24 de noviembre 2003 - 00:00

Cupones bursátiles

Está bien, muy bien, posar los ojos inversores sobre papeles que no están en la esfera privilegiada de las que pueden considerarse «líquidas». Pero, esto debe darse como en los medicamentos fuertes: advirtiendo que las dosis no deben superarse, o aparecerán indeseadas contraindicaciones. Que ya, de por sí, las poseen los títulos accionarios que pertenecen a la zona media y baja de la liquidez bursátil. Como ahora, en una semana donde se vino trabajando con caudales muy reducidos e inapropiados para la altura que posee el índice conjunto: se formó una figura patilarga -en precios- con unos pies muy reducidos en talla, el volumen. Consecuencias: se convierte en un mercado donde la falta de equilibrio y el riesgo a las caídas se hace presente, donde asume cualquier viento imprevisto.

De todos modos, siempre en algunos papeles se puede hablar de una salida con «puerta giratoria» -asegurada- en casi toda circunstancia que no resulte de peligro extremo. Pero, con el resto de las plazas la situación es muy distinta y si el que hace posición en esos títulos tuvo la mira corta del jugador de Bolsa, no del inversor de cierto plazo, se puede encontrar con la lacónica y reiterada respuesta del agente: «no vendí, porque no hay nadie en la plaza...».

El nuestro es un mercado de «alto riesgo», no solamente por la situación atravesada o por el «riesgo-país» que todavía nos muestra en zona de estratósfera, porque salvo en contadas ocasiones jubilosas, sus reducidas dimensiones y el escenario económico donde se inserta, lo catalogan de tal modo. Y resulta que en tal tipo de mercado, salir de la zona de exclusión, de los papeles líderes, potencia el riesgo: no por los resultados de las empresas sino porque hay veces donde una plaza mobiliaria, casi se convierte en «inmobiliaria», por la espera para vender.

Así que el inversor se halla entre los dos fuegos: quedarse en las
muy líquidas y con riesgo pleno de sobrevaluaciones. O pasar a las medianas y chicas, con el otro riesgo: de penar para salir, o salir jugando contra su propio dinero (donde, en cada partida vendida, uno mismo deprime el precio del papel). La conclusión nuestra sería: «en las dosis aconsejadas, el remedio de los papeles menores no reviste contraindicaciones, ni se conocen efectos nocivos». El asunto, acorde con la dimensión de cada cartera, es establecer las proporciones de grandes y menores. En tal caso, si no se es demasiado avezado para determinarlo, el consultar con su asesor analista, o agente de Bolsa, puede ser conveniente. Pero, en un año donde todo casi ha duplicado su valor, algunos mucho más, esa búsqueda de «perlas» se ha hecho tan difícil como buceando en el mar sin tubo de oxígeno. No se puede soñar tan grande, como para pensar que nadie ha visto al que uno considera un «atrasado»: hay atrasados que bien merecido lo tienen, porque algo está pasado con ellos en su vida política, o empresaria. Atender las proporciones.

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