21 de enero 2004 - 00:00

Cupones bursátiles

La reunión, cambiando sus frentes previstos, de Kirchner con Aznar podría tener mucho que ver con la Bolsa. No porque vaya allí a tratarse alguna radicación de capital español en nuestra plaza, sino de un modo que parece alejado, pero que es mucho más directo, si se lo piensa en la práctica. Lo traemos a colación hoy, anticipando aconteceres, apelando a esa necesidad de «adelanto» que reviste la inversión bursátil. Y donde los intervenientes, además de jugar en el presente, deben hundir sus considerandos unos pasos más allá. O se toman las aguas turbias.

El asunto es simple: si en esa reunión, tal se deslizó, deberán tratarse cuestiones que hacen a los reacomodamientos tarifarios de las sociedades de servicios, lo que de allí emerja puede hacer variar sustancialmente la valuación de los activos. Salvo que todo quede igual, el Ejecutivo argentino mantenga su rigidez en el tema, y se atenga a lo que después pueda provenir como secuela. No solamente de España, de una serie de países europeos que se están poniendo nerviosos, sobre actitudes a bonos y empresas. No es descabellado pensar que «algo» debe llevar el visitante, como para contentar al anfitrión. Y si se cocina el dilatado asunto de ir reacomodando las tarifas, esto debería poseer un doble efecto en las valuaciones. Primero, sobre las de «servicios» involucrados y cotizantes, que son varias, porque cualquier retoque les puede incrementar en gran medida la raída capacidad de ganancias. Cualquier porcentual, aunque suene a poco a oídos de un consumidor, multiplicando en la facturación puede llevar a cifras que les hagan recuperar rentabilidad histórica.

Ahora, un aumento de tarifas no pasa solamente por suponer que nuestras facturas de servicios podrán venir un poco más cargadas y a otra cosa. Seguramente estarán, además, esos segmentos «sociales» con ausencia de aumentos y otros que deberán cargar con el peso de los de abajo. Nadie se habrá de escandalizar por esos pesos de más: pero, es que el verdadero asunto atraviesa varias capas, con un efecto multiplicador de costos, que no es sencillo de mensurar en pesos: aunque sea sencillo imaginar el final. Y es que en la medida que se encarezcan los productos, por aumento de la energía -por casotales aumentos pasarán directamente a precios.Y es allí donde el consumidor puede pagar los platos rotos del atraso tarifario: en un encarecimiento de productos que consume. Y allí, también, se puede generar un despuntar inflacionario no calculado en la masa de « optimistas», oficiales y privados, que suponen todo un terreno llano para crecer. El drama de un Lavagna, seguro, no pasa por preocuparse de nosotros, consumidores de servicios, sino de lo que puede impactar en la producción. En tal caso, la contracara de acciones que tengan más utilidades en los balances -servicios-, se vería en acciones con menores márgenes, o perdiendo competitividad, de las empresas industriales. Todo un tema, ¿no?

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