Del mejor futbolista, pasando por un hombre imperfecto, hasta convertirse en un Dios eterno

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Maradona fue un Quijote de las causas justas. Tuvo la valentía de enfrentar al poder. Un acérrimo defensor de los derechos humanos y de los pobres. Se bebió la vida de un sorbo y ya no despertó.

Fue un genio sin lámpara, un Aladín sin alfombra que supo cómo sobrevolar por la pasión de la gente y aterrizar en sus corazones. Un jugador que, si existe un mejor fútbol en otro planeta, sería de otra galaxia. “Un barrilete cósmico”, como lo bautizó Víctor Hugo Morales, que vaya a saber uno de qué planeta vino. Para la inmensa mayoría un Dios, para otros un diablo. Un hombre imperfecto, con excesos… Pero qué ser humano es perfecto. Quién no arrojó la primera piedra en la vida como para sentirse con la autoridad moral de poder calificar o cuestionar la vida de otro.

Otro inmortal en el sentimiento de los argentinos, como lo fue el escritor, humorista e historietista rosarino Roberto Fontanarrosa, quien en su momento expresó: “Qué me importa lo que Diego hizo con su vida, me importa lo que hizo con la mía”. Y Diego lo que hizo con la vida de cada argentino, de cada napolitano, de cada amante del fútbol exquisito que se encuentre en algún rincón de esta tierra, fue darle alegría… aun aunque algunos lo hayan sufrido como rival dentro de un campo de juego o porque vistió otra camiseta.

Nadie se puede arrogar el derecho de decir que Maradona fue de Argentinos Juniors, de Boca, de Independiente, de Newell’s, de Racing, de Mandiyú, de Gimnasia, de Barcelona o Sevilla ni de Sinaloa. Hasta no resultaría exagerado decir que no fue argentino. Porque Maradona fue un embajador mundial del fútbol porque, como todo Dios, no sabe de color de piel, ni de idioma y, menos, de nacionalidad. Es de todos. Si hasta en plena Plaza de Mayo se vieron abrazados y luego sentados uno al lado del otro a dos hombres vestidos uno con la camiseta de Boca y otra con la de River. El Diego selló por unos días todo tipo de fisura, de grieta, partidaria deportiva y política.

Fue, además del mejor jugador del mundo en la historia del fútbol y un técnico sin muchos pergaminos, un exitoso presentador de televisión, un protagonista central de la farándula mundial, un ácido comentarista en la era de internet, un polémico dirigente… Resultó el Quijote de las causas justas, verborrágico y valiente para enfrentarse al poder de turno, un activista político que estuvo al lado de –para muchos- polémicos gobernantes. Fue un acérrimo defensor de los Derechos Humanos, a tal punto que ayer cuando el presidente Alberto Fernández lo fue a despedir apoyó sobre el féretro cerrado una camiseta de Argentinos y un pañuelo de las Madres de Plaza de Mayo.

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No obstante, más allá de las fronteras del fútbol, Maradona fue un fenómeno social. No sólo convocó y unió a las personas a través de una pelota. Diego alcanzó la gloria total en 1986. Con su técnica prodigiosa y con una pierna zurda capaz de pintar el mejor cuadro sobre una cancha, no solo alzó la copa de campeón en el mundial de ese año, sino que instaló en el alma de todos los argentinos un espíritu y un orgullo nacionalista que marcaría a toda una generación.

Es que el conflicto armado entre Argentina y el Reino Unido por la soberanía de las Islas Malvinas, en 1982, había dejado abierta una herida muy grande en el sentimiento de los argentinos. Y cuatro años más tarde, Maradona se vengó primero, “pidiéndole la mano prestada a Dios” y después dejando desparramados en el suelo a tantos ingleses como soldados argentinos cayeron en el archipiélago.

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Maradona fue “nacionalismo puro”. Jamás puso reparos para viajar y jugar por sus amados colores celeste y blanco. Fue la bandera que logró unir a políticos del mismo y de distintos partidos en torno a un mismo sentimiento, tanto en redes sociales como en forma presencial. Hasta hubo coincidencias para ejecutar acciones conmemorativas. El exgobernador de San Juan y actual diputado nacional del Frente de Todos, José Luis Gioja, presentará un proyecto de ley para instituir el Día Nacional del Fútbol cada 30 de octubre, fecha de nacimiento de Diego Armando Maradona. Además, la celebración deberá ser incorporada al calendario oficial de actos y conmemoraciones.

En tanto, el diputado bonaerense del PRO Daniel Lipovetzky había presentado un proyecto para que el domicilio de Villa Fiorito sea expropiado por el Estado y la iniciativa volvió a cobrar fuerzas tras el paso a la inmortalidad del máximo ídolo argentino. El proyecto prevé que la casa se vuelva un espacio de socialización y de historia futbolística.

Diego fue una figura mediática caída en desgracia desde su paso por Italia. Ahí comenzó la etapa de los excesos, el acercamiento con personajes ligados a la mafia, el consumo de cocaína, los exabruptos en público. Pero todo le fue perdonado por su nube de incondicionales. Al terminar su carrera deportiva ya era una gloria. Ahora es un mito, una leyenda inmortal.

Eduardo Galeano, el célebre escritor y periodista uruguayo, lo definió con maestría: “Diego Armando Maradona fue adorado no sólo por sus prodigiosos malabarismos sino también porque era un dios sucio, pecador, el más humano de los dioses. Cualquiera podía reconocer en él una síntesis ambulante de las debilidades humanas, o al menos masculinas: mujeriego, tragón, borrachín, tramposo, mentiroso, fanfarrón, irresponsable. Pero los dioses no se jubilan, por humanos que sean. Él nunca pudo regresar a la anónima multitud de donde venía. La fama, que lo había salvado de la miseria, lo hizo prisionero. Maradona fue condenado a creerse Maradona y obligado a ser la estrella de cada fiesta, el bebé de cada bautismo, el muerto de cada velorio. Más devastadora que la cocaína es la exitoína. Los análisis, de orina o de sangre, no delatan esta droga”.

Cuesta no compartir esa mirada, porque detrás de la magia que tenía Diego, detrás de ese Dios, también había un hombre terrenal.

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