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Mario Wainfeld es un periodista de izquierda pero no fóbico. Además tiene llegada a Kirchner en función de prensa para enterarse, no para escalonar o dominar sectores y fondos públicos. Ayer escribió en «Página/12» sobre lo oído en la Casa de Gobierno conceptos que resumen mucho los comicios vividos: «Creen que somos zurdos y siempre lo seremos, hagamos lo que hagamos nunca querrán a Néstor (Kirchner) como quisieron a Menem. Pero ya se sabe, billetera mata galán y un gobierno superavitario logra una obediencia que funciona como una filarmónica en el Congreso».
Wainfeld puede equivocarse. A las huestes de Duhalde tendrá Kirchner que tirarles alguna «soga» porque la alternativa para el duhaldismo residual también es el triunfante macrismo donde no pagarían «reenganche». En definitiva, los Duhalde eran populistas y ganadores de elecciones con dinero público como el kirchnerismo, pero de derecha.
También parece errado este periodista -o los errados son los que hablaron con él en la Casa de Gobierno- en cuanto a que el triunfante socialismo santafesino va a plegarse al kirchnerismo. Todas las declaraciones de Hermes Binner tienden a otra forma de centroizquierda como analizó ayer Ambito Financiero. No es concebible ese socialismo y esos radicales santafesinos que alguna vez apoyaron al total libreempresista y derecha radical Horacio Usandizaga compartiendo mismo partido con el autoritarismo y la tendencia hegemónica de este gobierno ni con las ideas de Horacio Verbitsky de dominar la Justicia, meterse en la vida privada de los ciudadanos violando el secreto bancario y otros excesos.
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La cautela con la cual el gobierno recibió el resultado electoral es la explicación para la sorpresiva ausencia de festejos de calle tras ganar las elecciones, aunque sin llegar a marcas de adhesiones que superen 39%/40% del total de los votos emitidos. El Presidente no se exhibió en el comando electoral del oficialismo, las cámaras sólo registraron un saludo al subir al auto, apenas dio una cena trasnochada -casi una sesión de trabajo- el domingo a la noche con pocos allegados en Olivos. Cualquier exceso triunfalista hubiera estado fuera de lugar pero no hubo ni una modesta concentración como las que suelen organizar hasta los perdedores de alguna elección como manera de contener el ánimo de sus militantes, un bombo y unos gritos en el Obelisco al menos. Alberto Fernández hizo ayer una extraña interpretación del resultado electoral. «No debemos volver al viejo principio de que todos unidos triunfaremos olvidándonos lo que la gente dice», expresó.
La negatividad de esa expresión ayuda a explicar esa ausencia de celebraciones en un partido populista como era el justicialismo.
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La lectura serena de los resultados electorales en todo el país arroja datos que explican que el gobierno amortigüe los festejos. Si se compara esta elección de Cristina de Kirchner en la provincia de Buenos Aires que algún diario oficialista reseñó como «aplastante» con otras anteriores del peronismo en el mismo distrito, el resultado no es alentador. El 46,01% que sacó la hoy senadora bonaerense en su pase de distrito es inferior a 48,28% que sacó Graciela Fernández Meijide en la elección «arrasadora» a diputados nacionales de 1997 contra Chiche Duhalde (41,44 por ciento). Para gobernador Carlos Ruckauf «arrasó» a Fernández Meijide en 1999 con 48,44% a 41,36% también superior a las marcas de Cristina el domingo pasado. En 1995, Fernando Galmarini ganó la elección por 51,9 por ciento a «Juampi» Cafiero, del Frepaso.
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La lectura fina de los datos finales provisorios de la elección legislativa en todo el país confirmó la caída del porcentaje del voto en blanco, que se ubicó en alrededor de 6,3%. En 2003 se había registrado un porcentaje nacional en la elección al mismo renglón de los diputados de 10,5%. Este tipo de votos no debe mezclarse a la hora de evaluar resultados con los nulos o impugnados. Un voto en blanco es una opción positiva de un ciudadano que deja el sobre sin boleta o pone una hoja en blanco. Tanto es así que hay varios proyectos en el Congreso para reformar el Código Electoral y asignarle bancas virtuales a los votos en blanco, es decir que queden vacías las sillas que corresponderían a ese tipo de sufragio. Hoy los votos en blanco son distinguidos de los votos positivos a partidos entre los que se reparten las bancas en juego. Los votos nulos o impugnados son aquellos que contienen errores por impericia del votante (tachas, malos cortes, etc.) o por voluntad expresa de que ese voto se anule (insultos, leyendas personales y objetos diversos que algunos suelen introducir en el sobre -generalmente son preservativos- como forma de protesta).
