4 de julio 2001 - 00:00

Presidente sin partido

Quizás uno de los mayores dramas del vacío presidencial sea que Fernando de la Rúa es un mandatario sin partido. Un handicap en contra por su estado de salud -no tanto por problemas físicos sino por la medicación-y por una personalidad que nunca se destacó demasiado en el ejercicio del mando y en la autoridad, cualidades casi necesarias para dirigir un país depresivo en lo económico y que no es precisamente Suiza. A esto se le suma como agravante la decepción y vergüenza que manifiestan muchos radicales por la actual gestión. Que se expresa a través de distintas críticas, de Leopoldo Moreau a Rodolfo Terragno, de Angel Rozas a Federico Storani, por no hablar del martilleo perpetuo e insatisfecho de Raúl Alfonsín.

Está claro que la actual administración no es lo que habían soñado, aunque conviene aclarar que ellos nunca pudieron escribir ni planificar seriamente su utopía.

Este disgusto de gran parte de la UCR con la suerte de la Alianza y la del propio partido en el gobierno generó, obviamente, distancia, cautela y cuestionamiento. En ese ciclo, el Presidente se quedó sin Alianza en principio por la disolución química de sus connotados líderes (Carlos Chacho Alvarez y Graciela Fernández Meijide) y luego sin el respaldo de su partido. O con un apoyo menguado, por lo menos. La crisis no disimula esta realidad, por el contrario exalta las contradicciones: más que nunca se revelaron el malestar partidario contra los manejos de los hijos (y sus amigos) del mandatario, de algunos íntimos de éste, de la incorporación de Domingo Cavallo -a pesar de que el ministro propone un liberalismo con «rostro humano» para no ajustar el gasto, al estilo Tony Blair, como si la Argentina tuviera niveles europeos-y, sobre todo, las desaveniencias por la posible pérdida de cargos y sinecuras.

Oquedad

Como los mercados no sólo observan el comportamiento económico y se indignan porque no se cumple lo que se promete y firma, también se detienen en la oquedad presidencial (por no citar además las convulsiones sociales, el índice de desocupación y la controversia con la oposición). Así crece el riesgo-país. Los jerarcas del radicalismo han empezado a entenderlo, especialmente desde que se expandió el rumor sobre la eventual renuncia de De la Rúa. Alfonsín comenzó a mediar, a interesarse y, se diría, se arremangó: propone recuperar fuerzas, cohesionarse y, si es posible, hasta reverdecer la Alianza. Esta idea, por supuesto, no se sabe si opera en contra o a favor del gobierno.

Porque, se supone, la nueva intervención de Alfonsín debe incluir iniciativas y cambios, tal vez dentro del propio gabinete. Desde entonces vuela la imaginación: incorporaciones esotéricas a despidos imprevistos. Más bien, cabría sospechar que empieza un ballet para dormir -si es posible-a la audiencia hasta las próximas elecciones de octubre. Mientras, quizás algún hombre de confianza de Alfonsín, también hoy de la máxima y cotidiana relación con De la Rúa, ingrese a la Administración. Un prototipo: Enrique «Coti» Nosiglia.

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