domingo 21.10.2018
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Entrevista a Horacio Salas, autor de El Centenario
lunes 5 de Abril de 2010

"En el primer Centenario se pensaba que la Argentina sería potencia mundial"




















































































































El próximo 25 de Mayo la Argentina celebrará e Bicentenario de la gesta de 1810. Una fecha que, por su exactitud, invita a hacer repasos y mirar hacia atrás. Desde el Estado, mientras tanto, se organizan los festejos para el gran acontecimiento. Sin embargo, el entusiasmo que se demuestra desde la esfera oficial no parece penetrar en el resto de la ciudadanía.

Cien años atrás ocurría algo muy distinto: en la víspera del primer Centenario, los ánimos de la Nación estaban exaltados y hasta en el pueblo más minúsculo se preparaban actividades conmemorativas. "Vivíamos en un país optimista y exagerado: la nuestra era una sociedad orgullosa y envanecida", afirma el escritor Horacio Salas, autor de El Centenario, la Argentina en su hora más gloriosa, que volvió editar Planeta junto a dos libros de su extensa obra: El tango y Borges, una biografía.

En diálogo con Ámbito.com, Salas explica que en aquel momento había una certidumbre: la Argentina sería potencia mundial; en el porvenir sólo cabía la grandeza. Aunque no todo eran esplendores: un sistema electoral basado en el fraude, la violencia del anarquismo, las feroces represiones y el rechazo a los inmigrantes también formaban parte del período.

En una mirada retrospectiva, ante aquella euforia por un destino tan promisorio, es inevitable preguntarse qué paso luego, cómo se vivió el primer Centenario, qué país era mejor. "Las épocas son incomparables. No se puede juzgar la historia a cien años de distancia", sostiene el poeta, ensayista e historiador Horacio Salas. No obstante, aclara: "Pero a diferencian de hoy, la generación de 1910 estaba convencida de que la Argentina tenía un futuro mejor".

Periodista: ¿Había elementos reales para sostener que la Argentina sería una potencia mundial o era un deseo desmesurado de las clases dirigentes?

Horacio Salas: Todo se mezcló, pero no era un deseo desmesurado de la dirigencia local, porque en Europa también se decía. Por ejemplo, el diario El Imparcial de Madrid sostuvo en 1909 que para el Centenario debía venir a Buenos Aires una delegación numerosa, con empresarios y comerciantes, además de los políticos y diplomáticos. Y para los festejos llegaron cerca de cien personas. Afirmaban que la Argentina, a fin de Siglo XX, sería el único país capaz de atreverse con Estados Unidos, que tendríamos setenta millones de habitantes y que sería la potencia hispanoparlante más importante del mundo. En Europa, además, había una gran curiosidad, ya que la Argentina era un país que en apenas cien años, pese a las guerras civiles, mostraba una gran posición económica y tenía una clase alta ultra millonaria, que tiraba manteca al techo en París. Era literal: agarraban un cuchillo, le ponían manteca y trataban de acertar en los florones, a pesar de que tenían que pagar todos los arreglos, más lo que ya les cobraran los cabaret de la época, como Mouline Rouge, para cerrar sus salones.

P.: ¿El sistema económico argentino de principios de Siglo XX permitía sustentar ese pronóstico?

H. S.: Sí, la famosa referencia al "granero del mundo" fue cierta. La producción agrícola ganadera era impresionante. Europa -especialmente Gran Bretaña- se nutría de carne y trigo de la Argentina. En ese momento funcionó. Pero no pensaron en lo que podía pasar después. Cuando se desató en 1914 la Primera Guerra Mundial, los submarinos alemanes bloquearon el ingreso a Gran Bretaña, nuestro mercado más importante. Entonces, Argentina tuvo una crisis profunda.

P.: ¿Faltó un proyecto industrializador?

