22 de abril 2003 - 00:00

Cupones bursátiles

Se aproxima el momento de tener que desactivar el artefacto económico que se armó en todos estos meses. Los que se consideran expertos en este tipo de explosivos tienen también al técnico que fabricó el peligroso elemento. Finalmente, Lavagna no pudo resistirse a seguir figurando en los primeros planos y, quizá, cometió el error de su carrera, al asumirse como ministro de Economía en caso de ganar el oficialismo. El hombre sabe bien, lo desliza cautamente, que ese artefacto de postergaciones y de promesas «para después de abril», bien preparado para que le estalle al que venga atrás, no es una tarea para aplicarle los gastados instrumentos que cada economista normal puede llevar en su maletín. La jugada era dar el paso al costado y que -después- muchos quisieran acordarse de él como que «había estabilidad en su gestión». Ahora, en tanto enjambre de cables cruzados y de varios detonantes entrelazados, tal vez ni el que lo armó se acuerde bien cómo es que hay que intentar desarmarlo. Sacó partido de un default que le quedó como sayo a Saá y extrajo el buen flujo exportador -petróleo y granos- de una devaluación que le puso una lápida a Lenicov. Aprovechó «corralones» y «corralitos», orquestados por Cavallo, para mantener a la gente insolvente y con muchísimo miedo encima, como para alimentar una inflación que pudiera seguir al dólar. Ya en los últimos meses, jugó la carta de postergarlo todo, porque igual ya se iban del gobierno. Más que la sapiencia, parece haberlo protegido la madre Naturaleza, y gente de afuera que también se las aguantó para que la Argentina no resultara un incendio propagándose a la región (como sí tomó a Uruguay). Ahora, si vuelve, lo hará subido a un elenco que tiene que resolver una a una todas las circunstancias no corregidas y solamente dilatadas para después de las elecciones.

Será sumamente interesante ver cómo se las arregla el ministro que caiga en el sillón de Economía, preparado en estos tiempos como el de los pilotos de caza: con «botón de eyección», antes que algún presidente se ponga demasiado nervioso. Y, lo más difícil, puede venir de una creencia generalizada de que «la crisis ya pasó», transmitida desde arriba y propagada abajo por los deseos de estar mejor. Se continúa sin crédito, buscando emitir más con cualquier argumento que sirva, y de última, con dos actitudes de política exterior que en el amo de la Casa Blanca no cayeron nada bien. Facturas pendientes, de adentro y de afuera, que hacen recordar cuando quebramos el embargo Carter a Rusia. Plena época del slogan de «vivir con lo nuestro», con la diferencia de que
lo nuestro no se sabe bien a cuánto alcanza (y si alcanza). Pero el campanazo de estos días, para un círculo reducido que sigue indicadores, lo dio la Bolsa y su aumento de volumen y precios, dejando la incógnita atroz de saber a qué se puede estar jugando en el ambiente. Casi parece un «respaldo para el que venga». ¿Quién?

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