Podríamos hablar de lo que ya pasó, o de lo que está por venir. Lo que está por venir es una ola de informes contables (11 integrantes del Promedio Industrial) y los últimos datos sobre la inflación, que seguramente marcarán el ritmo del mercado y los que aparentemente generan bastante pocos temores. Lo que pasó es una semana en la que merced a 0,33% de la última rueda el Dow ganó 2,2% cerrando en 13.907,25 puntos, lo que llevó al promedio de las treinta empresas más "conocidas" a marcar un segundo máximo histórico consecutivo, luego de tres semanas seguidas de subas (el S&P500 quebró el viernes su récord de marzo de 2000 y los índices Wilshire 5000 -representa a la casi totalidad de las cotizantes norteamericanas- y Russell 2000 -las 2.000 firmas listadas de menor tamaño- también alcanzaron valores sin precedentes).
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Si tuviéramos que resumir las causas (o excusas) que justificaron este movimiento nos circunscribiríamos al buen crecimiento de las ventas minoristas durante junio, a los anuncios corporativos de los principales conglomerados de aluminio y (el viernes) a la mejora en el optimismo de los consumidores.
Es cierto que parece difícil aceptar que estos argumentos basten para neutralizar noticias como la suba del petróleo (subió a u$s 73,93 y sigue notándose una inusual actividad de inversores "especulativos"), el desplome del dólar frente al euro (cerró en u$s 1,3815 cuarto mínimo histórico consecutivo), los problemas en el sector crediticio e inmobiliario (que pasó de ser un problema entre particulares y prestamistas a uno la baja de la calificación de la deuda por las agencias crediticias y de ajustes de inventarios financieros), etc., pero a los números no hay que discutirles.
En todo caso podemos contraponerles otros números. Y aquí es donde las cosas cambian, porque si tomamos las últimas ocho semanas el resultado del Dow es negativo al ajustarlo por la desvalorización del dólar y se reduce a la mitad el acumulado en el año. La realidad puede verse desde muchos ángulos y hoy a los inversores bursátiles el único que parece importarles es el de su propio ombligo.
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