H. S.: Faltó una mirada de futuro. Pensaron que con los alimentos bastaba. Y también hacía falta mano de obra tecnificada para no vender los productos del agro en bruto. Por ejemplo: se enviaban cueros a Inglaterra y, como el país no había desarrollado la industria del calzado, se importaban zapatos de Inglaterra. Era un disparate. Eso no fue pensado por la generación del diez. Creyeron que podían sostener el modelo para siempre. Sin embargo, algunas personas advirtieron que el sistema no podía seguir así, como Carlos Pellegrini, que además era economista. Él también observó que el sistema electoral requería un cambio. Estaba basado en el fraude y la violencia. Finalmente, Roque Saenz Peña, el presidente que se hace cargo a fines de 1910, fue quien lo modificó. El resultado de la reforma se cristalizó en 1916, cuando la pujanza del radicalismo, apoyado por los hijos de la inmigración, le hizo ganar la elección a Hipólito Yrigoyen. A partir de allí comienzan a aparecer en el gobierno apellidos italianos, españoles y franceses.

P.: ¿El sistema político con que se llega al Bicentenario, basado en elecciones regulares y universales, es un avance respecto a la situación de 1910?

H. S.: No se pueden comparar dos épocas distintas. Es como si se quisiera confrontar a la Grecia antigua con nuestra realidad. El error de muchos historiadores es considerar el pasado con los criterios del presente. Eran otras personas, sentía otras cosas. Por ejemplo, hay investigadores que hablan de una matanza de dos mil indios en la Conquista del Desierto. Pero omiten decir que los aborígenes nativos tenían una manera de golpear feroz. Los malones y asaltos a estancias hacían que las personas desearan terminar con el indio. Además, se quería mantener la Patagonia, que de otra forma hubiese pasado a Chile. La vida en esa época era violenta. Por eso, no se puede juzgar la historia a cien años de distancia. No se puede decir si era mejor o peor. Sin dudas, en el primer Centenario había mayores expectativas que hoy respecto al futuro.

P.: En 1910 se vivió un gran entusiasmo patriótico por los festejos del Centenario. Esto no se refleja en la actualidad ¿A qué cree que se debe?

H. S.: Para explicar el entusiasmo que se expresó en 1910 hay que remontarse al proyecto de 1880. Esa generación se encontró de golpe con cientos de miles de inmigrantes. Los extranjeros llegaban hambreados de las zonas más pobres de Europa. Eran desarraigados y, en general, analfabetos. Había que crear una unidad de pensamiento. La generación del ochenta busca ese objetivo a través de la educación. Entonces, se enseñaba a querer a los símbolos patrios y una historia edulcorada, en donde los próceres eran perfectos y maravillosos. Había un sentimiento de Patria que hoy no existe, es cierto. Sólo aparece en los mundiales de fútbol. Aunque creo que eso no es Patria, sino otra cosa. Gritamos "Argentina" porque es nuestra identificación.

P.: ¿Se perdieron sistemas de cohesión interna?

H. S.: Los perdimos en comparación con México, donde hay un sentido de la identidad y del país. Las canciones mexicanas dicen que México es lo mejor el mundo. En Brasil ocurre lo mismo. Ellos sienten que son "o mais grande do mundo". Es un sistema de pertenencia que perdimos a lo largo de sucesivas dictaduras y gobiernos nefastos. Hay que tener en cuenta que desde 1930 hubieron muy pocos gobiernos constitucionales.

P.: ¿Influye que la educación se haya deteriorado y no logre contener a todos los chicos?

H. S.: Hace muchos años que tenemos problemas de analfabetismo y abandono escolar. Son retrocesos que hemos sufrido. Eso lleva a que los argentinos sean los que peor hablen de la Argentina. Se produjo una especie de desazón con respecto al país.

P.: ¿Se logró integrar a la gran cantidad de inmigrantes que habían arribado desde fines de siglo XIX?

H. S.: Ese objetivo se cumplió. Pero las clases dominantes también se asustaron, porque junto con la inmigración italiana y española llegaron personas de Europa central que habían leído a Marx y tenían una idea del sindicalismo y del socialismo. Entonces, el inmigrante dejó de bajar la cabeza y comenzaron las huelgas. La primera fue en 1878, alentada por dirigentes con bases ideológicas sólidas. Ciertos sectores ultra católicos y ultra nacionalistas empezaron a pedir que se reprimiera. Y en 1909 la policía masacró a los manifestantes de un acto del 1 de mayo, con un saldo de más de cien muertos. Hay que agregar que en noviembre de ese año un anarquista judío, Simón Radowitzky, mató al Jefe de Policía, Ramón Falcón, a quien se responsabilizaba por aquella matanza. Entonces, en 1910, los sectores conservadores culparon a los extranjeros -en especial a los rusos- por todos los males. El resultado fue la creación de leyes muy duras, que permitían que se echara a los extranjeros indeseables. Si bien es cierto que sólo se aplicó con tres o cuatro militantes, quedó instalado el germen de la represión. También en 1910, un grupo llamado Las Guardias Blancas, dirigidas por el diputado Manuel Carlés (el mismo que ocho años después actuaría con la Liga Patriótica), asaltó los barrios judíos de Once y Villa Crespo. Inclusive, violaron a dos chicas.

