Promover la creación de una «moneda única» para el Mercosur es solamente reavivar el grado de ligereza que perdura en nuestra región. Países que están, estuvieron o estarán en llamas políticas, económicas, sociales, que ni siquiera pueden llevar adelante una relación medianamente solidaria en sus tratados. Uno de ellos con gobernantes que accedieron con un paracaídas institucional y que deberían irse en unos meses. El otro, que está haciendo sus primeros pasos para ver cómo se gobierna, se juntan y lanzan ideas que a los preparados y equilibrados europeos les llevaron más de veinte años poder hacer nacer. Todo en el Mercosur actual es una tremenda asimetría, muchas veces tomándose de los pelos por cuestiones nimias (ahora, por el tema del azúcar) frente a lo que significa -nada menos-generar una moneda única. Días atrás, cuando todos los medios tenían la información cuasi oficial de allanarse la Argentina a efectuar los pagos que se le requerían, nuestros «cupones» estaban referidos a esto. Incorporando, claro, esa supuesta fórmula de pagar, para que después le devuelvan una parte de lo pagado, y volver a firmar un acuerdo virtual en el que todos los firmantes están de acuerdo en que se producirán los desvíos de siempre en las condiciones pactadas. Estos «cupones» quedaron así, inmediatamente anulados por la realidad de último momento que volvió a producir este «gobierno de confusión». Sabe el lector que esto se escribe un par de días antes de la publicación y que no corremos a cambiar lo escrito frente a alguna modificación de los hechos abordados. Preferimos quedar así desairados, como suelen quedar todos los ciudadanos que ven una noticia a la que nadie desmiente, pero que después es llevada a otra cosa de manera súbita por nuestros imaginativos funcionarios. Que siguen jugando al seductor juego de asumir el papel de «agresivos» frente al Fondo, buscando un rédito al que no se sabe si lo tienen calibrado, en lo que se llama un riesgo calculado o es una aventura de quienes, estando de paso, juegan con el presente y el futuro de todos. Sin ningún derecho a hacerlo. Simplemente, porque no tienen ni el aval popular ni la representación que dan las urnas. En tal caso, casi parece lógico y sensato que la Bolsa se desentienda de señales de la política y la economía, en virtud del escaso grado de seriedad que han sabido tomar las cuestiones. Si juegan al default o a la moneda única, o a poner todos los controles para voltear al dólar y después querer salir a defenderlo, pues bien: juguemos a la Bolsa, tomemos todo con la misma liviandad, tire-mos por la borda los ratios, desechemos los balances, olvidémonos de las deudas grotescas de las estructuras, elijamos algunas plazas y vamos a divertirnos con ellas. Después otras. Subamos, bajemos, todo dentro de un clima particular que rompa aquel principio de oro de: la Bolsa no es una isla. (Casi conviene serlo, despegarse de tal continente...)
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