6 de septiembre 2004 - 00:00

Regreso sin gloria para "socialistas" K

Cristina F. de Kirchner
Cristina F. de Kirchner
Parecía una troupe de imitadores o de extras cinematográficos. ¿Qué transeúnte de los que vagaban en la madrugada de ayer por el aeropuerto de Ezeiza podía suponer que ese grupo de conocidos eran los que eran? Con un bolso en la mano y el malhumor en el rostro, la primera dama, Cristina Kirchner; el gobernador de Santa Cruz, Sergio Acevedo; el jefe de Gabinete, Alberto Fernández; el secretario de Legal y Técnica, Carlos Zannini; el secretario general, Oscar Parrilli; el secretario de Relaciones Institucionales de la Cancillería, Darío Alessandro; el de Relaciones Económicas Latinoamericanas, Eduardo Sigal, y la interventora en el PAMI, Graciela Ocaña, vagaron entre la 1.30 y las 2.30 por los pasillos de esa estación internacional, despotricando contra la Policía Aeronáutica, que no tenía habilitada la sala VIP, y contra la empresa concesionaria, que recién después de un buen rato de vagabundaje les abrió una sala. «Son ellos, son ellos», comentó por lo bajo una señora que esperaba la llegada de su hija desde Canadá.

La senadora y el resto de sus acompañantes habían llegado de Chile hacia la medianoche pero demoraron más de una hora en aterrizar. La tormenta los obligó a sobrevolar un largo rato el Aeroparque y al final debieron bajar en Ezeiza. ¿Habrán echado a alguien mientras diluviaba en el «maldito conurbano»? Es una pregunta casi graciosa para rematar un viaje con más relevancia que la que dejaron entrever los diarios del fin de semana, a uno y otro lado de los Andes.

La partida había sido el viernes y la visita venía a compensar desencuentros provocados por la crisis del gas. En efecto, la reunión de dirigentes del kirchnerismo puro con socialistas de la Concertación chilena estaba prevista para la primera mitad del año. Pero debió suspenderse. A pesar de estos contratiempos, los funcionarios de Ricardo Lagos recibieron a los argentinos con gran cordialidad. Estaban el ministro del Interior, José Miguel Insulza; el de Trabajo, Ricardo Solari; la de Defensa, Michelle Bachelet; el presidente del Socialismo, Gonzalo Martner; los vicepresidentes Jaime Gazmuri y Jaime Pérez del Arce; el embajador en Buenos Aires, Luis Maira, y el ex embajador Jorge Arrate.

• Distancias

La reconciliación operada y cierto espíritu de confraternidad que animaron los chilenos no pudieron disimular del todo las distancias que existen entre un gobierno y otro, aunque los dos se identifiquen con la izquierda. Alrededor de la mesa, mientras se repasaba la amplia agenda, quedaron claras esas disidencias. Por ejemplo, en relación con la política impositiva. Si bien nadie llevó la voz cantante en ninguno de los dos grupos, fue el jefe de Gabinete Fernández quien dejó ver alguna disconformidad con un modelo, el de Chile, que privilegia la creación de riqueza y el efecto de «derrame», aunque éste se produzca con una distribución «regresiva». Los argentinos defendieron las rebajas impositivas y los aumentos de salarios que se están estudiando en estos días y que provocarían una expansión del mercado interno. Pocos comentarios de Manuel Marfán, director del Banco Central que había concurrido casi en secreto para asistir a estos debates informales.

Si bien nadie quiso recordar los enfrentamientos de abril en torno a la cuestión del gas, a ambos lados de la mesa se festejó una iniciativa: la Argentina pretende impulsar, en acuerdo con Chile, la firma de un Protocolo de Integración Energética para toda la región. En Santiago se admitió que para que ese documento tenga alguna operatividad debería incluir a Bolivia y Perú, dos actores importantes en el mercado de la energía. Los chilenos reconocieron que «el planteo que nos hacen los bolivianos puede ser legítimo pero es para nosotros intratable». Insistieron en que cualquier disidencia sobre soberanía o provisión energética debería disolverse en una política conjunta de desarrollo regional. «De otro modo es políticamente imposible hablar de esos temas en público.»

Si hubieran profundizado en sus agendas con mayor sinceridad, los dos gobiernos podrían haberse visto en un espejo. Los chilenos sobrevolaron el problema que se les plantea con la próxima elección presidencial. Hay dos aspirantes a representar a la Concertación y las dos son mujeres. No se llaman Cristina y Chiche, sino Michelle (Bachelet, ministra de Defensa, socialista) y Soledad (Alvear, de Relaciones Exteriores, democristiana). Explicaron los chilenos su método de selección, con una especie de interna abierta, sobre el que tomó nota furtivamente el perspicaz Alessandro.

Tampoco se detuvieron los dos grupos en sus duelos con el FMI. Es cierto que Rodrigo de Rato tuvo palabras elogiosas para los chilenos, que Kirchner y los suyos no escucharon. Pero Solari, el ministro de Trabajo trasandino, comentó en la reunión el enojo que le había provocado que el director gerente del Fondo diera instrucciones sobre el manejo del mercado laboral en Chile. Martner, el presidente del partido, levantó la voz explicando: «Nosotros no dependemos ni un milímetro del FMI porque no le debemos una sola moneda y eso es lo que nos da, y estamos orgullosos de ello, la garantía de que nuestra política económica y social se determina en Chile y no en Washington». Se detuvo a tiempo, antes de que el argumento fuera, involuntariamente, ofensivo para los visitantes.

A las 16.30 ese sábado, Ricardo Lagos recibió a sus visitantes en La Moneda, el palacio presidencial. Los agasajó con té, sándwiches, masas y tortas. Aunque el festín para estos argentinos pasablemente izquierdistas que pasearon por Santiago, fue otro: la visita guiada que el propio presidente de Chile les hizo a las habitaciones en las que Salvador Allende pasó sus últimas horas, el balcón al que se asomó antes del copamiento de ese edificio, el rincón donde se suicidó. Después, Lagos habló muy cordialmente de sus aspiraciones respecto de los gobiernos «progresistas» de la región.

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