18 de agosto 2004 - 00:00

Vuelven chavistas K, ¿con el virus del plebiscito?

Carlos Menem
Carlos Menem
Regresan en estos días desde Venezuela los amigos de Néstor Kirchner, insuflados del triunfalismo de Hugo Chávez. Acaso ingresen en la Casa Rosada el virus del «plebiscitismo», contagiando al gobierno local con el impulso de medirse en las urnas a partir de alguna pregunta crucial, ganadora. ¿Hará falta inspirarse en esos viajeros? ¿La idea de una consulta popular no formará ya parte de las ensoñaciones del gobierno, desde que conoció el resultado de la que se realizó junto al Caribe? Razones no le faltan.

En principio, el modo de argumentación político del gobierno conduce siempre a una especie de referéndum imaginario. Al Presidente y a su equipo les encanta presentarse como los verdugos de un antiguo régimen identificado con una época, los '90, y con un grupo, la dirigencia tradicional del país constituida por la clase política, la CGT ortodoxa, los obispos, el empresariado, la banca y toda otra institución que pueda ser calificada de «corporación». Kirchner echó mano desde el primer día al mecanismo por el cual se apela a la opinión pública para, haciendo palanca sobre esa masa indeterminada, presionar a la burocracia institucional y conseguir reformas. El mismo se encargó de aparecer ante las pantallas de TV cuando quiso remover jueces de la Corte y alentó a los piqueteros más cercanos a su gabinete en más de una oportunidad para que insinuaran que saldrían a la plaza a defender al Presidente si alguna fuerza lo afectaba. Nada nuevo bajo el sol: el general De Gaulle apeló al plebiscito en setiembre de 1958 para convalidar la Constitución que le había rechazado la Asamblea. Y Carlos Menem consiguió arrancarle el Pacto de Olivos al radicalismo (y, por lo tanto, al Congreso) luego de aterrar a ese partido con una consulta que estaba condenado a perder.

• Maquiavelo

Este comportamiento recuerda aquella afirmación de Maquiavelo cuando, en una carta dirigida al Consejo de Florencia, aconseja al gobernante que deba conquistar un territorio desconocido: «Conviene que castigue a los antiguos mandantes de esas tierras y al mismo tiempo halague a la plebe». Kirchner, llegado al poder desde la Patagonia lejana, parece a menudo comportarse frente a la Argentina como ese conquistador imaginario de Maquiavelo, sacando partido del desprestigio de la clase política y seduciendo demagógicamente a la opinión pública. Hablar mal de los políticos es fácil. ¿Qué mejor que un plebiscito para consagrar esa operación de manera institucional? Si hasta la etimología de esa palabra remite al enfrentamiento entre «plebe» y «patriciado» de la Roma antigua.

La fantasía de una consulta cualquiera que lo consagre ganador puede estar alimentada en la administración actual por otro factor: la falta de votos en el origen de su gestión. Técnicamente, se trata de un gobierno sin mandato. Es cierto que las encuestas no le han resultado agresivas y que, sobre todo en las ciudades grandes del interior del país, Kirchner cuenta todavía con más popularidad que el resto, aportes del Tesoro nacional mediante. Pero a la hora de cuantificar políticamente esas adhesiones, el santacruceño apenas tiene lo que sacó en la primera vuelta presidencial del año pasado, que perdió frente a Carlos Menem. Proveniente de una provincia despoblada como Santa Cruz, esa carencia se vuelve más severa. Se podría pensar, y lo pensaron en la Casa Rosada, que las elecciones legislativas del año próximo compensen esa falla originaria: el triunfo propio en un distrito importante cerraría aquella herida. Pero ya se descartó que esa victoria pueda obtenerse en la provincia de Buenos Aires, desafiando a Eduardo Duhalde. Y los comicios en la Capital Federal son demasiado riesgosos. Además, aunque el gobierno imponga allí a su candidato, siempre lo hará de manera fragmentaria como la mejor minoría, dado otros candidatos fuertes. Nada que permita decir que el gobierno se legitimó de manera nítida, masiva. Kirchner advirtió ya este problema y por eso busca ubicarse en la jefatura del PJ, desde donde podría quedar asociado aunque sea formalmente a triunfos ajenos, como los de muchos caudillos de ese partido que ganarán sus distritos.

