Ayer por la tarde, en Salvador de Bahía, murió Jorge Amado, considerado el mayor novelista brasileño.
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Fue uno de los escritores más populares y destacados del continente, un renovador de las letras brasileñas y uno de los propulsores del denominado realismo mágico. Era abogado, aunque nunca utilizó su título. Le gustaba reconocerse como periodista, acaso porque a los 14 años había comenzado a escribir para diarios y revistas y, luego, a los 25 años se había convertido en un profesional de los medios, llegando a ser jefe de redacción y director de varios diarios. En uno de sus varios exilios por razones políticas vivió en la Argentina y fue uno de los periodistas de aquel diario «Crítica» que congregaba a escritores. Otros exilios lo llevaron a Uruguay, donde solía hacer tertulia con Juan Carlos Onetti, y a París, donde se reunía en el Café de la Paix a tomar ajenjo con sus amigos Picasso, Neruda y Jean-Paul Sartre. Jorge Amado fue, en tiempos que pocos lo lograban, un escritor que llegó a vivir de sus libros. Consiguió que sus obras fueran atractivas para diversos niveles de lectores. De allí que los críticos literarios consideren admirable o su mejor novela a «Tierras del Sin-Fin», que es casi desconocida por la mayoría de sus lectores. Algunos profesores de letras aún elogian lo que el escritor tituló «el ciclo del cacao», donde están sus «obras más comprometidas», o aquellas donde se mostraba como un militante, que llegó a diputado, por ejemplo, su biografía novelada del líder comunista brasileño Luiz Carlos Prestes que tituló «El caballero de la esperanza». En tanto, los lectores comunes se apasionan con libros que los académicos clasifican de «crónicas de costumbres». Fiestas narrativas donde Amado rejuvenece dando un vuelco a su literatura, despolitizándola, abriéndola a la vitalidad de sus personajes, llenando las historias de humor, inteligencia y erotismo. En esas novelas creó heroínas únicas dentro de la literatura iberoamericana, que fueron amadas por el mundo, como aquella Gabriela con sabor a clavo y canela, la pobre Teresa Batista tan cansada de guerras, la sensual Tieta que revolucionó el pueblo de Agreste enamorándose de su sobrino cura o la imborrable Doña Flor siempre alucinando entre sus dos maridos, sobre todo con ese otro, el resucitado. A estas novelas resulta imprescindible agregar su notable sátira «Farda Eardao Camisola de Dormir», porque si bien Amado había dejado cierta política, no se olvidó de enfrentar con sarcasmos al sufrimiento, las mentiras, los abusos y la imbatible estupidez.
• Imaginación
El gran escritor brasileño tenía una especial habilidad narrativa, una fértil imaginación que le permitía enredar y desenredar historias con soltura. Con esos atributos escribió unas 40 obras, que fueron publicadas en 53 países, en 48 idiomas y dialectos, entre ellos, el Braille, y que vendieron más de 30 millones de ejemplares. Muchos de esos libros fueron convertidos en películas, teleteatros, telenovelas y miniseries de TV, radioteatros, obras teatrales y hasta en historietas. Esto no sólo en Brasil, también en la Argentina, Portugal, Francia, Italia, España, Suecia, Alemania, Polonia, Checoslovaquia y Estados Unidos. Recibió innumerables premios, si los primeros estuvieron ligados a su ideología política, como el Lenin, que le entregaron en Moscú en 1951. Mario Vargas Llosa considera que «lo que salvó al Jorge Amado de entonces de la trampa en que cayeron muchos escritores latinoamericanos 'comprometidos', que se convirtieron, como quería Stalin, en 'ingenieros de almas', es decir, en meros propagandistas, fue que en sus novelas políticas un elemento intuitivo, instintivo y vital derrotaba siempre al ideológico y hacía saltar los esquemas racionales».
Poco a poco los méritos literarios de Amado fueron siendo reconocidos en todo Occidente, mucho antes de que Gabriel García Márquez dijera que era «un clásico al que leer hace sentirse contento de vivir», como lo demostraron el Premio de la Latinidad (París, 1971), el Premio Mundial Cino del Duca (1990), el Camoes (1995), etcétera. En Brasil le fueron otorgados una docena de los más importantes lauros y una decena de títulos académicos y honoríficos.
Había nacido en una estancia, en la Fazenda Auricída, el 10 de agosto de 1912. Sus padres eran el coronel Joao Amado de Faría y doña Eulália Leal Amado. Al año de edad lo llevan a Ilhéus, donde aprende sus primeras letras. Luego, al comenzar su adolescencia, es enviado a San Salvador de Bahía para realizar sus estudios secundarios. Allí se hace carne su gusto por la literatura. Funda con compañeros y amigos el grupo literario Academia de los Rebeldes, que se constituyó en una fuente de renovación de las letras de esa región. A los 19 años publica su primera novela «Lenita», en colaboración con sus amigos Dias de Costa y Edison Carneiro. Y a los 21 años ya se lanza con su primera obra totalmente propia, «Cacao», que marcará toda una etapa de su producción narrativa y se convertirá en un hito dentro de la literatura de su país.
Para poder realizar sus estudios de Derecho, deberá viajar a Rio de Janeiro, pero nunca ya dejará de ser un bahiense. Muchas de sus historias tendrán que ver con esa ciudad que amaba, que él llamaba simplemente Bahía, y que lo ama al punto de haberlo hecho centro de actividades culturales, turísticas y comerciales, y haber convertido -aún vivo- las casas por donde Amado había pasado o vivía en museos. «Vaya tierra original donde los escritores son tan famosos como los futbolistas», exclamó Vargas Llosa cuando supo que a Amado lo llamaban «el Pelé de las letras».
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