cuba y las prisiones totalmente injustas que aún continúan allí.
La política de Néstor Kirchner en relación con las violaciones de derechos humanos en Cuba ha comenzado a atenazar a la administración. Tal vez, el gobierno se vería menos empañado si no fuera porque agrega explicaciones a los hechos. Que Daniel Scioli haya dicho que en materia de derechos humanos prefiere guardar silencio puede ser visto como una gaffe más de un reportaje desopilante como el que publicó «Página/12» el domingo pasado. Pero que el embajador en La Habana justifique la dictadura de Castro porque las violaciones a los derechos humanosno son «sistemáticas» supera cualquier ejercicio con el absurdo. Enfrentado al reproche que le dirigieron a Rafael Bielsa cinco escritores (Marcos Aguinis, Fernando Ruiz, María Sáenz Quesada, Juan José Sebreli y Sylvina Walger), Taleb dijo que a los disidentes cubanos no se los invita a la embajada argentina «por razones de protocolo» y «de estilo». Las embajadas europeas convidan deliberadamente a la oposición al castrismo desde que se produjeron los fusilamientos del año pasado.
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En la Cancillería, mientras tanto, Bielsa trata aunque más no sea de producir algún ajuste formal en una política que se salió de madre desde que Kirchner le prohibió recibir a los militantes anticastristas en La Habana. A la Subsecretaría de Derechos Humanos del Palacio San Martín, donde se desempeña Alicia Oliveira, fue derivado ayer un diplomático profesional, Gregorio Dupont. Este funcionario cobró notoriedad cuando, en los '80, asesinaron a su hermano Marcelo, lo que dio lugar a un escándalo político que salpicó a Emilio Massera, señalado entonces por el crimen. Más recientemente, Dupont renunció a la embajada en Israel en queja por los ascensos que dispuso Carlos Ruckauf en la Cancillería. La conducción del Ministerio de Relaciones Exteriores tal vez espera ahora, con esta designación, controlar un área que con Oliveira reporta directamente a la Casa Rosada pero a través de periodistas amigos y militantes de los derechos humanos.
Nadie pensó hasta ahora que Cristina Fernández de Kirchner pudiera convertirse en víctima de la ola de reproches que levanta el gobierno de su esposo, fuera y dentro del país, por su tolerancia con las violaciones a los derechos humanos en Cuba. Pero Cristina será presentada como una luchadora de los derechos humanos en el mismo lugar donde el secretario adjunto del Departamento de Estado, Roger Noriega, lamentó la visita de Rafael Bielsa a La Habana y, sobre todo, su negativa a recibira las víctimas del régimen castrista. La aparición de la senadora y primera dama -ése será el trato protocolar-en el Council of the Americas será el 10 de febrero. En esa sede, en la que reinan David Rockefeller y Bill Rodhes, la esposa de Néstor Kirchner dará una conferencia y será agasajada con una comida, la primera de una serie en la que se presentarán mujeres importantes del continente americano.
La esposa de Kirchner ha tenido una especie de reducción al bajo perfil desde que el gobernador de Santa Cruz se transformó en candidato y, después, en presidente. Pero en la imagen que el gobierno construye hacia el extranjero el rol de Cristina es muy distinto: ella le da a la gestión una dimensión estética e intelectual que no le proveen otros integrantes del actual esquema de poder. La aparición de febrero en Nueva York la encontrará, además, en un momento muy apreciable: cuando la dirigencia política local se pregunta si será o no la pieza clave con la cual Kirchner y su grupo se proponen dominar la provincia de Buenos Aires. Todo parece luz, entonces.
Sin embargo, la primera dama tendrá que ajustar su discurso público en dos materias que se han vuelto inevitables en cada presentación externa del gobierno argentino. Una, debida a la situación heredada, tiene que ver con la deuda pública. La otra, motivada por el propio oficialismo, remite a los derechos humanos. Sobre todo, por el contraste entre un discurso intransigente en materia de las violaciones que se produjeron en el país durante los años '70 y '80, y otro mucho más tolerante que se refiere al régimen cubano. El viaje de Bielsa, las declaraciones de Noriega, la ambivalencia de Kirchner respecto de su propia visita a la isla y la queja de los intelectuales sobre esa simpatía castrista han desatado este debate inesperado, sobre todo por lo anacrónico (hasta militantes comunistas como el escritor portugués José Saramago repudiaron públicamente al gobierno de Fidel). Si esta contradicción siguiera tan expuesta, la senadora Kirchner puede llegar a pasar alguna incomodidad ante el auditorio neoyorquino, compuesto por las testas coronadas de las principales empresas de los Estados Unidos.
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