Era el partido de la fecha. Se suponía que Uruguay le iba a dar batalla a Brasil y así lo hizo. Tanto que no sólo remontó dos goles adversos sino que puso a Brasil en desventaja, como muchos años antes había ocurrido en el Maracaná. Brasil debió salir y logró un empate agónico a travez de Ronaldo.
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La primera parte mostró que bastaba que Rivaldo, Kaka o Ze Roberto y Cafú por derecha se hicieran de la pelota para que impusieran su juego.
Llegó el gol de Kaka y todo Uruguay pareció derrumbarse. Perdió marcas, dejó espacios en el medio, no encontró el camino ofensivo, porque Ligüera no encontraba compañero para concretar alguna sociedad.
De pronto Carrasco quemó las naves. Entró Núñez, Recoba (se convirtió en conductor) y Chevantón se puso al lado de Forlán. Uruguay tuvo algo más la pelota, en la misma medida que todo Brasil se quedaba un tanto a la expectativa. Las razones eran fundadas porque Munúa logró sacar dos mano a mano, hasta que Forlán encontró picando una pelota tras dos rebotes y envió a la red. Era la inyección que le faltaba a Uruguay.
En eso de agrandarse los «charrúas» tienen historia y experiencia. No sólo comenzó a jugarle de igual a igual, sino que por momentos puso gente en ataque y se vislumbraba que podía llegar la hazaña. Otra vez Forlán capitalizó una jugada dentro del área y hasta un centro que desvió Gilberto Silva llegaron a la red. Parecía increíble, pero era realidad. Otra vez Brasil apretó el acelerador, llegó el empate -vía Ronaldo-y todo ganó en emoción. Y fue empate, nomás.
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