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Aunque no hubo reconocimientos públicos por parte del matrimonio Kirchner a ninguno de los colaboradores en la elección -Cristina sólo mencionó al movilero amigo «Gonzalito» de CQC-, ciertas omisiones se entendieron como un castigo. Por ejemplo, Rafael Bielsa no fue invitado a Olivos -en realidad nunca se invita a mucha gente a esa residencia- en la madrugada de la celebración. Sí incluyó el Presidente en ese ambigú al jefe de Gabinete, Alberto Fernández, responsable del PJ capitalino, quizás porque ambos se sentían tutores de la malograda experiencia del Canciller (finalmente, la suba de 5 puntos, un poco presuntuoso, que el mandatario le aseguraba, por su presencia, a cada candidato, no se cumplió en Capital ni tampoco en Santa Fe). Nunca, como en esas horas, se revisó la performance porteña del kirchnerismo y, sobre todo, la última decisión de hace dos meses, cuando -luego de algunas peripecias- se sostuvo definitivamente la tambaleante candidatura de Bielsa y, al mismo tiempo, la conservación de Aníbal Ibarra como jefe de Gobierno al frente de la Capital Federal. Entonces, se impidió la caída de Ibarra por compromisos diversos y previos; ahora se piensa que esa determinación pudo haber sido equivocada. Más con la vista de los resultados en todo el país: como regla de oro, se impusieron casi todos los oficialismos, sin distinciones partidarias. Y en el distrito porteño, el oficialismo apenas superó 20%; un fracaso.
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En el ritual de Kirchner de esa madrugada hubo, a cambio, más de una sonrisa presidencial para Julio De Vido: a él le había encomendado, desde principios del año pasado, la seducción de los intendentes bonaerenses (con promesas, subsidios y obras, claro), tarea que ejerció en forma extenuante a través de múltiples asados (en el Ministerio se niegan a revelar la cantidad) en los cuales aprendió el anecdotario del peronismo, historias sentimentales de próceres partidarios y hasta habló de fútbol y caballos como si fuera un especialista (recordar que vivía en Santa Cruz, donde esas actividades son casi nulas). Esa substracción sistemática al duhaldismo la empezó De Vido en Florencio Varela con Julio Pereyra -uno de los más beneficiados con recursos nacionales, quien agradeció el domingo con 55% a favor de Cristina de Kirchner-, centro desde el cual se irradió la captación a las otras intendencias. No fue toda tarea del ministro, claro, hubo otros mensajeros menores con dedicación parcial (Dante Dovena, Carlos Kunkel) y el propio Kirchner, el mensajero mayor, quien se encargó personalmente de capturar y convencer peronistas y numerosos radicales.
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Quienes no pueden reponerse de la elección son, justamente, los radicales. Como se sabe, muchos se decían neutrales pero jugaron para el gobierno. En Buenos Aires, por ejemplo, más precisamente en San Isidro, Gustavo Posse se presentó a defender sólo sus concejales y se abstuvo para el Senado, logrando la extraña mímesis de que la senadora Kirchner obtuviera casi los mismos guarismos que él (más de 30%), mientras la UCR en la carrera para el Senado se limitaba a un triste 5 por ciento que maldecía Luis Brandoni.
Claro, Posse remodela San Isidro con dinero nacional. Hubo otros radicales que defendían su propio pellejo y, por lo tanto, no pudieron forjar esos entendimientos. Y les fue mal, tropezaron como en Chubut -donde juraban tener a los candidatos más prestigiosos-, Catamarca, Jujuy y sobre todo Córdoba, donde los sobrepasó como se sospechaba José Manuel de la Sota y hasta el intendente Luis Juez.
Están en terapia intensiva o, como Eduardo Duhalde, eligiendo «nicho» o «tierra».


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