3 de enero 2008 - 00:00

Inevitable: se reavivó el fantasma del Hudson

La erupción del Llaima -uno de los volcanes más activos de Sudamérica- trajo a la memoria el recuerdo de los graves daños ocasionados sobre la agricultura y la ganadería patagónica por la actividad del volcán Hudson en agosto de 1991.
La emisión de gases y humo del Hudson llegó hasta los 12 mil metros de altura y dejó caer en la zona cordillerana una nube contaminante que luego se extendió hasta el Océano Atlántico. Incluso las cumbres montañosas cercanas a Ushuaia llegaron a cubrirse de cenizas, pese a encontrarse a más de 1.800 kilómetros del volcán chileno.
Fue la segunda erupción más grande ocurrida en un volcán chileno. En aquel entonces, la localidad argentina más afectada fue Los Antiguos, en Santa Cruz, un pequeño poblado de 2.500 habitantes, ubicado sobre la cordillera, a 1.400 kilómetros de Río Gallegos, en el norte provincial.
La violenta erupción del Hudson fue entre el 8 y el 15 de agosto de 1991 y la actividad volcánica se mantuvo hasta el 29 de diciembre de ese año.

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La explosión fue acompañada por intensas tormentas eléctricas, lluvias torrenciales y un enorme volumen de material volcánico arrojado desde el interior de la Tierra hacia la atmósfera.
El espesor de la ceniza caída sobre el valle cercano al volcán osciló entre los 45 centímetros y 1,20 metro. En las cercanías del Hudson el material caído alcanzó tamaños de hasta 45 centímetros.
El saldo de la lluvia de ceniza sobre la Patagonia argentina fue la masiva pérdida de la producción de los campos agrofrutícolas de la región cordillerana circundante a Los Antiguos.
A su vez, también resultó afectada la ganadería, con alta mortandad de ovejas a causa de asfixia o por falta de alimento, ya que las pasturas fueron cubiertas por una gruesa capa de ceniza.
Los efectos incluso tuvieron consecuencias sociales, ya que un alto número de la población de Santa Cruz decidió emigrar de la provincia tras esta catástrofe.

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