29 de septiembre 2004 - 00:00

Transversalidad K: pasa el último tren

No se podrá decir que se rinden tan fácilmente. Aunque sea por pasión antiperonista, muy propia de los sectores de la izquierda más genuina de la Argentina, oficialistas de distinta procedencia y geografía volverán a ensayar la creación de una fuerza que le dé a Néstor Kirchner una escapatoria, aunque más no sea fantasiosa, ante el abrazo casi inevitable del PJ. Eduardo Sigal, el secretario de Relaciones Económicas-Latinoamericanas de la Cancillería, se reunió ayer con el intendente de Córdoba, Luis Juez, para organizar un Encuentro Progresista hacia fines de octubre. Un mes que los emociona y no por el 17: todos pasaron por el PC en alguna reencarnación. ¿Dónde se realizará? Eso tal vez lo decidan el intendente rosarino, Eduardo Lifschitz, y su colega porteño, Aníbal Ibarra, quienes se reunirán en las próximas horas. Rosario o Buenos Aires son las opciones.

La primera lección que se desprende de este nuevo impulso a la soñada «transversalidad» oficialista es que la experiencia anterior se declara fracasada.Ya lo preveía Vilma Ibarra en sus diálogos con kirchneristas ortodoxos: «¿Qué 'transversalidad' van a armar si son incapaces de coordinar nada desde el poder? Ni atienden los teléfonos», insistió una y otra vez, siempre eufemística, la senadora por Capital. Ahora, esta neotransversalidad -curiosa segunda etapa de una primera que no existió- se hace por autoconvocatoria, como corresponde a una fuerza de izquierda.

Sin embargo, contra lo que manda la tradición, los fieles a la Rosada que promueven el encuentro aseguran: «No queremos algo testimonial; queremos que haya una fuerza de gestión que apoye a Kirchner».

Prometen que habrá, además de los tres intendentes mencionados, un grupo de legisladores, también tribunos provinciales y hasta algunos gobernadores como Carlos Rovira (Misiones) y Mario Das Neves (Chubut). En la arqueología que se realiza en estas horas se detectaron incluso algunos gobernantes del Frente Grande, que están apostados en sus comunas como aquel japonés que vigilaba una isla desierta sin saber que terminó la guerra. Son los alcaldes de Cipolletti (Río Negro), Moldes (Córdoba) o Zapala (Neuquén).

¿Cómo debe mirarse este nuevo lanzamiento? ¿Es la expresión de una vitalidad del actual oficialismo que casi todo el mundo da por agotada? ¿O es el último tironeo de dirigentes antiperonistas que se resisten, «cinco minutos antes de la muerte», a hundirse en el magma del PJ? Dilemas que sobrevienen a toda transversalidad. ¿O Carlos Menem no tuvo también las dos versiones? La de Adelina de Viola, que se plegó al PJ hasta firmar la ficha de afiliación, y la de María Julia Alsogaray, que machacó con la UCeDé aun después de la desaparición del partido.Y a pesar de los interrogantes metafísicos del sindicalista Diego Ibáñez, quien se preguntaba con mirada premonitoria: «¿Hasta cuándo se van a quedar con nosotros los Alsogaray? ¿No saben que el peronismo es una hoguera?». Con perdón de la recomendación, deberían anotarla los que hoy realizan la experiencia, desde la izquierda, de estas dos mujeres.

Kirchner no se da por aludido. Todavía. Quien lo vio paseando por NuevaYork habrá advertido a un dirigente más ortodoxo que «Manolo» Quindimil o Carlos Juárez. ¿Quiénes lo rodeaban por la 5ª Avenida? Como si la «transversalidad» sólo fuera una experiencia de cabotaje, el gobierno exhibe en sus viajes internacionales a José María Díaz Bancalari, Jorge Yoma, Miguel Pichetto. Peronistas de Perón, por definirlos al modo clásico. «Pejotistas», si se quiere utilizar la nomenclatura del Presidente. ¿La diversión del grupo? Recitar de corrido, sin repetir y sin soplar, las 20 verdades peronistas, frente a la mirada de asombro de Mario Losada y Horacio Pernasetti, lo más parecido que había allí a dos transversales. Se necesitarían 40 «encuentros progresistas» como los de Sigal e Ibarrapara disimular que quien preside esas fotografías es un hombre del PJ, sin más matices que los que exige el marketing que se aplica a la clase media.

Los comentarios que le escucharon a Kirchner estos compañeros de viaje fueron inesperados. No sólo la pretensión, confesada abiertamente, de presidir el partido. También la satisfacción por la alianza sellada con la CGT tradicional. Habría que sospechar que el 15 de octubre, cuando los gremialistas se convoquen en el Luna Park para conmemorar el Día de la Lealtad (en rigor, es el 17, aunque la divergencia queda disculpada en gente tan leal), el santacruceño subirá al palco a decir su discurso. Por ahora, el protocolo sindical sólo contempla a Daniel Scioli como festejante, igual que en el Congreso Eucarístico. ¿Mandar a Scioli será el tratamiento protocolar que el gobierno ofrece a las «corporaciones»?

Por ahora, el Presidente no debería verse compelido a resolver ninguna encrucijada. El formato electoral que adquieran estas constelaciones debe resolverse después del verano. Entonces sí habrá que disponer los distintos componentes del mosaico de una manera precisa. ¿Tolerará José Manuel de la Sota que desde la Casa Rosada se bendiga a sus competidores? ¿Qué harán Carlos Reutemann y Jorge Obeid en Santa Fe? En la Capital Federal no parece haber conflicto: Ibarra ya acepta armar una coalición detrás de Rafael Bielsa, aun cuando el canciller sólo haya hablado con su jefe de política exterior durante el último viaje. Pero hay una incógnita mayor: ¿Eduardo Duhalde aceptará que el oficialismo presente dos listas y que ambas sean encabezadas por Cristina de Kirchner?

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