20 de junio 2001 - 00:00

Canasta con el euro trae incertidumbre y dudosos beneficios

El cambio de posición del bloque justicialista en el Senado, que permitirá ahora la aprobación como ley de la modificación de la convertibilidad, sumado a las recientes medidas económicas consistentes, entre otras cosas, en una anticipación al presente de sus efectos comerciales (aunque casi exclusivamente para el Mercosur) vuelve a abrir un debate que había quedado algo trunco cuando parecía que en la Cámara alta predominaría la oposición al ingreso del euro en nuestra moneda. ¿Qué puede esperarse que produzca este nuevo régimen monetario en el corto plazo, ahora que ya cuenta con apoyo suficiente?

Independientemente de los beneficios y costos puntuales para exportadores e importadores, las expectativas de una alteración de toda la política monetaria han producido hasta ahora efectos negativos, vinculados fundamentalmente con la incertidumbre que genera el hecho de incorporar una moneda que el público desconoce y no demanda, de alterar los números de los planes de inversión en ejecución, que fueron calculados sobre base dólar, de cambiar reglas de juego que aparecían como intocables y de alentar sospechas de que detrás de todo esto haya «gato encerrado», algo que no debería sorprender que ocurra en un país con la fraudulenta historia económica del Estado argentino
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Sin embargo, el gobierno propone esta importante medida porque espera de ella efectos positivos o, por lo menos, una predominancia de éstos por sobre el mencionado incremento en la incertidumbre. ¿Cuáles son entonces estos efectos positivos que opacarían finalmente todos esos costos? Se argumenta que se ganará, a la vez, en estabilidad de precios internos y en competitividad comercial. En estabilidad, puesto que la moneda argentina estará en un valor intermedio entre dos monedas principales y cualquier desvío de alguna de ellas en términos de la otra será menguado por su promedio, amortiguando así la influencia de las variaciones de los precios internacionales sobre los domésticos. En competitividad, porque uno de sus componentes, el tipo de cambio, nunca quedará tan a la zaga de la moneda coyunturalmente más débil como para que nos complique el balance comercial bilateral con la región que más devalúa su divisa.

Ganar en estabilidad de precios domésticos no parece un objetivo prioritario desde que la Argentina ha superado su problema inflacionario de años previos, el que era inducido por el financiamiento del déficit fiscal
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•Deflación

Todas las variaciones de precios que se producen ahora deben ser atribuidas al nivel de actividad económica local o internacional, de acuerdo a qué índice de precios se considere. Para prueba de ello, se puede comparar la evolución reciente de la inflación minorista de los EE.UU. con la de la Argentina, ya que ambos países tienen la misma divisa internacional: el dólar. Se aprecia con claridad que la deflación minorista argentina de los últimos tres años se debió a la recesión doméstica, ya que estuvo lejos de producirse en los Estados Unidos. Por ello, aunque la convertibilidad del peso hubiera estado respaldada también en el euro, la recesión local habría producido una deflación minorista de un nivel semejante.

Ganar en competitividad comercial significaría mejorar el nivel de exportaciones a zonas no dolarizadas lo suficiente como para compensar las pérdidas respecto de las regiones dolarizadas. Las ganancias en competitividad por tipo de cambio real respecto de los países dolarizados han sido de 11% entre mediados de 1994 y el presente, mientras que las exportaciones al NAFTA crecieron 95% en ese período. En cuanto al euro (marco), esa relación fue de una pérdida en tipo de cambio real de 38% (entre puntas: abr.-'95 / oct.'00) contra un aumento de las exportaciones de 26%.

Respecto de Brasil, la pérdida en el tipo de cambio real es hoy de un máximo de 33% respecto de la que predominó en los años 1994-1998, mientras que las exportaciones al Mercosur, si bien crecieron muy fuertemente desde el comienzo del período, cayeron 14% desde el pico de mediados de 1998 hasta el presente, aunque están creciendo desde hace unos meses. En este último caso, el nuevo factor de convergencia impactará directamente, reduciendo esa pérdida del tipo de cambio prácticamente en 8 puntos.

De todos modos, todo este análisis nos muestra que el tipo de cambio real es sólo uno de los componentes de la competitividad comercial y que el resto lo explican básicamente las mejoras en productividad de la economía argentina. Y un aliciente importante para lograr estas ganancias de productividad lo constituye justamente el tener una moneda fuerte como el dólar que obliga a la dura pero rendidora tarea de reducir costos permanentemente.
Además, un crecimiento de las exportaciones que sea estable sólo se logra por ganancias permanentes de competitividad y éstas se consiguen en base de aumentos de productividad. Para prueba de ello basta ver lo que ocurre con los grandes exportadores mundiales y la relativa estabilidad de sus divisas. La estrategia de perseguir ganancias comerciales por la vía devaluatoria siempre ha pagado mal en el largo plazo, una verdad que no hay que buscarla demasiado lejos.

Como se ve, la deflación de precios depende de la falta de crecimiento económico y ésta no tiene en el aspecto comercial ni de cerca el punto más débil.


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