Pero con esto tampoco alcanza para abrir un nuevo ciclo de liderazgo nacional, como el que inauguró Raúl Alfonsín en 1983 o Carlos Menem en 1988/'89, al imponerse sobre Antonio Cafiero y ganar la Presidencia de manera abrumadora. En cambio, un plebiscito que identificara el resultado ganador con la figura del Presidente acaso rompería este nudo gordiano del que están libres otros líderes de la región, como Lula da Silva, que es reconocido como jefe por media clase política de Brasil.

Hay un motivo más para que el elenco gobernante en la Argentina imagine una consulta: hoy -mientras no pague a acreedores, al menos- le sobra plata. Como se sostuvo en este diario en la cobertura del referéndum de Chávez, la oposición que debe enfrentar a un gobierno petrolero con el barril a u$s 47 es una oposición que pelea con una mano atada. Los populismos tienden a establecer relaciones líder/masa no mediadas por las instituciones (es la «democracia participativa» que defiende Hugo Chávez, en contra de la «representativa»), también se inclinan por establecer opciones dramáticas entre el antiguo régimen y la nueva aurora que representa el gobierno; pero si estas operaciones no cuentan con capacidad para distribuir los beneficios materiales de un momento de altos ingresos, la grandiosidad de los populismos luce patética.

Hoy, sin pago a bonistas, Nés
tor Kirchner disfruta de un superávit fiscal (5% del PBI) que algunos también le imputan al rebote de toda economía que toca piso. Esa plata casi convoca al plebiscito por sí sola: ¿qué mejor que convertirla en votos? podría pensar el gobierno y liquidar de una vez por todas cualquier puja por el liderazgo. Tal vez Duhalde deba agradecer a la fortuna el haber sellado su alianza con el Presidente antes de que Chávez se convalidara como jefe en Venezuela para quitarle a Kirchner la tentación de aplastarlo, plebiscito mediante.

Todas estas razones podrían impulsar hasta por inercia la convocatoria a una consulta popular. Pero se enfrentan enseguida con algunos inconvenientes que también deben estar rondando la cabeza de Kirchner. El primero de ellos es la dificultad para formular la pregunta adecuada (y ganadora). No es una ironía, claro. La Constitución veda al Ejecutivo el llamado a un plebiscito para interrogar sobre materias de carácter electoral, constitucional o penal. Ya «ab initio» el gobierno no podría servirse de ese mecanismo para despejar una incógnita sobre el tema que más inquieta hoy a la población, como es la inseguridad.

Tampoco cabe pensar que, a esta altura y con la orientación que le imprimió a su política económica, el Presidente quiera someter a consulta el problema del pago de la deuda. Desde ya que la negativa a cumplir con los compromisos sería abrumadora: si la parte más esclarecida del vecindario declaró el default en una Asamblea Legislativa con la alegría de quien gana un mundial de fútbol, ¿por qué pensar que la opinión pública no especializada
debería razonar de manera más prudente?

Quedan alternativas, como utilizar el plebiscito no para romper el cerco que tiende sobre el gobierno la vieja clase dirigente (en especial el establishment peronista desde el Congreso) sino la nueva: ¿podría llegar Kirchner a enfrentar mucho más a los piqueteros con el resto de la población para resolver el modo de atender el drama del desempleo en la Argentina? Sería una vuelta inesperada en el juego abierto por el propio gobierno en 2003. En definitiva, bien puede encontrarse Kirchner ante el cómico absurdo que plantea Woody Allen cuando dice: «Sé que la respuesta es sí, lo que no sé es cuál es la pregunta».

Hay otro inconveniente en la planificación de un plebiscito y es que, seguramente, unificaría a la oposición que hoy está dispersa. Aunque tampoco hay que confiar en que estos mecanismos garantizan que los que no quieren unirse por su propia voluntad terminen amalgamados por el solo hecho de tener un mismo enemigo, como demuestra el caso venezolano. No es éste, por lo tanto, el mayor desafío que debe vencer el Presidente en sus meditaciones. Sí hay otro más dañino: el momento, la oportunidad. De Gaulle había ganado, contra el resto de la política francesa, el plebiscito de 1958 por 62% de los votos. En 1969, después de las rebeliones estudiantiles, llamó a las urnas para justificar un modelo de regionalización. Consiguió solamente 47% de los votos. Decepcionado, dejó el poder y se recluyó hasta la muerte en el pueblo de Colombey-les-Deux-Eglises. En ese desenlace también hubo una lección sobre plebiscitos.

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