Ya lo sabe Jorge Busti, por ejemplo, quien por haber dividido la bancada perdió el control de la segunda jerarquía en la Secretaría de Infraestructura.
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El Senado se ha convertido una vez más en la gran caldera de la política argentina en el momento más crítico para la historia de esa profesión. Varios legisladores, que no forman el mismo bloque, pero sí coordinarán su acción en el futuro, han tomado las cacerolas en contra de la mayoría del PJ y la UCR. Iniciaron una larga marcha hacia la disidencia, sin que se sepa todavía si terminarán integrando otras formaciones que competirán en los comicios con esos partidos tradicionales. En el tira y afloja hay conductas de todo tipo, desde estrategias de largo plazo hasta microaprietes por un cargo.
En el peronismo oficial -que hoy es, antes que nada, la sede del gobierno-, igual que en la UCR, han activado ya sus inquisiciones, de tal manera que se sancione a los herejes. Se disponen desde desplazamientos en posiciones burocráticas hasta expulsiones.
• Dramatismo
El caso que presenta mayor dramatismo es el de la UCR: una corriente de ese partido en la Capital Federal ha comenzado a maquinar en la posibilidad de la expulsión de Rodolfo Terragno, uno de los cuatro disidentes del bloque que comanda Carlos Maestro -en realidad, vicario del verdadero conductor de la bancada, Raúl Alfonsín-. La secesión de Terragno es la que más inquieta a los radicales. La salida de Gerardo Morales, aunque arrastre a Mónica Arancio, se la ve como la respuesta tardía al veto que interpuso Alfonsín cuando el jujeño quiso presidir la bancada con el apoyo de Fernando de la Rúa y el grupo «Sushi» (en rigor, don Raúl siempre jugó mal en la interna jujeña de su partido y ahora paga las consecuencias). El conflicto con Juan Carlos Passo se explica por la lógica pampeana: el senador necesita presentarse como el máximo contradictor de Rubén Marín, para evitar que sus competidores radicales -en especial, el alfonsinista Antonio «Pacheco» Berhongaray-lo acusen de colaboracionista.
En cambio, lo de Terragno es visto de otra manera por los radicales oficialistas y, sobre todo, por Alfonsín. Creen que el ex jefe de Gabinete de De la Rúa está apuntando a cubrir el gran déficit que presenta el ARI de Lilita Carrió en la Capital Federal: la ausencia de un candidato nítido a la jefatura del Gobierno porteño. Es posible que esta lectura no sea la más ajustada para los movimientos de Terragno, pero sectores ligados al ex presidente como dirigentes afines a Jesús Rodríguez han comenzado a prever el portazo: «Lo mejor sería anticiparnos y expulsarlo; lo hicimos senador por seis años para que ahora coquetee con la ruptura, aprovechando que la dirigencia tradicional da mal en las encuestas», razonó un dirigente con despacho en la sede de la calle Tucumán ante este diario.
En el peronismo, las sanciones son menos simbólicas. Ya lo sabe Jorge Busti, por ejemplo, quien por haber dividido la bancada perdió el control de la segunda jerarquía en la Secretaría de Infraestructura. Al parecer, lo llamaron varias veces desde la Casa Rosada para restablecer relaciones pero, como «el Chino» tardó en contestar, se resolvió hacer una purga en Salto Grande para excluir de allí a sus seguidores (aunque Carlos Ruckauf no quiere cumplir con esta política: «Antes de sacar a un compañero yo me voy del cargo», dijo el canciller). El subsecretario de Puertos y Vías Nave-gables, Omar Fisbach, fue pasado por las armas ayer, según le comunicó Alfredo Atanasof.
Otra víctima de la ira del Santo Oficio del PJ es Marcelo Guinle. Como también demostró ínfulas de revoltoso, le contestaron con ideología: hasta ahora, dominaba la Subsecretaría de Pesca a través de uno de sus seguidores chubutenses, pero esa situación se corrigió enseguida con la expulsión de Daniel García. Aunque en el caso de Guinle lo peor no es lo que le quitaron a él, sino lo que le dieron a su adversario: Osvaldo Sala, ex senador por Chubut, fue incorporado al gobierno en calidad de director del Enargas. Falta contemplar el movimiento interno de Mario Das Neves (actual director de la Aduana ligado a Luis Barrionuevo) para presumir la asfixia a la que puede quedar sometido el ex intendente de Comodoro Rivadavia Guinle.
Con Cristina Kirchner, el movimiento es otro: nadie se animó a sacarla ahora de la presidencia de Asuntos Constitucionales, donde la senadora tiene dificultades para realizar las reuniones de rutina. Nadie quiere darle la excusa a ella, pero sobre todo a su esposo, para que salte el cerco y se abra del PJ.
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