10 de febrero 2003 - 00:00

Cupones bursátiles

¿Cuál puede resultar el problema, para que los bancos oficiales, constituidos en sociedades anónimas, envíen a la oferta pública 49% de su capital? Todo lo que se pueda querer enlistar, como a favor y en contra, respecto del sistema actual, debe dar una contundente lista en pro de las mejoras, sobre los perjuicios.

Se les aportaría capital, se los haría funcionar como sociedades transparentes, con obligaciones de mostrar sus negocios trimestralmente a todo el mundo. Se los dotaría de apropiada mezcla entre el Estado y los privados, buscando que se cumplan los objetivos básicos con la seriedad correspondiente. El único peligro real, es que después suceda como con otras privatizadas y que partieron de una composición atomizada, donde se evitaba que cayeran en manos únicas y el Estado participando, y por sucesivas modificaciones a gusto y placer de gobernantes y legisladores: quedaban capturadas totalmente. Dejarían de resultar cotos de los partidos gobernantes de turno, dejarían de arrastrar insensatas carteras de incobrables, o se evitaría que pudieran dispersar créditos, a quienes no reunieran los requisitos naturales. Claro, cuando se habla de privatizar, como sugiere el Fondo, el asunto es que se lo haga mediante su incorporación a Bolsa y no mediante fórmulas que lo segmenten en dos, o tres, licitaciones. En una palabra, lo evitable es que se entreguen, en lugar de colocarse. Una sustancial diferencia.

Lo anterior, el «cupón» finalizado, es sólo a título de ciudadano común, aficionado a lo bursátil, que muchas veces se ha preguntado por qué persisten en el país «reservas naturales», para aquellos que detentan el poder durante años. Y por qué la negativa a que se los audite, mucho más a que se los obligue a dar respuestas consistentes a desvíos que jamás serán contestados, más que con la idea de: «aquí no se metan, porque esto es nuestro...».


La idea de «la cosa pública» posee áreas de exclusión, donde siempre alguien amaga con derribar las insólitas murallas que los han convertido en predios cerrados, para pasar nuevamente al silencio absoluto. La banca oficial, parece sensato que deba cumplir cierta misión, en parte distinta a la banca privada, para irrigar el necesario crédito a productores emprendedores, que la otra banca no cubre. Pero, nada dice que se les deba otorgar a quienes no son confiables, o a los que tienen un claro tinte de poseer la contraseña política, para ser beneficiario de turno. Esto es: la banca oficial debe buscar la rentabilidad para poder ser más útil todavía y en mayor proporción cada vez. Si pierde, se achica. Si pierde mucho, es un lastre para las cuentas públicas. Pero, el modo de solucionarlo, pasa simplemente por convertirlos en transparentes y vigilados. Quienes se nieguen, es porque tienen algo que ocultar.

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