22 de septiembre 2005 - 00:00

¿Por qué Suez no esperó ni un mes para irse del país?

James Neilson, el columnista semanal de la revista "Noticias", suele lograr mejores comentarios cuando estalla en ira. El alejamiento de la empresa Suez le provoca eso. Que se vaya una inversión extranjera de renombre mundial es muy malo para la Argentina, pero peor parecen ser las agresiones verbales con que el presidente Néstor Kirchner la está despidiendo y cuando el servicio de agua potable va a volver a manos del Estado con la misma maniobra que llevó a estatizar el Correo y sumar un elemento de corrupción, de déficit, de "ñoquis", de proliferación de sindicatos. La maniobra se llama "temporariamente hasta una nueva privatización". Hoy el Correo estatizado volvió a sus peores épocas y pasará lo mismo con la antigua Obras Sanitarias de la Nación, burócrata organismo que sustituirá a la privada Aguas Argentinas. El gobierno no entiende que si para dar el portazo la empresa francesa Suez no esperó hasta después del 23 de octubre próximo, cuando, pasado el celo preelectoral, el gobierno era más accesible para dialogar, es porque internacionalmente no se cree en este gobierno argentino-actual -ni empresarial ni presidencialmente ni en su presunta creencia en la "filosofía capitalista" que invocó el ministro Julio De Vido ante las cejas arqueadas por el asombro de empresarios norteamericanos hace pocos días. Más aún, da la impresión de que con este retiro de Suez a 30 días de unos comicios, internacionalmente quieren sancionar al gobierno y lamentablemente como derivación al país, dejarlo sin inversiones mundiales.Veamos este artículo donde Neilson refleja esa actitud tipo Unión Soviética en la década de 1930, donde el stalinismo rechazaba toda ayuda extranjera argumentando que su comunismo iba a autoabastecerse de capitales propios. Aldo Ferrer, en la Argentina, cuando dejó de ser un buen profesor de historia económica nacional, adoptó un stalinismo acriollado -como hace hoy Horacio Verbitsky en lo político-con aquel " vivir con lo nuestro", que es cerrarse al mundo. Veamos párrafos salientes de este columnista, que introduce una figura política novedosa: el Presidente tiene una política internacional piquetera.

Como un automovilista que a centenares de kilómetros de la estación de servicio más cercana se encuentra con el tanque de su coche raquítico casi vacío, Roberto Lavagna tiene buenos motivos para preocuparse. Sabe que necesita más inversiones, muchas más, porque sin ellas la economía no podrá continuar creciendo a un ritmo aceptable. Pero desdichadamente para Lavagna, y para el país, a ojos de quienes tienen la plata que precisa, la Argentina es sólo para jugadores que estén dispuestos a probar suerte en un casino administrado por personas que en su opinión son muy pero muy raras. Después de todo, no les faltan oportunidades en China, la India y muchos otros países que han elegido plegarse a la globalización. Además de poseer un prontuario financiero que es con toda seguridad el más esperpéntico del mundo civilizado, la Argentina tiene un gobierno cuya ala política se especializa en basurear a los inversores extranjeros que sobrevivieron a la muerte de la convertibilidad.

Ningún país puede prosperar sin inversiones; de difundirse la sensación de que las empresas más importantes del mundo están boicoteando a la Argentina por creerla un caso perdido, las consecuencias para sus habitantes actuales y sus descendientes serían gravísimas.

Mientras tanto, aunque el presidente Néstor Kirchner y su señora dijeron que fueron a Nueva York en busca de ricos con ánimo de invertir, no se les ocurrió nada mejor que aprovechar la oportunidad para calentar su jihad contra el Fondo Monetario Internacional, asustando así a los grandes empresarios que cuando de dinero se trata recelan de políticos que se presumen heterodoxos.

El gobierno se las ha ingeniado para acorralarse a sí mismo. El poder que supo construir Kirchner se basa en buena medida en su hostilidad rencorosa hacia los inversores, sobre todo si son extranjeros, pero sucede que el país los necesita.

Cuando el «modelo menemista» cayó en pedazos, los progres locales y sus congéneres en otras latitudes lo tomaron por evidencia indiscutible de que el «neoliberalismo» estaba muerto no sólo aquí, sino en el mundo entero. De más está decir que se equivocaron: se trataba de una mera fantasía.

• Motivos

La semana pasada en el Japón, dueño de la segunda economía del planeta -es casi veinte veces mayor que la Argentina-, el primer ministro Junichiro Koizumi se anotó un triunfo electoral épico merced a su voluntad de privatizar el correo que maneja la caja de ahorros más gigantesca del universo conocido: dicen que contiene aproximadamente 3.000.000.000.000 de dólares. Aunque los viejos políticos nipones, lo mismo que los sindicalistas y los intelectuales progres de su país, se opusieron con tenacidad a esta reforma estructural que Koizumi está resuelto a concretar pase lo que pasare, la mayoría de sus compatriotas dio por descontado que, a menos que el Japón se adaptara a los tiempos que corren, tendría que resignarse a un futuro que a lo mejor sería mediocre y a lo peor podría ser asfixiante. Los japoneses no son los únicos que se sienten hartos del conservadurismo estatista que en muchos países es tan caro a los políticos.

El Japón y Alemania no cierran la lista de países importantes que, sin mucho placer, están rindiéndose a los encantos del neoliberalismo.

En Francia, la plaza fuerte de la resistencia a la globalización, están multiplicándose los rebeldes contra la ortodoxia de la elite dominante. El político más popular de todos es el ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, un hombre que para perplejidad de muchos galos y furia del presidente Jacques Chirac admira a Estados Unidos y reivindica las ideas supuestamente heréticas del británico Tony Blair. Puede que en sus respectivas comarcas ni Merkel ni Sarkozy consigan llevar a cabo cambios tan drásticos como los de Thatcher que permitieron que el Reino Unido se transformara de uno de los países más pobres de la Unión Europea en el más rico y más dinámico de los cuatro grandes, pero su protagonismo, como aquel de Koizumi en el Japón, es evidencia contundente de que en el mundo actual el «neoliberalismo» está avanzando viento en popa, lo que no es nada malo para un credo que aquí se supone bien muerto.

A diferencia de las elites políticas de los países económicamente más exitosos, la versión argentina no se destaca por su sentido práctico. Entre una linda teoría y una modalidad que ha brindado buenos resultados, siempre elegirá la primera. La formación de los Kirchner debe mucho más a su veneración por las lucubraciones de la intelectualidad contestataria porteña que a un esfuerzo auténtico por entender.

No les interesa mucho lo que se dice y se hace en el resto del mundo a menos que sirva para respaldar sus propios prejuicios, de ahí su afición por el flagelo del FMI, el economista estadounidense Joseph Stiglitz y su incapacidad para comprender.

Además del aislamiento mental, es un gusto marcado por la autocompasión.

Kirchner en el escenario internacional adquirió el hábito de actuar como una especie de piquetero que insiste en su derecho a disfrutar de un subsidio costeado por otros.

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