Es difícil comprender a este River. Al equipo que seguramente va a ser el campeón de este torneo Clausura. Complicado, porque no se podrá decir que Lanús fue un equipo compacto, homogéneo. Que ni siquiera salió al campo de juego a «jugarse el resto». Simplemente, primero se dedicó a no dejar hacer a su oponente. Tal vez sabiendo que si se marca con eficiencia a Ortega y D'Alessandro (lo dos que pueden hacer algo diferente) las cosas se le iban a simplificar.
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River comenzó teniendo todo: terreno para favorecer la salida, un medio campo para trabajar la pelota (a pesar de la mucha gente que puso Lanús sobre ese sector), pero cuando llegó a la «zona de fuego» falló, tanto que terminó con Lanús creando más y mejores posibilidades de concretar. Claro, todas estas circunstancias fueron provocadas por hombres que tienen nombre y apellido. Y ahí vamos. Con Celso Ayala y Demichelis.
Le alcanzaba a River para hacerse de la pelota en medio campo. También con Coudet, Cambiasso y Zapata (luego reemplazado por Cuevas) para acercarse al área de Lanús por los costa-dos. Sin embargo, todo se diluía en tres cuartos de cancha porque D'Alessandro siempre procuraba un toque demás y Ortega una gambeta también demás. River llegaba por centros aéreos pero no lastimaba. Porque Alessandria estaba demasiado seguro por arriba y porque el vallado que procuraban Almirón, Mannara, Carboni, Salomón y Pagés eran como un frontón donde se estrellaban una a una las aspiraciones de la gente de River.
Duró casi un tiempo, lo suficiente para que River se diera cuenta que su imprecisión lo llevaba a la impotencia, que tenía que encontrar alguna fórmula salvadora que no fuera el pelotazo desde la derecha vía Coudet y desde la izquierda cuando Zapata podía superar la marca (que no eran demasiadas veces). River bajó la pelota, pero también fue perdiendo porque Ortega -sin lugar fijo-y D'Alessandro -esta vez tratando de moverse como si tuviera mejores posibilidades como número 10- no resultaron desequilibrantes.
Llegó una jugada aislada, Coudet que estaba sobre el costado derecho de su área, trató de despejar y envió la pelota al centro del área. Venía a la carrera Romero y sacó un remate violento, que pasó entre varios jugadores y tomó camino a la red. Se dijo mil veces, que en el fútbol no se gana por merecimientos y todo Lanús se dio cuenta que para mantener esta diferencia debía apelar a otros argumentos. En principio, dejar de cometer infracciones reiteradas, tratar de jugar la pelota y pelear la zona para provocar un doble objetivo: que a River no le fuera tan sencillo salir y que Lanús quedara siempre con alguna posibilidad cierta de contraataque.
Ocurrieron las dos cosas y, finalmente, Lanús se llevó tres puntos valiosos en esa lucha por escapar a la zona de Promoción y River la amargura de otra derrota (en una semana para el olvido) y esperar otra oportunidad para dar una vuelta olímpica postergada, porque los cuatro puntos de ventaja -faltando dos fechas-cualquiera puede pensar que son determinantes. Se verá.
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