No se le puede solicitar más cordura y serenidad a una Bolsa, que la demostrada por la de Buenos Aires cuando estaba en las horas límite, de la negociación por la deuda externa: y las novedades sumaban solamente más incertidumbre. Imaginar qué tendencia habría tomado unos años antes, ante las mismas circunstancias, es reproducir algún tipo de «corrida» al diluirse la primera actitud triunfalista que trasuntaba el equipo económico, a finales de la semana anterior y, posteriormente, aflorando las noticias sobre varios puntos en ardua disputa con funcionarios del FMI. Apelaciones políticas desesperadas, para la intervención de gobiernos de gran peso en el organismo, buscando la salida desde arriba de una plana mayor de organismo que estaba para dejar caer el «acuerdo», ante ciertas intransigencias. Claro, pensar en unos años antes y cuando alguno quisiera esbozar el no pago de la deuda, el default, la actitud de rebelión, era caer tapado de críticas (como las que taparon al propio Alfonsín). Los tiempos han cambiado, hemos hecho de la vida morosa una habitualidad, nada parece perturbar ni la vida, ni los indicadores, de un país que llega hasta los bordes, utiliza la carretera de banquina a banquina y toma el camino de montaña, como si estuviera doblando en la Panamericana. El vértigo, el vivir al filo de la navaja, toda la falta de seguridad que hay en las calles y que han curtido a los ciudadanos. colaboraron para aquello que, en otros tiempos, hubiera sido histeria. Y la Bolsa no solamente le hizo «el aguante» a la situación, hasta podría decirse que apostó porque el acuerdo llegaría suponer que los había «descontado», sería ir demasiado lejos, porque la apuesta resultaba a pura intuición y nadie estaba seguro sobre el resultado final. Y es que el mercado también adoptó el modo de vivir ciudadano y gobernante, caminando por los alambres de situaciones sobre las que solamente cabe: apostar. Una apuesta en esto, otra en aquello, perder y duplicar, buscar la revancha, aspirar al desquite. Pero, de inmediato, tener que apostar de nuevo y sin que existan los basamentos clásicos, que permitan discernir racionalmente, sobre una inversión de riesgo. ¿Los balances? Qué importan, ante jugadas nacionales dramáticas, que todo lo habrán de teñir con su saldo. Valor libros, precio/utilidad, proyección del negocio, capacidad de ganar, ratios de endeudamiento y de respuesta financiera, ¿para qué? Si son el default público y privado, con cuestiones que son sumamente delicadas para la vida social de una empresa, ya todo el panorama se satura de hipótesis. En lunes por la noche, hora de estas líneas, la incertidumbre por el final de la negociación era un inmenso agujero negro, en el espacio económico y político. Como simple satélite, girando en torno de aquellos planetas, la Bolsa había llevado adelante una rueda de $ 33 millones de efectivo y una leve suba: perfil de gran entereza, sacando pecho ante el peligro (y en actitud para ponderar.)
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