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En la dirigencia del peronismo, a su vez, gana cada vez más terreno la idea de postergar las internas, previstas inicialmente para el 15 de diciembre. Por distintas razones, desde Eduardo Duhalde hasta los más diversos gobernadores, pasando por Roberto Lavagna y hasta por el propio Menem están convencidos, en mayor o menor medida, de que sería mejor convocar a esas elecciones en marzo. La propuesta no incluye modificar la finalización del mandato de Duhalde, el 25 de mayo. Pero sí se correrían hacia adelante los comicios generales: serían el 6 de abril, la primera vuelta, y el 20 de ese mes la segunda, si la hubiere.
Las razones para esta modificación de calendario que se negocia en el seno del PJ (los principales gestores del cambio son los gobernadores de provincias chicas, uno de ellos candidato, como Romero; también dirigentes destacados como el senador por Misiones, Ramón Puerta) son varias. En principio, se supone con lógica que el plazo entre la interna y la elección general, con las fechas actuales, es absolutamente inviable desde el punto de vista político. No hay gobierno que aguante tener «en el banco» a un candidato recién elegido en una interna caudalosa, sobre todo cuando ese gobierno fue designado por una Asamblea Legislativa, no surgido de las urnas.
Pero además, tal como se presenta actualmente el cuadro interno del PJ, cualquier interna sería artificial si uno de los candidatos con posibilidades de acceder al poder no participa de ella. ¿Qué significaría una interna entre Carlos Menem y José Manuel de la Sota, por ejemplo, si Rodríguez Saá resuelve competir por afuera del PJ? Evidentemente un duelo de esa naturaleza sería mucho menos decisivo y sólo serviría para darle más volumen a un candidato que, aún así, no estaría consagrado definitivamente como representante de su propia fuerza.
Pero están también los que recomiendan no hacer una interna tan adelantada como sería la de diciembre por razones de prudencia política y económica. Los gobernadores, por ejemplo, no ven con agrado que desde ahora sus distritos comiencen a convulsionarse con alineamientos de intendentes y legisladores detrás de las diversas candidaturas, lo que genera tensiones y problemas de gobernabilidad. Además, cada candidato a presidente siembra las provincias de postulantes a la gobernación que indefectiblemente perturban al poder establecido. Hay que recordar que las discusiones por el poder, en las provincias, se iniciarán en serio recién pasado marzo próximo.
Quienes miran atentamente la marcha de la economía y no tanto la trama de las ambiciones políticas, creen que la recuperación que puede insinuarse en estos días debería ser más vigorosa si no hubiera tantas pujas electorales. Ponen un ejemplo: ninguno de los candidatos permite que los diputados que lo siguen dé quórum para archivar el juicio político a la Corte, por razones de imagen. El ministro Lavagna es el primer defensor de la conveniencia de despejar el horizonte inmediato de peleas electorales y se lo hizo saber a todos los dirigentes que gravitan en ese proceso.
Entre Duhalde y Menem esta discusión produjo un principio de acercamiento. Hombres como Juan Carlos Romero o el mismo Puerta ya hablaron con el ex presidente de la conveniencia de postergar la puja interna del PJ para más adelante, en beneficio de la situación general del país. Pero también en beneficio propio: en el peronismo son muchos los que creen que Rodríguez Saá puede mantener el llamativo encanto que hoy produce durante un tiempo no muy prolongado. Calculan que, al cabo de una exposición más prolongada ante la opinión pública, irá reduciendo su potencia electoral como le sucedió ya a Elisa Carrió, aunque en este caso se supone que la reina del ARI no «decayó» porque nunca estuvo arriba salvo en encuestas falseadas en los medios para promocionarla. Eso beneficiaría a Menem, el candidato más conocido y, por lo tanto, el que tiene adherentes (también opositores) más estables. En el peronismo hay varias razones por las cuales se pretende evitar el triunfo de Rodríguez Saá, pero hay una poco perceptible: los dirigentes de la generación intermedia de ese partido (De la Sota, Romero, Puerta, Felipe Solá, Néstor Kirchner, Gildo Insfrán, Jorge Busti, etc.) no ven con agrado que se establezca en el poder, tal vez por mucho tiempo, alguien de aproximadamente su misma edad, taponando la carrera de todos ellos a la Presidencia.
La estrategia de postergar las internas se servirá en lo inmediato de una táctica: el 15 de este mes comenzará el período de exhibición de padrones para que los independientes que quieran votar se identifiquen entre los habilitados. Comenzarán, entonces, a aparecer las aberraciones de esos listados: ciudadanos que no aparecen en el padrón de independientes porque alguien los afilió sin su consentimiento, dobles afiliaciones que saltarán cuando alguien se queje por su situación irregular, etc.
Sobre la base de estos defectos se trabajará la idea, prácticamente ya decidida, de que una interna realizada sobre la base de padrones tan defectuosos, de la que podría surgir el próximo presidente, agrava la crisis política del país. En el establishment, en las principales embajadas extranjeras, allí donde durante mucho tiempo se creó la idea de que lo mejor que podría pasar en la Argentina era urgir un proceso electoral y reemplazar al gobierno actual por otro surgido de las urnas. La conveniencia de no precipitar una elección defectuosa, entonces, comenzó a meditarse como más adecuada.



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