11 de abril 2003 - 00:00

Los tiburones y las sardinas

Es un hecho de la naturaleza que tiene su origen en la necesidad de supervivencia de las especies. Se da tanto en el mar como en la tierra. El pez grande se come al chico y el león se devora al venado. En la especie humana también se dan relaciones de enemistad, lucha y exterminio.

El gen egoísta y la atávica tendencia a la destructividad están presentes en todas las etapas de la historia del hombre. Se las denomina guerras. Son los momentos en que culmina la salvaje montería del instinto de muerte y destrucción. Con los avances científicos y tecnológicos aumentó su capacidad letal, desde la piedra y el garrote de la etapa paleolítica al misil y la bomba atómica más todo el arsenal que la ciencia y tecnología proveen con el dominio de las fuerzas nucleares y electromagnéticas. Los instrumentos de muerte se han perfeccionado en grado tal que los contendientes tienen la posibilidad cierta de asesinar al género humano a escala planetaria. Los esfuerzos por suprimir las guerras, atenuar sus efectos, castigar a los culpables de haberlas desencadenado, los tratados internacionales, las grandes asambleas instituidas para garantizar la paz como la Sociedad de las Naciones y las Naciones Unidas, no pudieron evitarlas.

• Revolución

No obstante, algunos hechos han ocurrido en la aldea global, producto de la revolución de las comunicaciones y la información. La pantalla de la televisión, dueña de los sentimientos de la gente a escala mundial, transformó a cada hogar en un teatro de las operaciones que se llevaron a cabo en Irak, mostrando en vivo y en directo lo apocalíptico de la guerra, convirtiendo a hombres y mujeres, adolescentes y niños, en espectadores, más aún, en testigos casi en tiempo real del sufrimiento, la guerra y las muertes producidas por las acciones bélicas. A la vez, todas las pantallas mostraron las marchas multitudinarias en las capitales de la mayoría de las naciones, incluidas las beligerantes, clamando por la paz, repudiando la guerra, pidiendo a gritos que se ponga fin a la contienda.

De este modo, el rechazo a la guerra tuvo alcance mundial, rechazo que se extiende al terrorismo. La señal árabe Al Jazeera, al mostrar a los prisioneros, a los heridos y a los muertos, introdujo el síndrome de Vietnam y la cuota de espanto necesaria para debilitar el frente interno de la potencia imperial. Golpeó fuerte en el estremecido corazón de las madres del mundo. Este hecho imprevisto por los estrategas del alto mando militar puede preanunciar una acción altamente positiva de la ONU, obligando moralmente al concierto de las naciones a intervenir, asumir su responsabilidad y adoptar las medidas para lograr e impedir el exterminio de un país que aún conserva a las organizaciones tribales como base de su vida social y política.

• Fuerza

Puede que a los indiferentes les fatigue la rutina de los bombardeos, el dolor de los niños heridos hospitalizados, el rostro de los sobrevivientes que gritan su dolor frente a los familiares muertos, en fin, la poca cinematográfica acción de la verdadera realidad de las consecuencias de la guerra que muestran las pantallas de televisión. Pero lo que no se puede ignorar es la fuerza que tienen, el poder que concentran y los efectos que producen en todo el planeta las escenas de dolor y angustia de las madres y las familias de los soldados, el tremendo miedo indeterminado que la gente siente por el destino de sus hijos. ¿No es dantesco que todo el mundo sepa por Unicef que 500.000 niños iraquíes tendrán traumas psicológicos, que lloren, tengan miedo y no duerman por los continuos bombardeos? Y en la margen opuesta, ¿a nadie le importa que 25% de los combatientes, al sobrepasar los límites de resistencia psíquica, es decir, al cabo de tres semanas continuas de combate, presentan inestabilidad emocional, depresión, parálisis, actos de torpeza, balbuceos y pánico; que la exposición personal y directa en el infierno del combate les provoque ceguera, histeria y mudez, relacionados con el trauma psíquico y emocional? Se han abierto las puertas del infierno. El curso de los acontecimientos indica que fatalmente los contendientes, en plena montería del instinto, pueden llegar a usar las formas más primitivas pero letales de la carnicería humana.

(*) Profesor emérito de la UBA

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