Tal vez recordará el lector la famosa película «Trampa 22» de 1970, dirigida por Mike Nichols y protagonizada nada menos que por Alan Arkin, Martin Balsam, John Voight y Orson Welles. El film sigue la novela de Joseph Heller y se desarrolla durante la Segunda Guerra Mundial, en el Escuadrón 256 de la fuerza aérea norteamericana, asentado en una isla cerca de Italia. En ella, Yossarian, un paranoico tripulante de bombardero, ve morir a un compañero sin poder auxiliarlo y comprende que su único objetivo ha de ser salir de la guerra con vida. Pero esto se enfrenta con la férrea voluntad del coronel Cathcart, a quien lo único que le interesa es ascender a general y, negando toda salida a Yossarian, lo enfrenta a una situación de imposible salida: solamente un loco podría ser dado de baja, pero si Yossarian teme la muerte y quiere salvarse, entonces no está loco; por lo tanto, no puede irse. Pero si no teme la muerte, entonces seguramente no querrá irse.
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La Argentina parece encontrarse en esa misma situación en cuanto a su programa económico se refiere: el FMI demanda un plan sustentable para considerar renovar sus préstamos a la Argentina y el gobierno argentino dice que sólo con ayuda su programa es sustentable. El actual plan presenta serios problemas, además de los ocasionados por la más increíble expropiación de la historia de este país y la licuación de los activos de los argentinos, más la digitada y enorme redistribución de ingresos ocasionada por las distintas tasas de cambio que se han impuesto a deudores y acreedores.
El plan cuenta con una política monetaria: un límite a la emisión, es decir, al crecimiento de la cantidad de dinero (concepto que también implementara Paul Volcker en la Reserva Federal para frenar la inflación de los años '70), pero esto no es creíble porque la historia de la autoridad monetaria no lo avala y se choca de plano con la política fiscal. El presupuesto para el presente año presentado ante el Congreso no tiene la más mínima posibilidad de cumplirse: asume que los ingresos fiscales crecerán este año (si bien un mero 0,1 por ciento, donde la inflación cubre una caída real) luego de que los mismos cayeran en enero 22% respecto del año anterior; pronostica una caída de la economía de 4,9% cuando el promedio de los analistas la considera más pronunciada y proyecta una inflación de 14,9% que cualquier visitante de un supermercado en estos días nota que ha sido ya superada.
Asimismo, no incluye el costo que asumirá el gobierno por la diferencia de pesificar deudas 1 a 1 y depósitos 1 a 1,4; y propone pagar $ (pesos) 5.674,5 millones en intereses de la deuda a organismos internacionales pero los computa a cambio de 1,4, cuando el mismo ha sido liberado y es claramente improbable que regrese a una cifra que nunca alcanzó en el mercado libre.
Dice el informe presentado al Congreso: «Las previsiones para el servicio de la deuda surgen de los criterios expuestos en el punto 3, 'El financiamiento y el servicio de la deuda', siendo el tipo de cambio de $ 1,40 por dólar estadounidense para la deuda externa». Por último, prevé la venta de «maquinarias, edificios» o acciones de empresas en poder del Estado que se puede imaginar quién querrá comprar en este contexto y mantiene subsidios y transferencias como si éste no fuera un país quebrado, tal como el presidente Duhalde se encargara de aclarar, igual que los fondos fiduciarios que proliferan por doquier. ¿Y los varios miles de millones de libramientos impagos que este mismo gobierno denunció al asumir?
En estas circunstancias, algunos miles de millones de dólares de ayuda externa no convierten a este plan en un plan sustentable y comprehensivo (que, por supuesto, no lo es ya que no incluye una reforma del Estado, del sistema impositivo y de la coparticipación federal, entre otras cosas), sino en lo que los potenciales prestadores están temiendo: fondos que como llegan van a desaparecer como lo han hecho tantos otros antes.
La paradoja de la «Trampa 22» se rompe por medio de una acción unilateral. En la novela, uno de los pilotos, Orr, planifica cuidadosamente una caída y con ello consigue escapar. Yossarian comprende y termina escapándose luego. Este ejemplo no pretende opinar sobre esas acciones, simplemente sobre la forma de salir de situaciones de este tipo. La Argentina tiene que hacerlo con un plan sustentable, aun sin ayuda externa. Es más, no depender de ella sería una de las características de un tal plan. La mejor ayuda que puede recibir es un aluvión de capitales privados que se inviertan en el país y promuevan su crecimiento y progreso. Pero crear las condiciones para eso requiere todo lo contrario a lo que se ha hecho en estos últimos años.
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