20 de diciembre 2002 - 00:00
Villa La Punta, una perla olvidada de Sgo. del Estero
-
Kicillof asumió la conducción del PJ bonaerense y llamó a "ponerse de acuerdo en puntos comunes"
-
Córdoba: los intendentes se rebelan y Llaryora ensaya una nueva estrategia política
La historia, narrada en una cantina por uno de los rescatistas de aquel fatal accidente del 7 de octubre de 1973, es una invitación a internarse en el monte para encontrar lo que aún sobrevive del Piper Cherockie monomotor.
Se trata, según los pobladores, de la caminata predilecta que realizan los visitantes del turístico pueblo de Villa La Punta, a pocos kilómetros de la frontera con la provincia de Catamarca y a 97 kilómetros de la ciudad de Santiago del Estero, donde los cerros coronados de árboles se asoman al abismo de la llanura.
Un punto estratégico para observar este capricho de la geología es el Cerro de la Cruz, donde un calvario corona el pueblo de casas coloniales que fueron hasta mediados del siglo XX el punto de descanso más frecuentado por los santiagueños.
La calma volvió a la villa turística en los años ’0 cuando la burguesía de la capital prefirió las playas de la costa atlántica. Entonces parecieron olvidarse los tesoros del paisaje y la cultura locales.
La hostería de Villa La Punta, con 34 plazas, es un vestigio de los años felices. Allí se puede descansar por menos de 10 pesos por persona y podría ser, a las claras, un buen punto de arranque para reactivar el sector turístico.
A una cuadra de allí, frente a la plaza, se yergue la única iglesia del pueblo construida en estilo neocolonial, desde cuyo campanario puede accederse a una de las vistas más bellas del lugar.
Durante la siesta, las cabras atraviesan el umbral del templo haciendo sonar el cencerro como ya lo hicieron en varias casas. Las gallinas hacen sus propias travesuras colándose por las verjas de la plaza para ser espantadas al poco tiempo por algún trabajador de la comuna. Es el momento en que, al calor de la tarde, los vecinos desaparecen de todos los recovecos del pueblo.
Buena oportunidad para tomar la calle de tierra bordada de palos borrachos que pasa por la puerta de la hostería y a través de la cual se accede al camino que conduce a la «piedra que llora». Allí hay un altarcito dedicado a la Virgen María bajo el cual brota agua desconsolada de un manantial.
A pocos metros se encuentra el cauce del arroyo -seco durante la mayor parte del año-, que es el mejor camino hacia los restos del avión con que comenzó este relato.
Este cronista sólo pudo encontrar, luego de 1 hora de caminata, una pieza del motor. Sin embargo, por la noche, en la cantina le aseguraron que, acompañado por un baqueano, hubiera podido ver mucho más...
De todas maneras, el misterio siempre alimenta la vuelta, y la aventura entre los profundos ecos del monte valió la pena.
Para un futuro, también resta conocer la quebrada de Calapuchini, de Prez y Pozo de Leiva, zonas de vertientes y pequeños arroyos.




Dejá tu comentario