15 de octubre 2002 - 00:00

Brasil suma aliados en su lucha contra subsidios agrícolas

El ex representante argentino ante la ONU, abogado y banquero, Emilio Cárdenas, más allá de las conjeturas exageradas que se hacen sobre su viaje al exterior, remitió el viernes a Ambito Financiero una de las columnas que habitualmente publica en este medio. No se refiere, precisamente, al bluff de un presunto pedido de coima de senadores (un absurdo sobre un proyecto aprobado en total secreto por los sindicalistas Luis Barrionuevo y Juan Zanola al extremo de sancionarse maliciosamente sin que nadie se enterara, ni los legisladores, ni los bancos afectados, ni el periodismo, ni el público) sino a un tema en el que Cárdenas es recurrente: si se mantienen los proteccionismos norteamericanos, europeos y hasta de Japón a sus producciones agropecuarias internas, costosas e ineficientes, en detrimento de los países en desarrollo con alta producción primaria, como la Argentina, a éstos no se les deja chance de amortizar con ingresos genuinos por exportaciones sus abultados endeudamientos externos. Este sí es un tema clave del país.

Pocos ejemplos demuestran mejor cómo los subsidios agrícolas del mundo industrializado perjudican -gravemente- a los países en desarrollo que el caso del algodón. Brasil lo acaba de plantear formalmente ante la Organización Mundial del Comercio, contra los Estados Unidos, liderando una acción de reparación que no tiene demasiados precedentes. Pero que, abriendo camino, puede generar pronto casos en paralelo, relativos a otros productos del agro.

El argumento central es relativamente simple. Los Estados Unidos, con su política de subsidios a favor de sus propios productores de algodón, han deprimido permanentemente los precios de ese producto en el mercado internacional. Desde que así han permitido que haya siempre sobreproducción, al favorecer a sus productores nacionales que son menos eficientes que sus competidores de otros países y que, por ello, no hubieran podido sobrevivir naturalmente en el mercado, sin el beneficio de esos subsidios.

Los subsidios norteamericanos a los productores de algodón, en definitiva, generan exportaciones estadounidenses de ese producto que de otra manera no hubieran existido. Las que, al generar sobreoferta, terminan deprimiendo -indefectiblemente- los precios internacionales del producto. En perjuicio, claro está, de los productores más eficientes. Los del mundo en desarrollo.

• Costos

Cifras recientemente publicadas por Oxfam (que aparece dedicada, de lleno, a tratar de corregir lo que viene ocurriendo en el comercio internacional de productos agropecuarios, en perjuicio de los países más pobres) sugieren que los costos de producción norteamericanos equivalen nada menos que al doble del precio internacional del algodón.

No obstante, los productores norteamericanos tienen un tercio de las exportaciones totales de algodón. La razón es simple: sus productores, que generaron una cosecha de algodón que vale unos 3 billones de dólares, recibieron -por ella- subsidios claramente desproporcionados, del orden de unos 4 billones de dólares. Con ellos destrozaron, una vez más, el mercado, deprimiendo los precios. La diversa gama de subsidios que reciben los 25.000 productores norteamericanos de algodón excede, según sostiene Brasil, los límites permitidos por la Organización Mundial del Comercio, en casi 100%.

• Imitadores


El reclamo brasileño ha encontrado, de pronto, imitadores en Africa. Para países como Benin, Burkina Faso o Mali, el algodón es vital. De allí que ellos se preparen activamente a seguir al Brasil en su reclamo. Siempre a estar a lo dicho por la ONG Oxfam, los subsidios estadounidenses al algodón superan (ad valorem) la asistencia total norteamericana al continente negro. Difícil de justificar.

La Unión Europea, que también subsidia activamente a sus productores de algodón, está ya en la mira. Y puede ser objeto, pronto, de acciones similares.

La sensación es que, de pronto, el mundo en desarrollo está diciendo basta y buscando, dentro de los mecanismos disponibles, las alternativas que empujen al mundo desarrollado a terminar, de una buena vez, con sus prácticas de subsidiar fuertemente a sus productores agrícolas en perjuicio de quienes no pueden darse ese lujo. Mientras, en todo lo demás, predica y exige libertad comercial. Esas prácticas deben desterrarse. El daño acumulado, como venimos sosteniendo desde estas columnas, hace ya rato, ha sido enorme.

Es hora de seguir el liderazgo del Brasil. Que coincide con lo que, en palabras, es la posición oficial norteamericana en la «Rueda del Desarrollo» en curso en la Organización Mundial del Comercio (también llamada de Doha). Pero ciertamente no con las realidades.

(*) Embajador, ex representante permanente de la República Argentina ante la ONU.

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