Faltan colectivos en las inmediaciones de la estación Liniers. El habitual rugido de los motores y sus siluetas multicolores brillan por su ausencia. "Hoy no pasan, maestro", le advierte un hombre a un desprevenido que espera en la parada del 106. Hoy es 7 de agosto, San Cayetano. En el barrio pasan cosas, pero son otras, distintas a las habituales.
Desde la noche anterior la fila fue ganando volumen. Hombres, mujeres y niños portando las tradicionales espigas de trigo, símbolo del pan y el trabajo que se le encomiendan al santo patrono y que cada año se resignifican según la coyuntura. El templo de la calle Cuzco 150 es el punto donde, al menos por un día, se condensan las deudas y los triunfos de un país sinuoso.
Esta vez, la consiga es "San Cayetano, aquí tienes a tu pueblo", una renovación de votos entre los peregrinos y el santo muerto en 1547 en Nápoles, actual Italia. Nunca es una fecha más, pero ahora es especial: la futura visita del papa León XIV, que será entre el 8 y el 11 de noviembre, renovó el entusiasmo tanto entre la cúpula eclesiástica como entre los peregrinos, que esperan a Robert Prevost para darle aquel abrazo que le deben a Francisco.
El 7 de agosto, todos miran a Liniers. La política también. Temprano, a la mañana, Axel Kicillof desembarcó en el santuario, tal vez una parada más en la bitácora rumbo a una candidatura presidencial. Movimientos sociales y gremios se suman a la efeméride con su propio pliego de reclamos. "Paz, Pan y Trabajo", agitan, evocando aquel 30 de marzo de 1982 en el que la CGT de Saúl Ubaldini fue a la Plaza de Mayo contra la dictadura.
Paz, Pan y Trabajo: los tres pedidos para San Cayetano en su día.
Por fuera de las estructuras, la gente se mueve en el llano. Antes de las 11 de la mañana, los peregrinos se dividen en dos filas que se extienden desde la calle Byron, casi hasta llegar a la autopista Perito Moreno, avanzando hacia la iglesia, donde Cayetano espera. En el camino abundan los vendedores. Las espigas cuestan entre $1.000 y $2.000 y vienen acompañadas por imágenes religiosas diversas.
Hay del Arcángel Gabriel, de la Virgen María, -principalmente en su versión lujanera- de San Jorge, San José y por supuesto del homenajeado. También se venden chipá, tortillas y hasta empanadas, a $2.000 cada una. Unos chicos con uniforme escolar, probablemente del secundario, reparten mate cocido y pan. "Es gratis", repiten, mientras hacen el trayecto sirviendo con una jarra de plástico. Son del Colegio San Cristóbal.
En el trayecto, sacerdotes enfundados en uniformes blancos comparten bendiciones y saludan a los fieles. En algunas esquinas se montan confesionarios móviles; dos sillas de plástico enfrentadas entre sí. En una se sienta el cura y en la otra, el penitente. De lejos, se los ve intercambiar gestos, como en una coreografía mal ensayada.
Pedir y agradecer
Pedir y agradecer. Esas son las acciones que rodean a San Cayetano. Si es para pedir, la mano viene brava; en cambio, si se dan las gracias, algo se cumplió. Algunos piden. "Con esta situación, uno viene a pedir. Está muy difícil, ahora se siente mucho. Hace un año que estoy desocupado y tengo 50 años, ¿quién le da trabajo a alguien de 50 años? Ya sos una persona vieja", dice Antonio, que viajó desde Laferrere. Le faltan dos cuadras. "Todos los 7 de agosto, acá", saca pecho.
Alicia, en cambio, llegó del sur; de Banfield, más precisamente. Viene en una comitiva, con la Iglesia de su barrio. Agradece: "Todo lo que tuve, lo tuve pidiéndole a San Cayetano". Es jubilada pero que sigue trabajando "porque no alcanza", aunque aclara que le gusta trabajar. Ruega, además, por empleo para su hijo y se entusiasma con la visita de León XIV a la Argentina. "¡Me encanta!", dice cambiando el semblante. Como parte de sus tareas pastorales, Alicia visita a personas enfermas, un trabajo mancomunado entre la parroquia barrial y la curia de Lomas de Zamora.
Mirtha, a su lado, pide y agradece. Por su familia y para que "todo esté muy bien". "No hay que aflojar, no hay que bajar los brazos. Desde que tuve a mi hija, la mayor, siempre le pedí a San Cayetano. Y siempre me cumplió", explica.
La fila sobre la calle Byron para ingresar a San Cayetano.
De fondo, Jorge García Cuerva recorre la fila como un general que pasa revista. Lleva su traje de ceremonia, con su sombrero alto y su sotana impoluta. Camina rodeado de sacerdotes y socorristas. Lo saludan y se sacan fotos. Un hombre le dice que su mujer lo estaba esperando y justo se fue a comprar empanadas. Antes, en la misa, el arzobispo de Buenos Aires se había despachado con una dura homilía, que incluyó pedidos a la clase dirigente, el reclamo por justicia social y una agria pintura de un presente complejo.
"San Cayetano, aquí está tu pueblo, un pueblo cansado de promesas incumplidas y de dirigentes que hablan de los pobres, pero no están cerca de ellos y se dan la buena vida", dijo, además de referirse a las tarifas del transporte y los servicios y de mencionar a los "sueldos que no alcanzan". No es la primera vez. Suele encadenar palabras difíciles de deglutir en los despachos oficiales.
Para el mediodía, el humo de las parrillas empieza a ganar la calle Byron. Hay chorizos y bondiolas, que se reparten sobre el fuego al son de canciones religiosas y de algún chamamé que evoca a Corrientes como la tierra prometida. La fila ya llega hasta la autopista Perito Moreno, pero nunca deja de avanzar. Un joven cura de la Diócesis de Quilmes acomoda dos sillas en una esquina y abre el confesionario. "Recién llego", admite, haciéndose visera con la mano. Por suerte hay sol.
Liniers, la frontera oeste de la ciudad, es un barrio de tráfico. Centenares de colectivos van y vienen de un lado y del otro de la General Paz. Su estación es la última frontera antes de que el Sarmiento se interne en la provincia de Buenos Aires. La influencia de la numerosa colectividad boliviana, con los colores típicos y tradiciones como estandartes, se funde con las miles de personas que caminan la Avenida Rivadavia. Nadie lo pintó como Ricardo Iorio en "En las calles de Liniers", tal vez el retrato más acabado de ese rincón occidental porteño.
San Cayetano está enclavado ahí, en el corazón de un margen caótico, donde la suerte no siempre es la mejor. Las miles de personas que se agolpan en los alrededores dan muestra de su fe. Pasan horas de pie a la intemperie para desfilar delante de la figura del santo por apenas unos segundos. Cada 7 de agosto, el país se hace chico por un rato y cabe en la calle Cuzco 150, con sus pesares, sus triunfos, sus penas y sus alegrías a cuestas. Y siempre con esperanza. Por lo menos por ahora.