13 de octubre 2003 - 00:00

Cupones bursátiles

La idea del Correo nacionalizado, manejado por empleados, es una de las avanzadas que conlleva el riesgo cierto de: A) no llegar a ese proceso de reprivatización, seguramente saboteado por los mismos que vuelven a verse en el mejor de los mundos. B) Que la empresa retorne a cargarse de excesivos gastos, reproduciendo a las empresas estatales generando entusiastas déficit.

Pero el demonio de las privatizadas estará presente para ahuyentar a los opositores, mezclando las ideas de las privatizaciones con la de las pésimas privatizaciones armadas por aún peores funcionarios, en connivencia con empresarios que lograban el modelo a medida, por voluntad política de gobernantes amigos. Todo se continúa mezclando en la gran olla popular de demoler todo lo pasado para instaurar algo que parezca nuevo y dando por sentado que el solo cambio ya significa un progreso. En este punto debemos refrescar la vieja advertencia oriental: «Se puede cambiar y seguir siendo absurdo...» A lo que cabe agregarle la otra reflexión: «No todo lo que viene detrás es progreso». Mientras, nuestro ministro vuelve a demostrar que es un profeta, al decir muy serio que: «Por tres o cuatro años no podremos volver al mercado de capitales». Que no habrá dinero fresco y que habrá que moverse con lo propio es una disciplina muy dura para quienes han vivido apalancados por tanto tiempo. Si hay desequilibrios, los cubriremos desde adentro.

¿Puede creerse, con criterio, que un sistema de reparto puede ser mejor que uno de capitalización bien diseñado? Pero aquí también corre el demonio de la jubilación privada mezclado con el concepto de una jubilación privada
mal organizada: culpables, todos los que la armaron y aprobaron. Pero está visto que con la creencia del cambio y del progreso, hay una alta predisposición a digerir la moda entre la población. El doble riesgo de recargar cuentas públicas, si se insiste en renacionalizar lo que se pueda, junto con la falta de la palanca de financiamiento externa, constituye la verdadera «bomba K» que cada día incorpora más material para terminarse de armar.

La Bolsa, mientras tanto, está en su propio mundo, nunca más «isla» que ahora, desconectada e impermeable a cualquier noticia que pudiera ser adversa a un mercado como el bursátil. A unos pasos de lograr derribar el mítico récord Merval de 1992, a pocos interesa que esto esté todavía muy lejos: donde el índice alcance los 900 puntos, sólo faltarán los fuegos artificiales. Y muchos medios remarcarán esto, sin hacer la corrección de moneda, pero dando la sensación de una economía donde impera la confianza. Decíamos días atrás que si se empiezan a descartar alternativas, al fin de cuentas las acciones resultan ser las inversiones más seguras, pero esto no es para alegrarse; sólo demuestra el grado de descomposición a que se ha llegado en nuestro sistema económico y financiero.

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