4 de noviembre 2001 - 00:00

Cupones Bursátiles

Hay un avance. Ya algunos de los que se tiraban de los pelos, de sólo oír hablar de cesación de pagos, admiten que después de tal acontecimiento todavía hay vida. Si así se llegan a dar las cosas, si hay que ir por voluntad o por obligación, a esa suspensión real de lo que ya es virtual hace rato, seguramente que el lector oirá todo en ejército de pensadores encontrando el lado bueno, de lo que antes era un infierno impensable. Es que así somos (unos cuantos, para colmo de los notables). Y así estamos, claro. Hablando detrás de los hechos, corrigiendo pensamientos y acomodando filosofías a las circunstancias, con tal de no perder rating en los medios, y enviando a la población mensajes equívocos y muchas veces interesados, distantes de la verdad, fabricando mentiras a sabiendas.

Sería bueno sacar un suplemento (diga que, hoy en día, no hay publicidad para poder sostenerlo) donde se cuente de modo pormenorizado qué sucedió con México y su tequilazo. Qué ocurrió después con los maravillosos asiáticos, con Japón en capítulo especial, cómo se escribió la historia rusa y de qué modo se movió Brasil. De todos esos dramas económicos fuimos simples testigos, cada vez más cerca y en primera fila, y nos pegaron de refilón con mayor o menor fuerza.

• Pero, lo mejor de todas esas historias es encontrarle el nudo y la definición. Obviamente que no resultaron dramas iguales, ni con el mismo argumento, aunque básicamente trataron de desarreglos económicos, de excesivos endeudamientos, de falta de respuestas a los compromisos internos y externos. ¿Qué sucedió con la vida de todos ellos? Pues, ahí están, siguen viviendo. ¿Alguno se convirtió en otra cosa, cayó en la indigencia total? ¿Está hoy peor, de lo que estaba antes del estallido? Cuando se junten todas las respuestas, colocar en «túnel de viento» a una Argentina que no responda. Sin agresividad, sin patear tableros, solamente diciendo su verdad sobre aquello del derecho romano: «Es nula la obligación de cosas imposibles...» Es sencillo demostrar desde esa palanca formidable, que es imposible cumplir con los requerimientos o estrujar un poco más a la sociedad. Por lo tanto, no se puede reclamar airadamente. Y los acreedores, como siempre, no quieran ahogarlo: quieren que el deudor siga respirando, para seguir pagando. En esto reside la fuerza para negociar. Y dejarse de cuentos para chicos, con el susto del monstruo que nos habrá de devorar por no pagar. Ya la gente ve que es difícil estar mucho peor, que es mejor explotar y recomenzar: a continuar en esta tira cómica de no poder.

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