5 de febrero 2003 - 00:00

Patético por TV

Parecía más final de fiesta que el principio de una aventura: así empezó el debut como candidato presidencial de Néstor Kirchner en Lanús, precedido por Felipe Solá, custodiados ambos por expertos como Manuel Quindimil y el cada vez más próspero Hugo Toledo. No eran los más adecuados para representar un nuevo proyecto y, mucho menos, la renovación. Pero, como dice el gobernador, la juventud se lleva en el corazón, no en el calendario. No fue por esa frase gastada y trivial que las barras empezaron a acosarlo con los bombos y le impedían hablar. Es cierto que él, para irritarlos quizá, también les decía obviedades como «va a salir el sol» que aumentaba más el bochinche. Varias veces debió pedir que lo dejaran hablar -también el locutor ad hoc-, razón por la cual el acto político se coloreó de clima mortuorio, al menos para Solá. Casi 7 veces rogó que lo escucharan y otras tantas los bombos lo taparon. Si parecía Perón con los imberbes Montoneros, faltaba que echara a los díscolos, algunos de los cuales hicieron vacío y partieron. Finalmente, ellos habían ido convocados por Quindimil, el longevo y persistente caudillo de Lanús que habló al principio.

• Reemplazo

A la patética presentación de candidatos transpirados con laderos impresentables no sólo estéticamente -si todo lo que Duhalde le pudo poner a Kirchner son Quindimil y Toledo, el santacruceño debería preocuparse-, se sumaba un Solá estupefacto por la deserción de Chiche como compañera de fórmula (la primera mujer que le dice que no, según él, aunque en el Barrio Norte no se lo recuerda como un galán exitoso). Es que de repente ella, en lugar de dos de él, puede amanecer como uno y en su lugar. Una eventualidad que el gobernador no pensaba y, tampoco, el propio Duhalde: el fin de semana, a sus íntimos, les aseguró que su esposa acompañaría a Solá. La hostilidad del miniestadio se refería a ese episodio, al desconcierto del duhaldismo y, también, opacaba el lanzamiento de los Kirchner, dúo de aprovechados que utilizó la masa de Quindimil para asumirla como propia. Terminó de hablar Solá y ni siquiera ganó aplausos cuando pidió un nuevo fondo del conurbano (o sea, plata) para la provincia: menos mal que los concurrentes eran amigos, seguramente contratados o con la esperanza de ocupar alguna lista en las múltiples bonaerenses que vencen a fin de mes. Ni así hubo vítores.

Siguió Kirchner con el micrófono, amigo de usar los brazos como aspas -una forma tal vez de darse energía- y repitió las monsergas de los actos barriales: sólo que en esta ocasión salía por TV abierta, naturalmente por «Canal 7» (obra maníaca de propaganda de Carlos Ben) y la audiencia desprevenida se alarmaba por un discurso de barricada que ni siquiera evitaba olvidar a los muertos. Nada significativo el mensaje, sólo el tono gritón, casi amenazante, impropio para que lo soporte una familia común que escuchaba en la casa y se sorprendía ante un postulante que reclamaba groserías como «Vamos a poner lo que hay que poner». Aunque eso, en verdad, no puede sorprender en la televisión basura. Finalmente, entre el gasto de Quindimil, la afrenta que soportó Solá y la intimidación gestual y oral de Kirchner, cualquiera entendía lo que es el duhaldismo salvaje. No se debe desesperar: todavía falta ver lo mejor aunque el país haya soportado lo peor.

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