P.: También se reprimió a los socialistas, que no tenían una posición revolucionaria. 

H. S.: Había patotas de "niños bien" que iban a los comités socialistas. Rompían todo y hasta incendiaron el diario La Vanguardia, órgano del partido, que era muy moderado y participó de los festejos de Mayo. También asaltaron el periódico anarquista La Protesta y locales del sindicalismo, que todavía estaba en embrión.

P.: ¿El anarquismo era una amenaza real?

H. S.: Sí. Además, durante el Centenario quisieron sabotear los festejos. Pocos días antes de la celebración de mayo, el anarquismo declaró una huelga general. El Gobierno, por temor a que se frustrara la fiesta, reaccionó con violencia. Terminaron presos tres mil anarquistas y supuestos anarquistas. Algunos tomaron el camino del exilio, como José González Castillo, un dramaturgo muy destacado, fundador del teatro argentino, que se fue a Chile. Como se nota, su apellido no era ruso.

P.: A pesar de que cambió el origen de la inmigración, ¿considera que se mantiene desprecio?

H. S.:
Pasaron 100 años y sólo cambiaron los destinatarios. Hay aprensión con el inmigrante, porque es el Otro. Se maltrata a bolivianos, paraguayos, peruanos, etcétera. Tenemos todo tipo de prejuicios. No hay ningún grupo humano que no los tenga.

P.: También llama la atención el exagerado interés por la opinión mundial. Es un rasgo de la época que se observa en su trabajo y que perdura hasta nuestros días.

H. S.: Es una mezcla de complejo de inferioridad y tratar de quedar bien. Hay un detalle en el Centenario que es muy ilustrador: las personas que pertenecían a delegaciones extranjeras no tenían que pagar en los negocios de la calle Florida. Los diplomáticos de la embajada española se aprovecharon y compraban joyas. Eso lo pagó el Estado argentino para congraciarse. También resultan curiosas las preguntas que se realizaban a los personajes célebres que llegaron para los festejos. A Ramón del Valle Inclán, por ejemplo, lo fueron a buscar a Montevideo y ni bien arribó le preguntaron: "¿Qué opina de la Argentina?". Valle Inclán, que además tenía mal carácter, respondió: "Qué quiere que opine, si todavía no conozco el país". Esa desesperación se mantuvo a lo largo de las décadas. Cuando yo llegué de mi exilio por primera vez, amigos y parientes me consultaban: "¿Cómo nos ven en Europa?". Yo les decía que no nos ven. No lo entendían.

P.: ¿La expectativa de principios de siglo XX por los cambios que podía provocar la ciencia era similar a la que existe hoy respecto a la tecnología?

H. S.: Lo que ocurría en la antesala del Centenario era propio de las teorías filosóficas en boga. El cientificismo empezó a funcionar y se produjeron grandes inventos. Hoy cambiaron tanto las cosas que estamos ante una revolución. En aquel momento no se veía como una transformación total, sino como progreso indefinido. Era uno de los postulados del positivismo.

P.: ¿Cuál es el mayor legado que nos dejó la generación del diez?

H. S.: El convencimiento de que vivíamos en un país que tenía un porvenir. Y que ese futuro era bueno.

P.: ¿Cómo ve a la Argentina del Bicentenario respecto a la situación en que se llegó a mayo de 1910?

H. S.: No se puede comparar. Pero esta Argentina de hoy no me gusta. No hay celebraciones, porque no hay nada que festejar, más que haber llegado malamente a los 200 años. Un buen aporte al Bicentenario sería que bajáramos el nivel de broncas y que la división que nos tiene marchitos se acabara de una vez. En la Argentina falta diálogo, tanto en el Gobierno como en la oposición. Hay demasiados rencores. Basta con prender la televisión para ver que en lugar de tolerancia hay odio.

Entrevista de Ariel Basile

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