El «real» a 3,78, el «peso» estable a «3,70», una moneda brasileña que nos pasó zumbando por al lado (como tantas otras veces, donde la Argentina parecía ganar competitividad a través de lo cambiario). Esto, o bien parece indicarnos que Brasil está en peores condiciones que nosotros: o bien, que el dólar se quedó anclado en nuestro medio de una forma todavía más forzada, que en los tiempos del fantástico «uno por uno». Lula le agregó leña al fuego, indudablemente un candidato que se puso molesto cuando todos tendían a marcarle que el «real» se derretía, porque lo daban las encuestas como el próximo presidente. Y no titubeó en mostrar ese enojo, lo que ya lo sitúa dentro de la gama de presidentes del tipo sanguíneo, atolondrado, al que le pueden faltar bastantes materias para llegar al «estadista». Está bien, podrá decir Lula, si Bush hace y dice las cosas que hace y dice: por qué no podría hacerlo, este modesto candidato brasileño. Que el otro sea igual, o peor, no sirve nunca para el argumento justificable, aunque realmente es de una carencia de calidad alarmante, el nivel mundial de los que arriban a los máximos lugares del podio social.
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Y bien, podrán argüir algunos de los «sagaces» analistas que pululan por aquí, y por allá, el asunto de la «corrida» cambiaria atravesó por esa incertidumbre: acerca de un Lula presidente.
Mejor dejar el argumento vacuo en eso nada más, como lo hemos escuchado en el mismo día de los acontecimientos, ya que si entramos a cotejar y a ver qué nos espera por aquí... sinceramente, el dólar no tendría precio. De todas formas, los noticiarios encontraron la «noticia» del día, a falta de esos crímenes horrendos que tanto material -mucho de ello, hasta macabro- cubrió páginas y pantallas de los medios.Y esto no vino tanto del real y el peso sino de las declaraciones de Lula: y donde el poco atinado candidato tuvo la ocurrencia de meter dentro del mismo párrafo, no de la misma frase, las palabras «republiqueta» y «Argentina». Lo demás fue sencillo, se vieron placas con títulos catástrofe, uniendo los términos y anunciando que el candidato brasileño había asegurado que: «Brasil no es una republiqueta, como la Argentina...». Y no fue así la expresión, aunque con la sensibilidad que todos tienen por nuestra decadencia tan criticada, se tomaron de la alocución poco meditada de un candidato sumamente irritado (qué nos espera si llega a ser presidente) para generar otra cuestión de orgullo nacional, de conflicto, de pedidos de aclaraciones... y todo eso. Que no sirve para nada, porque cada uno sigue pensando lo mismo que dijo -aunque llore una disculpa- pero queda bien, es mono mostrarse ofuscado ante «la argentinidad tocada». Por más que en los hechos internos, existan tantas y tantas cuestiones, que arrastran la argentinidad como un trapo. En fin, otro acto del sainete del Mercosur. Bajad el telón, por ahora, pero hay más...
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