Comenzar por los palotes para un plan Marshall
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Arriba: El general George C. Marshall fue, desde su cargo de secretario de Estado, el mentor del plan con el cual se destinaron 12.000 millones de dólares entre 1948 y 1951 para la reconstrucción de Europa occidental.Abajo: Franklin D. Roosevelt y Winston Churchill, en las cumbres de Yalta y Postdam, fueron los primeros en pensar un plan de ayuda económica y militar para Europa. El presidente norteamericano Harry Truman fue luego el que las implementó, con el plan Marshall y la creación de la OTAN.
Aparte de eso -que no es poco para el recuerdo norteamericano y de su actual drama financiero-, un Marshall de la región tendría que comenzar, como en el colegio, por los palotes del desarrollo conjunto de países tan particulares como los nuestros. Básicamente, habría que unificar criterios. Europa occidental perfeccionó desde 1948 un régimen de libre empresa, de capitalismo serio, aun en países con formas socialistas, pero aggiornadas, como era, por caso, la Italia de Alcídes de Gásperi o fascitas sobrevivientes, como correspondía a la España de Francisco Franco. Pero siempre con basamento en la libre empresa para el apoyo financiero gubernamental estadounidense amplio (11 millones de dólares de entonces). Los que no aceptaron la economía libre cayeron bajo la órbita marxista motorizada desde Rusia para las naciones del Este. Establecieron el aislamiento llamado «cortina de hierro», operaron a base de estatismo exacerbado sin iniciativa ni propiedad privada, perdieron las libertades y terminaron en una hecatombe económico-social que -tras muchas represiones, muertes y retrocesos- concluyó con la caída del Muro de Berlín, en 1989, y el final del comunismo o su reclusión a nivel de añoranza en trasnochados.
Occidente, con libertad e iniciativa privadas tras ese plan Marshall (1948-1953), se empinó en Europa. Nació el Mercado Común y su desarrollo a nivel de tener hoy la moneda más fuerte del mundo, el euro. Desde Europa se está extendiendo hasta Asia y, con la zanahoria del bienestar alcanzado y mostrable, sigue y seguirá sumando países que no sólo abandonaron su marxismo sino también su creencia falsa en el estatismo y amortiguaron hasta su nacionalismo para poder ingresar en la comunidad, desde Bulgaria hasta la ex integrante de la disuelta Unión Soviética Letonia (ver nota aparte).
• Denominador común
Las divisiones de origen étnico-político, caso de la ex Checoslovaquia o la ex Yugoslavia, o religiosas, como es el caso de Irlanda, no trabaron el desarrollo de los países porque el denominador común básico fue esa libertad y racionalidad económica.
¿Puede ofrecer eso hoy la Argentina con intentos retrógrados de estatismo o coqueteos de socialismo a ultranza? ¿Lo puede ofrecer Latinoamérica, carcomida por intereses de droga que fomenta milicias ilegales (Colombia) o por nacionalismos socialistoides de hace un siglo (Venezuela, Colombia) o con creencia en impulsos estatistas y no privados (la Argentina)? Lo único que podemos ofrecer equiparable al espíritu de la Europa de 1948 para otro exitoso plan Marshall que propone el presidente Kirchner es hecatombe previa en dosis alta: La Argentina se devastó como nunca en su historia con el estallido económico de diciembre de 2001, acrisolado en afanes populistas y estatismo depredador por ambiciones políticas desmedidas satisfechas con fondos públicos (Carlos Menem y Eduardo Duhalde). La devaluación medible de sus bienes individuales acumulables como riqueza nacional evaporó 480.000 millones de dólares. Una real hecatombe, aunque podamos disminuir ese monto total en quizá 50% por sobrevaluación del peso anterior para calcular los bienes. Para asemejarnos a aquella Europa que le hizo elaborar un plan de ayuda al ex general norteamericano George Marshall (que presentó en 1948), podemos ofrecer el Mar Caribe, que se asemeja a la «cortina de hierro», que aquí separa a Cuba y su marxismo como allá separó a la Europa del Este.
• Carencias
Si asumimos las miserias y padecimientos pasados y entendemos la necesidad de un capitalismo sano pero no utópico y un Estado moderadamente activo pero no ahogante de la iniciativa privada, podríamos ofrecer algo para merecer un plan Marshall, aunque técnica y financieramente fuera difícil. Aquí no tuvimos las bombas destructivas de Europa desde 1939, pero tampoco el espíritu constructivo y tenaz de los pueblos con fríos altos de aquella posguerra europea y sí, en cambio, una altísima tendencia a la corrupción para diferenciarnos más lo poco en que avanzó la Alianza para el Progreso, que le significó a EE.UU. dilapidar 32 millones de dólares.
Agreguemos a todo lo anterior celos internacionales de hombres públicos para lanzar estos temas. Lula Da Silva sueña con agrupar los intereses sudamericanos encabezados desde Brasil, y Néstor Kirchner, desde un país de economía menor, lo enfrenta con la ampulosidad de la propuesta ecueménica de un plan Marshall para la región. Si fuéramos capaces de asumir las condiciones en cada país de Latinoamérica para un Marshall, como ofreció Europa Occidental en 1948, seguramente no lo necesitaríamos, sólo con que nos fueran eliminando los subsidios y aranceles a la producción.




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