Seguridad o libertad: nuevo debate
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«Está claro que el equilibrio entre la seguridad y la libertad debe ser reevaluado a fin de reflejar las nuevas realidades», escribió en su última edición el prestigioso «New York Times», aumentando la alarma.
El debate no es vano, ya que en la memoria colectiva de los estadounidenses, está presente que durante la Segunda Guerra Mundial sus compatriotas de ascendencia japonesa fueron enviados a campos de concentración en California. También se recuerda que tras la victoria contra el Eje, y el inicio de la Guerra Fría contra el totalitarismo estalinista, estalló en Estados Unidos el macartismo, con su secuela de delaciones, detenciones arbitrarias, listas negras y hasta pseudojuicios a veces con aire circense.
Ahora, luego de la conmoción por los atentados del martes, surgen temores de un regreso a excesos, ora sobre la base de cambios de leyes en aras de una declamada seguridad, ora por racismo y chauvinismo contra los extranjeros.
En Nueva York, ya se han denunciado agresiones contra estadounidenses de origen árabe. En el estado de Indiana (centro-norte), algunos comercios de árabes fueron atacados y responsables de la comunidad árabe en Chicago recibieron amenazas de muerte.
«Es una situación peligrosa», dijo esta semana el representante demócrata por California, Robert Matsui, de origen japonés, y quien vivió de pequeño en carne propia los excesos cometidos por Estados Unidos contra su grupo étnico luego del ataque nipón sobre Pearl Harbor. «Estos atentados horribles no pueden y no deben servir de pretexto para una campaña de violencia y odio contra un grupo cualquiera de personas», advirtió el director de la filial estadounidense de Amnistía Internacional, William Schultz.
• Presiones
Incluso el presidente George W. Bush hizo, desde las primeras horas de la crisis desatada por las masacres terroristas, un llamado a la población para que no se dejara arrastrar hacia actos de odio o de violencia étnica. Pero sobre el terreno, y presionadas las agencias de investigación por encontrar a los culpables de miles y miles de muertes, las cosas parecen tomar otro rumbo.
Decenas de personas que, por una razón u otra, se volvieron sospechosas a los ojos de algún investigador, fueron detenidas e interrogadas, para luego ser finalmente liberadas por falta de pruebas. Otras dos docenas, reconoció la portavoz del Departamento de Justicia, siguen detenidas y bajo interrogatorio. Y la vocera admitió que no sabía si se les había dado oportunidad de hablar con un abogado, algo intrínseco en el sistema estadounidense.
Casas allanadas, análisis de gastos con tarjetas de crédito, revisiones de correos electrónicos, vigilancia de conversaciones telefónicas. Nada se dejó al azar, según los trascendidos de fuentes vinculadas a las investigaciones. «Que haya restricciones..., de acuerdo. Pero hay límites que no pueden ser quebrados», advierte Levine.



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