Silla
Rafael Bielsa encontró tema para sus vacaciones: se instalará todo enero en Nueva York para encabezar la delegación argentina ante la ONU, organismo donde el país tiene una silla temporaria en el Consejo de Seguridad. El propósito es buscar votos para enfrentar el proyecto de Brasil de apropiarse -en una futura reforma de la ONU- de una silla permanente en representación de Sudamérica en ese Consejo de Seguridad. Lleva de segundo a un experto en relaciones de ese tipo, el ex vicecanciller de Guido Di Tella, Fernando Petrella.
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Bielsa y Kasuri se repartieron, papel y lápiz en mano, los países a los que habría que «operar» para «cortarle las piernas» a Brasil.
Apasionado con la tarea, el canciller se instalará en Nueva York con un experto para la faena. Su principal adscripto será Fernando Petrella. Este embajador representa a la corriente antibrasileña del Palacio San Martín, que es mayoritaria. Como Bielsa, también Guido Di Tella descubrió las virtudes profesionales de Petrella, a quien designó vicecanciller y envió más tarde como representante en Naciones Unidas. Allí este profesional terminó de aprender las artes que pondrá ahora al servicio del ministro de Kirchner. Sería bastante obvio señalar que la Cancillería actual termina encargando sus principales operaciones a funcionarios de Carlos Menem (ya lo hizo con Martín Redrado en Comercio Exterior). En realidad, Bielsa terminó por dejarse seducir por los personajes, el ritual y hasta el lenguaje de «la Casa». La incorporación de Petrella a su viaje es una evidencia de esta propensión ante la que ya se había rendido Eduardo «Bolita» Valdés, su jefe de Gabinete (se rindió ante los conocimientos de Petrella más temprano que el canciller y designó al diplomático su principal asesor).
• Equilibrio
Como muchos de sus colegas, Petrella defiende la teoría según la cual la Argentina, por tamaño, intereses comerciales y tradición, debe mantenerse equidistante de Europa, Estados Unidos y Brasil. «Cada vez que el país traicionó ese equilibrio pagó costos exagerados», suele predicar este embajador y presidente del Club Francés. Ahora le tocará poner en práctica esa posición de manera operativa, juntando «porotos» en los pasillos de la ONU para frustrar el sueño de Celso Amorim. El ministro de Relaciones Exteriores de Lula también fue representante en las Naciones Unidas, donde acunó esta idea de incorporar a su país al Consejo de Seguridad, ahora convertido en el principal-vector de su política exterior.
El canciller Amorim cree que el asiento permanente en ese cuerpo es una reivindicación histórica para su país, no por una pretendida hegemonía sudamericana (que no niega), sino porque Brasil estuvo entre los vencedores de la Segunda Guerra. El criterio tiene un leve aire antifrancés. En efecto, Francia ocupa un lugar en el Consejo a pesar de no haber formado parte de ese club de triunfadores, dicho esto en honor de la increíble habilidad de Charles De Gaulle. En Itamaraty no todos están convencidos de que el objetivo de Amorim merezca demasiados esfuerzos. «Sólo se justifica estar en el consejo de manera permanente si se es un país con intereses globales, dispuesto a poner plata o tropas en conflictos de naturaleza global», se escucha entre los diplomáticos disidentes con el actual esquema gobernante en Brasilia. Son los que dicen « mejor sería que presidiéramos la OMC o el Banco Mundial». Desde el oficialismo responden: «Uno de los valores que tiene el asiento permanente es que permite el acceso a la conducción de muchos otros organismos de inferior jerarquía, que reproducen en su comando el del Consejo de Seguridad».
• Acto fallido
Bielsa parece más enterado que Amorim de esta expansión que vendría aparejada con la captura de esa posición. Además de haberse convencido de que la incorporación de Brasil al «gobierno del mundo» rompe un equilibrio latinoamericano más apreciado en Washington o en Berlín o Madrid que en Buenos Aires. Es así que el canciller piensa ofrecer sus gestiones neoyorquinas en contra de Brasil en la mesa de Colin Powell, a la que estará sentado la semana que viene. Un movimiento que acaso haga aparecer a la selección de Petrella como el acto fallido que expresa una continuidad más profunda de lo que se supone con las «relaciones carnales» de Di Tella (por no mencionar otras supervivencias que amenizan la cotidianeidad del canciller). A propósito de las mutaciones americanas de Bielsa, ayer se bromeaba con que, del mismo modo que a los brasileños les cita (mal) a Borges y su «al fin me encuentro con mi destino sudamericano», a Powell le va a cantar «Cuando los santos vienen marchando».
Que se sirva de Petrella para ese proselitismo negativo también significa algún enredo menor pero sabroso: otra vez se trata de un gesto peyorativo para con César Mayoral, el representante argentino ante la ONU. En efecto, Mayoral ya carga con la capitis diminutio de ser representante en ese organismo sin tener rango de embajador. «El premio está en el destino, no en el rango», suele predicar Bielsa, como si sus delegados en Washington, París, Roma, Londres, Madrid o Nueva York estuvieran de vacaciones (al pensar así, el ministro luce casi como un experto en política exterior). Ahora, llevando a Petrella como lazarillo, revela de nuevo las dificultades de Mayoral para ponerse a la altura de su operación política más agresiva: no sólo por el énfasis con que la abraza sino por la naturaleza de la víctima, el principal aliado de la Argentina.



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