28 de diciembre 2001 - 00:00

La "resurrección" de un grande

La resurrección de un grande
El que estuvo en Liniers pudo sentir de cerca lo que es este auténtico «fervor racinguista». El que baja de la constante de tribunas colmadas y riega el campo de juego con jugadores que expresan el mismo idioma: sacrificio, entrega, ilusión y fe. Nadie pidió nada más que esta alegría de un «Racing campeón» después de 35 años de abstinencias. Lo logró y su pueblo (algo más que una hinchada) lo disfrutó como nunca. Desde aquel gol de Cárdenas al Celtic de Glasgow, que dio paso a la primera obtención de la Copa Intercontinental, que no se vivían momentos de esta magnitud.

De esto pueden dar cuenta los abuelos que vivieron el recordado gol del «Chango». Por ejemplo, uno de ellos repetía: «Ya no sabía ni qué decirles a mis nietos. Hoy estoy feliz porque saben ahora lo que es ganar un campeonato». O un padre que le decía a un pequeño que llevaba entre sus brazos: «Estás contento, papá...» (cuando el realmente feliz era él). Tampoco escapaba a la atención periodística los dichos de una adolescente que sentada en un escalón repetía: «Gracias viejo... Cuánta razón tenías cuando me decías que ser grande y ser hincha de Racing era lo mismo».

Lo cierto es que esa gente tuvo tanta paciencia como los propios jugadores. Tal vez como consecuencia a esta larga espera que le propusieron muchos sinsabores, que superaron los avatares del fútbol para mezclarse en peleas dirigenciales, divisiones estériles, padecimientos económicos y un camino inevitable hacia la acción de la Justicia, para sortear el camino inevitable de la desaparición.

Otra vez se impuso la historia. Parecía incomprensible que aunaran gritos mujeres y hombres de las edades más inimaginables.

• Esfuerzo

Es que todo Racing se aglutinó en Liniers (a pesar del costo excesivo de las entradas) y en el estadio de Avellaneda (para seguir el partido por televisión). Racing terminó festejando, pero como si fuera un estigma luego de sufrir los quince minutos finales, cuando un jovencito de Vélez marcó un empate que enmudeció presencias y fue marco elocuente del temor de la aparición de algún fantasma.

En el Obelisco, un señor de edad mediana nos decía: «Hice un esfuerzo económico, pero valió la pena. ¿Si sufrí? Les aseguro que en los quince minutos finales vi el partido de a ratos. Me daba vuelta cuando avanzaban los de Vélez y lo hacían cada vez más seguido». Una joven festejaba con sus padres. Nos contaba que vivía en Manhattan y que visitaba a los «viejos» todos los años. «Vengo en febrero, pero esta vez adelanté el viaje porque no quería perderme esta final... Soy de Racing hasta la médula» (y eso que nació en Nueva York, pero se notaba el trabajo psicológico del padre en esta formación).

Eso es Racing, un sentimiento que se transfirió de boca en boca, de una genera-ción tras otra, que comienza con el simple regalo de una camiseta y termina en una pasión incontrolable. De lo contrario tampoco se podrá hallar respuesta a un lleno constante de los estadios, que superó --inclu-so-a esa masiva manifestación de adhesión a San Lorenzo cuando se fue al descenso. El fútbol tiene estas cosas: hace pasar de la tristeza a una lágrima, aunque en este caso sea de alegría.

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