27 de julio 2004 - 00:00
Sistema electoral y representatividad
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Integrado
Para los que propician la obligatoriedad, se trata de considerar el trámite electoral como un proceso integrado, por lo cual, en cada una de sus etapas el voto reviste la condición de derecho-deber que le asigna la Carta Magna.
También se apuntó que la instrumentación del sistema y su nomenclatura inducen a confusiones, por lo cual, algunos proyectos alternativos sugieren un mecanismo de elecciones primarias, con la misma orientación y ciertos ajustes formales. Estos ejemplos -fundados en los aspectos más importantes que merecieron algún tipo de impugnación u oposición- ponen de manifiesto la importancia de tomar en cuenta numerosas consideraciones, tanto en lo que respecta a criterios de conveniencia como de pertinencia jurídica. Todo lo cual conduce a un desafío crucial, que excede ostensiblemente al sector dirigencial e interpela de manera directa a la ciudadanía.
De nada servirán los esfuerzos -sinceros o especulativos- de la clase política por mejorar el sistema electivo si la comunidad no se compromete a apuntalar el proceso; esto es, criticar, pero también participar. Esta participación debe darse a pleno en los ámbitos de discusión generados -o a generarse- en el eventual plebiscito al que se convoque y, finalmente, en las instancias de concreción.
Es de sobra conocido que la oposición a la ley de lemas es tan amplia como, en muchos casos, basada en percepciones superficiales, que no por acertadas dejan de ser poco responsables.
Muchas personas no conocen realmente el sistema del que hoy reniegan, y sería deplorable que ese error se repita cuando se está a las puertas de propiciar uno que, al menos en sus enunciados, apunta a ser más abierto y democrático. Los despropósitos y las alteraciones de la voluntad popular producidos por el actual régimen de doble voto simultáneo no pueden ser reemplazados por otros equivalentes, volviendo a las nocivas manipulaciones de los aparatos partidarios.
De todos modos, esto todavía debe complementarse con una serie de medidas de similar importancia, abarcadas genérica y simplificadamente por el rótulo «reforma política» y tendientes a propiciar niveles más genuinos de representatividad. De manera que la consabida -y ojalá redundante- apelación a la participación corre, en este caso, por carriles concretos y trascendentes. Que no sólo se proyectan sobre los resultados de tal o cual comicio, sino también sobre la posibilidad de que los santafesinos sean gobernados por las personas que realmente escojan para eso.




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