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Saber qué es primero y qué es segundo es una de las fórmulas más simples que uno conoce en la vida y que ayudan a resolver administraciones domésticas, empresarias o estatales. Donde uno se maneje con ese principio, siendo estricto en la selección y en la necesidad, economías totalmente desfondadas -como la nuestra- pueden hallar algún principio de orden, en la miseria, pero de tal forma -quizás- ir armando un esqueleto para construir de nuevo un país. Pero está visto que a medida que las elecciones están más cerca, así como los intendentes asfaltan calles hasta por demás y mandan a reponer focos quemados, los grandes «candidatos» van aumentando la apuesta de quién inyecta en los oídos, de ávidos votantes, las delicias más soñadas por éstos.
Hay quien apunta a un tema y llega a exagerarlo (hasta un «tren bala», por ejemplo). Otros cortan porciones más amplias y prometen arreglar cualquier asunto que está en danza, todos al unísono, y sin explicar nunca de qué manera. Unos agregan impuestos sofisticados, otros los quitan, los más ingeniosos dan los dos platos juntos: arreglarlo todo y bajar impuestos. Por ahora, un manto terrible cubre piadosamente los dislates que están acumulando en cada aparición pública los nuestros. Las «cruzadas petroleras» de Bush alcanzan para cubrir todo lo demás, y nos preguntamos qué sucederá si llegamos a las elecciones mientras la guerra todavía continúe, siendo el tema excluyente para la humanidad. ¿Convendrá a nuestros volátiles «candidatos» que la gente esté atendiendo asuntos superiores? ¿O será mejor que lo otro se haya acallado y las personas se concentren en lo de aquí? Una buena materia de estudio para tantos asesores que cada personaje posee. En tanto, hemos visto que ningún mercado puede seguir siempre viviendo en su isla y que en Buenos Aires estamos pagando caro precio por la incertidumbre reinante por el hecho bélico. Quienes se «comieron» una baja como la del lunes, con gesto de asombro, sería mejor que no siguieran jugando con el riesgo puro.




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