¿Habrán recordado los tres millones y medio de votantes de Roberto Lavagna aquellos pasajes de la vida de Julio César, reportados por Plutarco, en los que el glorioso militar y político romano, intuyendo el complot que se iba anudando en su entorno, preguntaba: «Qué creéis vosotros que pretende Casio, porque me gusta muy poco verlo tan pálido»?
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En otra ocasión, alguien le informó que Antonio y Dolabela conspiraban contra él -lo que era falso-. César replicó: «No desconfío mucho de gordos como ésos, tan bien peinados y con tan buen color, sino más bien de aquellos otros, flacos y pálidos». Estaba pensando en Bruto y Casio.
Los que, confundidos, votaron a un opositor que no era tal, también podrían sentirse identificados con Napoleón Bonaparte, que acostumbraba decir, en referencia a su ministro Charles Maurice de Talleyrand, funcionario de todos los regímenes de los que fue contemporáneo (monarquía, república, imperio y nuevamente monarquía), «ahí viene el pálido».
Independientemente del crédito que cada uno le quiera dar a esta tesis prelombrosiana, más de un votante « confundido» estará tentado de adherir a la propuesta de Fernando «Pino» Solanas: penalizar el borocotismo. Aunque, bien pensado, quien defrauda a sus seguidores se traiciona en realidad a sí mismo.
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