30 de diciembre 2002 - 00:00

Cupones bursátiles

Estamos, al momento de leerse esta columna, en la última rueda del año 2002. Sabe el lector que está escrita con un par de días de antelación, lo que sabíamos -justamente en la noche misma de Navidad, donde la vieja Olivetti 32 resultaba nuestra pirotecnia- era lo que había deparado el mercado hasta esa media rueda de la Nochebuena. Quedaban «tres últimas bolas» por jugarse y, la meta propuesta, al menos la que creíamos ver desde aquí, estaba al alcance de la mano: con un cierre anual de Merval en 550 puntos. Estaba visto que las muy escasas dimensiones del mercado de acciones permitían aquello que siempre es un arma de doble filo: que resulte «gobernable». Porque cuando el gobierno de los que sacan partido de la falta de papeles produce los precios que se produjeron, un halo de felicidad recorre los segmentos de los operadores. Pero cuando esa posibilidad de gobernación cambia hacia el otro lado, comienzan los malos humores y las apelaciones a las «manos negras»...

No es para nada bueno, en función de la salud ósea de la plaza, que se consigan logros de cotizaciones sin la correspondiente expansión de las bases. Puede resultar una golosina, muy dulce para paladear, saber que se pueden retocar precios con muy poco esfuerzo y que los necesitados administradores de carteras podrían convertir plomo en oro, si es que hay un lastre mayor en la nómina y que ensucia los saldos del ejercicio. Pero lo más genuino es ver que una Bolsa atraiga adherentes, renueve tenencias con dinero fresco, salgan unos y entren otros, se produzca el rico intercambio entre corto y largo plazo. En fin, aquello que constituye un sistema casi de relojería, pero no un simple mecanismo de dos engranajes muy previsibles.

Decíamos, varias veces, que es un juego entre profesionales de un lado y del otro: entre agentes, gerentes de carteras, inversores asistentes y pendientes siempre del día a día. Tasas más bajas, dólar no sólo anclado sino con ese perfil de flojedad, precios arriba, pero el gran público no presta atención a la evolución de los activos accionarios. Hay casos tan espectaculares -a partir de Comercial del Plata- que resultan cotejables con cualquier época de regia tendencia y ciclo alcista formidables. Papeles que han pasado por encima y le han sacado gran distancia al propio ajuste por devaluación, mucho más a la inflación. ¿Y qué pasa?. Nada, nada más que la fatigada reiteración de una base de negocios que culmina el año en el orden de los catorce, quince millones diarios. Menos de
cinco millones de dólares en cada jornada es demasiado escaso como para pensar en pisos bien amesetados. Todo esto logrado es mucho más por el lado de la oferta, que ha cerrado filas como para generar una típica crisis de oferta, y cuando algo escasea, aun con poca demanda... el bien se encarece. Hay que esperar por lo otro, para depositar confianza plena...

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