Cupones bursátiles
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Tratando de encontrar explicaciones clásicas, nos fuimos tan atrás en el tiempo que nos reencontramos nada menos que con David Ricardo. Quien, además de ser uno de los tres «padres» de la economía clásica, junto con Adam Smith y Robert Malthus, resultó un formidable agente bursátil. A tal punto que cuando abandonó la profesión para ir a la Cámara de los Comunes, con sólo 25 años, ya tenía una considerable fortuna hecha en el mercado.
Más de talento -que le sobraba-, rapidez para los números y frialdad para discernir, su hijo mencionaba que lo que su padre había apreciado era la tendencia inversora a exagerar los hechos en función de la Bolsa.
Así que cuando advertía cualquier noticia favorable, de discreta magnitud, igualmente compraba: convencido de que el mercado le daría muchas más ganancias que las relativas a la especie en que se basaba. Y en la venta lo mismo, al surgir alguna contrariedad de tono menor se podía desencadenar una baja fuerte, proporcionada con el motivo original. Es obvio que estamos desde hace un buen tiempo ya en la primera de las facetas: todo parece el ambiente tomarlo como noticia importante, aun las muy dudosas estadísticas que se difunden hoy en día, impregnadas de tufillo oficial. El tema es que hasta las complicadas, peligrosas, contrarias, parecen formar parte de lo bueno. Por lo que ese bolsón de liquidez, donde una porción concurre a lo bursátil, queda como el motivo más fuerte. Aunque no sea una razón, sino una circunstancia.




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